Mercado dominical

Nadie discute la frescura de eso grandes pescados que vienen del río Mamoré… el chicharrón de surubí es un gran plato.

Esta mañana de silencio total me fui a los mercados a por algunas cosas que necesitaba. Por las calles del centro no había un alma, no porque hoy sea domingo, sino porque ayer fue el Corso de Corsos  y la ciudad tembló desde las ocho de la mañana hasta entrada la madrugada con miles de personas bailando al son de casi cien charangas que ocupaban varios kilómetros de calles, más petardos incesantes y  ritmos repetidos hasta pensar en hacerte derviche giróvago, por lo menos… Me gusta la música, pero matan los músicos si dan en muy tocadores (Padre Joseph Francisco de Isla en su Método racional para curar sabañones). Ayer tarde fui a ver a mi amigo Ramón Rocha Monroy que estaba en el hospital y, aparte de reírnos con ganas de nuestras cosas, algo que parecía ofender a las enfermeras, convinimos que estábamos hasta los mismísimos del estruendo atronador que entraba por la ventana y del folklore hecho espectáculo de riguroso pago. Se las ingenian para que, si no pagas, no puedas ver nada. Y un día te cansas, del folklore de tu casa… y de la ajena. Hay que poner demasiado entusiasmo o ser del gremio. En la fiesta loca o estás dentro, o abstente. Claro que si te gusta estar sentado horas y más horas como un pasmarote, bebiendo una cerveza detrás de otra, no tengo nada que decir. Por cierto, no tengo la seguridad de que hoy sea el llamado Domingo de Tentación… no tengo la seguridad de nada. Eso sí, hemos visto dos camiones repletos de gente muy adulta pintarrajeada de azul, como pitufos, iban de cara a las montañas, muy farreados, de ayer y de hoy. Interminables carnavales bolivianos.

Bueno, estábamos en los mercados. Me gustan más los de Cochabamba que los de La Paz. Los de Cocha  empiezan, callejeros, alrededor del 25 de Octubre, en el centro (ya volveremos porque dicen que dan el mejor fricasé de Bolivia en unos comedores que parecen nichos de camposanto) y acaban en el zoco colosal de La Cancha y la antigua estación de ferrocarril. Mucho colorido, mucha bulla, mucho venteo de mercaderías y mucho apreciar la mejor puesta al tacto, donde dejan. Vendedoras de fruta, de verduras, de quesillos, de carbón vegetal para parrilladas, vísceras, pastas, zapateros al paso: “¡Los domingos no se trabaja!”, grita uno, “¡Pero se vende!”, le replica otro… Hay que dejar los escrúpulos en casa. Y eso que no todo es venta a pie de tubo de escape. Me he acordado de algo que decía una de mis abuelas: que los hombres no teníamos que ir a los mercados: “¡Os engañan, parecéis tontos!” Es posible. Regatear con una casera boliviana tiene su miga. Imbatibles, carajo, llevas todas las de perder. Los gitanos son más accesibles. Y aquí se precia y regatea mucho. Además, lo quieras o no, compras más de lo que necesitas y puedes razonablemente consumir. Los ojos te traicionan y más el saber que estás de paso, muy de paso.

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