“¡Alleluya! ¡Amén!”

Y “¡Amén! ¡Alleluya!”… eran las dos únicas palabras de la acuciosa melopea que el viejito entonaba en lengua aimara para pedir un socorro a la puerta de un cajero automático en una tarde de aguacero y jiska anata. En el aire, el humo dulzón de los asados de entrañas  –anticuchos de corazón– y chorizos, y las llamaradas que salen cuando avivan las brasas.

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