Un Ekeko andante

Como hoy se cierra en La Paz la feria de Alasitas traigo este Ekeko andante o mejor, bailante, en la plaza de San Francisco, de hace treinta años. A saber a quién le habrá traído suerte. Lleva encima todo lo que se considera símbolo de fortuna y bienestar: billetes de bolivianos y de dólares, azucar, cereales, serpentinas, un cetro de poder… y anda fumando su cigarro de la suerte. Podría llevar un camión, una casa, cestos, cereales, ojotas… pero no lo distingo.

El manco del espanto, y otros…

Y de los trajes de los golfos apandadores del PP valenciano absueltos, volvamos a Bolivia, que es donde estamos, y a la feria de Alasitas, tal vez porque tengo la ropa impregnada del tufo de los sahumerios.

Una de las curiosidades de las Alasitas que ya conocía, pero por otro lado, son unos periodiquitos que se asemejan a la mancheta de los de tirada nacional y que se venden a puñados en la feria para disfrutar del culo al aire de los poderosos. Por hacer una comparación de referencia: El Jueves se queda corto. No hay rincón de esas publicaciones que no sea vitriólico, burlesco, excesivo, grosero… artículos de fondo, editoriales, columnistas, reportajes, publicidad y hasta crucigramas y esquelas: no queda títere con cabeza de la vida política y pública boliviana. No hay asunto lo suficientemente serio o grave que se libre de las arremetidas dirigidas a un público entregado ya muy harto de ser siempre el pagano de la farra. Ingenio a raudales y mucha brocha gorda que en ocasiones es la única que entienden los interesados. Ningún respeto, ninguna piedad. ¿Respeto a los gobernantes? ¿Ya tienen ellos respeto por los gobernados? El mundo al revés. Los carnavales no están lejos.

Decía que conocía esos periódicos miniatura porque desde hace años suele leer uno corrosivo y libelesco titulado El manco del espanto, dirigido no ya a la clase política y al partido en el gobierno, sino también a la sociedad literaria boliviana, que será parva, pero que como todas tiene su corazoncito. La sangre no llega al río. Pienso en España y en los blogs de contenido injurioso, y reiterativo. No es lo mismo.

El manco del espanto está animado por el caballeresco propósito de “bajarle la cresta al gallo”, a todo gallo, con motivo o sin él. Sus autores son anónimos, claro, pero de un anonimato de general conocimiento. Sin contar con que las consecuencias de las burlas caen sobre la cabeza, sino de todos sus autores, sí sobre su animador. El que publica eso, se la juega. Hay muchas formas de vengarse del libelista que no tiene a todo el público de su parte. Hay famiglies, en todas partes.

 “¡Ay, pobre Yorick!”, exclamaba Laurence Sterne al margen de las célebres páginas negras de su Tristram Shandy. Bolivia es el país de las Roscas y es mejor no meterse con ellas, ya sean mineras o universitarias, si no quieres padecer las consecuencias. El destino del bufón es siempre ingrato. Para el ofendido no todo el año es carnaval y no está de más recordar las palabras del irlandés: “Así como el deudor y el acreedor se diferencian por el tamaño de sus respectivas bolsas, así el bufón y el objeto de la bufonada por sus memorias respectivas”.

San Carlos Palenque

En la plaza de San Francisco había también venta de alasitas, challas y humazos, pero ha habido dos cosas que llamaban la atención. Mientras unos challaban con alcohol, cerveza y conjuros, en la puerta principal de la basílica había una tarima ante la que se apretujaba la gente con sus alasitas en brazos al grito de “¡Padre, padre!”, a la espera de que saliera el fraile para bendecir las miniaturas.

La espera la amenizaba una vendedora  que a mi espalda repetía con voz monótona: “Cancelación de deudas, depósitos, préstamos, anticréticos…documentos” Se le ha acercado una mujer joven.  “¿Cuanto debes mamita? La otra le ha dicho algo a la oreja. “Debes traerme dólares” “¡Mil dólares por un boliviano!” Y la gente compraba fajos de dólares y de euros, sapos mágicos, cancelaciones de hipotecas, pasaportes, casas, menajes…

Al fin se ha abierto la puerta de la iglesia y ha aparecido una monja y después dos monaguillos, él y ella, con sendos cubos de agua, bendita se supone y con unas escobillas de fantasía nos han metido un asperges del carajo, billetes, títulos, carnés, falsos contratos, camiones, casas… todo chirriado con el agua diz que bendita.

