







Hoy es Jiska nata, el lunes de carnaval que, al margen de las andadas y chupas de cada cual, consiste sobre todo en un desfile de fraternidades danzantes, mucha alegría y poca burla carnavalesca. Un desfile de músicos y danzantes ciegos y discapacitados psíquicos tiene más mérito que gracia. El desfile de grupos folklóricos tiene más que ver con una política de afirmación identitaria que con el carnaval esencialmente subversivo e irreverente. Uno de los muchos policías (aimara, de Omasuyus) que custodiaban el desfile y que tenía ganas de palique me ha dicho que eso que veíamos era el “patrimonio inmaterial” de Bolivia. Se le veía orgulloso. Y mientras almorzaba un prodigioso lechón al horno con papa, plátano y camote que le he comprado a una vendedora callejera, a otro policía le he escuchado una diatriba contra la literatura boliviana, empezando por uno que quiere ser el Vargas Llosa boliviano. Tronchante. El día no era el mejor para sacar fotografías. Muy oscuro y llovía que jodía, y sacar fotografías de gente que baila es endiablado, salvo que sepas, y yo no sé. Al final me he retirado empapado. También se han mojado los danzantes. Y muchos de ellos eran gente de edad. Siento que las fotografías que publico lo estén un poco al buen tuntún… el movimiento, el colorido, el cascabeleo, la música andina, tan machacona como embriagadora, la expresión de alegría o reconcentrada de los rostros tal vez no se aprecie en todo su valor. Culpa mía, no de ellos.