El pasma ful

El del pasma ful es un timo antiguo. A mí me lo intentaron meter en un antro de Madrid de la calle Jardines que estaba muy de moda en los ochenta. Era un argentino que aún me dijo que si quería me pedía un coche a Jefatura para que me llevaran al hotel. Pero aquí en Bolivia es un clásico. Me lo acaban de intentar meter, por tercera vez, en El Prado, la calle más céntrica de La Paz, que este mediodía de Martes de Challa estaba casi desierta. Los días festivos y las calles desiertas son el escenario propicio para ese timo. Y los guiris, gringos o extranjeros, además de gastar un aspecto inconfundible pueden padecer un soroche demoledor que les hace andar alelados y se dejan sin oponer resistencia, cuando no les drogan con burundanga.

Se te acerca un tipo pulcro, bien vestido, correcto (demasiado) que, tras un “Disculpe señor” algo lacrimoso emprende una conversación que no entiendes bien. A su lado, una chica joven con aire de alelada y un plano de La Paz en la mano, el dichoso plano, el que no hay que dejar que te acerquen ni en broma. Eso es lo que me ha hecho desconfiar. He visto lo que pasaba: el grupo de atracadores o secuestradores al acecho. No le he dejado aproximarse. Quería pegarse.   Ni con el carnet plastificado de “Policía Nacional” en la mano. Me he dado cuenta de que si lo hacía estaba perdido. Me acusaba de escaparme sin pagar del Hotel Radisson, un hotel de lujo que no tengo pinta de frecuentar.  Lo peor es que te detengan, te metan en un coche y hagan contigo lo que les de la gana, en un descampado o en una falsa comisaria. Mi reacción le ha desarmado. Ya sé que es de mala educación hablar con la boca llena, pero a veces eso te saca de un mal paso. “¡Andáte a la mierda!” he dicho como he podido, y un chorrito de baba verde me ha salido de la boca.  El tipo ha visto que era mejor dejarme escapar –“Siga su camino, señor”, ha dicho el hideputa– y escapar ellos también, en un coche blanco: el educado, la pava alelada y un tercero que andaba al agua. Con el tiempo aprendes. Claro que igual ha sido que  la ofrenda de coca a la Pachamama en la que he participado me ha traído buena suerte. Van dos de buena suerte y una, la primera, de muy mala, en el año 2004.  ¿Me he sentido un campeón? En absoluto. He pasado miedo, mucho, y he apretado el paso hasta mi alojamiento, que no estaba lejos. He pensado que igual pasa que estás acostumbrado a vivir en un mundo más seguro de lo que en realidad es. Me he acordado de cómo me agarraron el 21 de junio de 2004 y de la suerte que en el fondo tuve.

Casi lo más jodido de estas cosas es que cuando las cuentas sucede que o no te creen (Anton Brunster, Valparaíso, 2004: el comienzo del fin de una amistad) o se ofenden, como si les culparas a ellos de lo que ocurre a diario en la ciudad de La Paz, según estadísticas que ellos mismos manejan y admiten con horror. Por no hablar del profesorcito Istillaga que dijo que aquello era “jugar a maldito”: pobre miserable, jamás recibí de él una palabra de solidaridad en nada.

Yo no culpo de lo sucedido a nadie y después de años de venir a Bolivia jamás se me ocurriría decir: “Es que los bolivianos son…”, porque eso es un abuso injusto y grosero. Solo digo lo que veo, lo que me pasa, hablo por mí mismo y no al son de consignas, conveniencias o convenciones. Y nada de esto me quita las ganas de venir una y otra vez a Bolivia.

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