Frente a la puerta de la iglesia oficiaba un amauta que tenía cola y que challaba sin descanso, echando alcohol, cerveza, golpes de campana en la cabeza de los ofrendantes y mucho humo de sahumerio con una melopea curiosa: “¡Virgen Santa de Urkupiña, Virgen de Copacabana, Señor de la Justicia, Señor del Rayo, Señor de Pulakara, Padre Carlos Palenque, Palenque del aire, no hay que olvidarse del compadre Carlos, el tío Carlos Palenque, San Carlos Palenque, nuestro protector…!” Se refería a un político populista muerto de un discutido por tradicional ataque al corazón en el cenit de su gloria política, cuya tumba en el Cementerio General, vecina del asesinado Luis Espinal, es un centro de peregrinación milagrera.

Amautas y mamautas

“¡Qué andás sacando!”… No hubo tiempo ni de enfocar el cartel, el amauta, o mamauta, no estaba de humor.

Amautas o mamautas. La invención no es mía, sino de un tipo que gasta verdadero ingenio, Edgar Arandia, director del Museo nacional de Arte, buen pintor y escritor notable. Lástima que no haber  podido encontrar el enlace de su artículo sobre los mamautas porque hace referencia a la proliferación de yatiris, amautas, herboristas, sanadores que se ha producido en Bolivia de unos años a esta parte, a la sombra del apoyo que las instituciones prestan a ese tipo de medicina y prácticas religiosas andinas, y al engaño sistemático basado en la credulidad, la superstición, las desdichas y las ambiciones y pasiones  irrenunciables de cada cual.

Una tradición, esa de los amautas, inmemorial, con la que ni la iglesia católica ni los evangelistas han podido. Oscuros sincretismos. Cultos que han sobrevivido a prohibiciones y persecuciones, en los que no solo los campesinos creen con verdadera pasión. Basta asomarse a La Ceja de El Alto, al no poco siniestro Calvario de la carretera de Oruro o a esta colosal feria de Alasitas para comprobarlo.

 

La feria de Alasitas y el ekeko

 

 

 

Hoy ha comenzado en La Paz la feria de Alasitas. A media mañana me he bajado al Parque de los Monos, donde estaban instaladas cientos de casetas. En el desayuno, María Elena, una de las meseras,  me ha dicho: «Tenga cuidado que hay mucho gato». Lo que había era mucha policía y ha acabado habiendo una humareda mareante mezcla de fritangas, sahumerios de palo de santo, de piedra de incienso, de cera pura que todavía tengo el tufo pegado a la ropa. Un aluvión de indios del altiplano.

Las Alasitas son unas miniaturas de todo lo que uno puede desear: casas, herramientas, buses, camiones, coches, ropa, barbies, sacos de cemento, ladrillos, teléfonos, pasaportes, diplomas, carnés de conducir, fajos y más fajos de billetes, maletas, coches, casas y casitas, las hay de todos los tamaños, comercios… algo asombroso. Ah, y ekekos de todos los tamaños con boca para fumar, porque lo mismo que a las calaveras, al dios de la abundancia hay que darle cigarrito (marca Astoria a ser posible que son los más fuertes, me dicen). La suerte depende de cómo caiga la ceniza…

Hay que comprar la miniatura que se desee, o mejor una bolsa en la que hay de todo, a las doce del mediodía (condición para que los deseos pedidos se cumplan dentro del año siguiente) y luego llevar lo que se ha comprado a challar de mano de alguno de los muchísimos amautas (ellos y ellas) y yatiris que estaban instalados en los lados del tortuoso recorrido de las casetas: rociadas de cerveza o alcohol y mucha salmodia en aimara con referencias a santos y vírgenes conocidos y desconocidos. Entre la teoría y la práctica, mucho barullo y grandes sartenes de chorizos y chuletas de cerdo.

Hay quien no se conforma con la challa de los amautas (sacerdotes andinos) y va a la catedral o a las iglesias, pero son los menos, y además los curas ya no están tanto por la labor como antes

La feria esta presidida por una escultura de Ekeko, ese dios andino de la abundancia, ligado a la cultura tiwanakota, que se vende por legiones. Ha habido protestas del sindicato de fabricantes de ekekos porque hay mucho ekeko falso peruano que, además de no ser boliviano, tiene muchos menos poderes que estos. Como se ha puesto a jarrear me he comprado una miniatura: un eco poncho de fabricación vietnamita, de manga larga, dice la etiqueta y gorro, que ha reventado en el intento de ponérmelo bajo la lluvia.

            Un gentío. A las doce en punto, petardos de por medio, alrededor de la estatua de Ekeko se ha montado un ferviente barullo de challas de cerveza y botellas de alcohol Guabira, confetis, pétalos de flores sobre la escultura… no se podía dar un paso entre humos y empujones con un runrún de salmodias de fondo. Los oficiantes no daban abasto.

Las Alasitas va a postular a Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Nada que objetar. Ni se me ocurre preguntarme si hay alguien que cree en estas cosas y en que ese dios tripón y divertido le va a remediar los reveses de fortuna, pero en broma no se lo toman. Cosmología andina… no sé una palabra de ese asunto y presiento que me moriré sin saber nada… ni esta ni de otras cosmologías.