El tapado de Guzmán de Rojas

Cuando paso por La Paz acudo los domingos a una tertulia mañanera de gente curiosa, en la que caí gracias a una serie de pintorescas casualidades. Hasta el año pasado yo era el más joven. Los mayores pasan de los ochenta bien conservados y entre ellos están algunos de los protagonistas de la historia de Bolivia, de la Revolución del MNR de 1953 al gobierno del Goni (Sánchez de Lozada), y un ensayista notable a quien el más joven de los tertulianos, Fernando Molina, le roe ya los zancajos como nos los roen a todos en todas partes. Han sido ministros, embajadores, escritores, periodistas, abogados, mineros… o al borde de los ochenta años siguen proyectando la mejor arquitectura de Bolivia. Cada cual en lo suyo, siguen en la brecha. Yo les estoy muy agradecido por su acogida, su afecto y por las puertas que me han abierto en este país. Alguno de ellos sería una verdadera lástima que se fuera sin dejar sus memorias. Sus relatos de la laberíntica realidad boliviana resultan a la fuerza novelescos, casi siempre adornados por el chisme picante y una actitud de verdad liberal hacía casi todo. Ayer por ejemplo, con la figura que aquel militar de la república española, masón, jefe de Estado Mayor del XVI Cuerpo de Ejército, exiliado en Bolivia que fue Francisco Lluch Urbano, profesor de Economía Política en la UMSA y represor de la propaganda comunista que entraba en Bolivia, al margen de otros asuntos menos amenos como asesor de los servicios de información…

En esa tertulia se comenta de todo: política nacional e internacional, economía, literatura, cine, la última ópera de Nueva York, pintura… Hoy le tocó el turno a algunos datos biográficos, un pintor Nacido en Potosí, estudiante de pintura en Madrid, suicidado en La Paz a los cincuenta años.

En otro lugar tengo escrito que en Potosí puedes preguntar por las cosas más sencillas que lo más probable sea que nadie sepa nada, pero pregunta por un tapado y las bocas se desatan. Los tapados son tesoros ocultos.

Oscar Cerruto escribió un cuento alrededor de este asunto, pero quien lo cuenta, un pariente del pintor, tiene más gracia.

La familia Guzmán de Rojas vivía de manera muy humilde en un cuarto del convento que hoy es el Teatro Omiste. La madre, que estaba embarazada del pintor, veía cruzar la pieza a un fraile que se perdía en la pared. Creyeron que eran fantasías del embarazo hasta que mandaron picar la pared y apareció un pozo al que nadie se atrevía a bajar. La mujer, a pesar de su estado, bajó ensogada. Abajo encontró los restos de un prelado rodeado de un tesoro de joyas. Regresó algo tarumba porque es de leyenda que el hallazgo del tapado nunca es impune, y el mismo pintor anduvo en enredos mágicos y esotéricos. Gracias a ese tesoro la familia Guzmán de Rojas pudo enviar a Cecilio a estudiar a Madrid, con Romero de Torres. Lástima, solemos decir, que no lo hubiesen mandado a París.

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