El susto, la envidia, la maldición

El otro día estuve en una challa callejera de amautas en la que participó el viceministro de Medicina Traidicional e Interculturalidad, Alberto Camaqui. Hoy, en la portada del periódico Página Siete, en titulares destacados, se decía que los médicos tradicionales curarán el susto la envidia y la maldición, en su calidad de enfermedades espirituales, y que estas prestaciones entrarán dentro del Seguro Universal de Salud.

Según el viceministro, una enfermedad espiritual es aquella que la medicina convencional no puede curar… Los doce males que atenderán los médicos tradicionales son: el susto, la q’atja (agarrado de tierra), la mara, la wijsa t’allisca (estómago removido), la maldición, la envidia, los partos difíciles, el mal del rayo, del viento y del aire… y la diarrea y el dolor de cabeza. La envidia productora de pertinaz mala suerte que hay que limpiar con una mesa blanca… que no sé si con sistema copago, abonará el Seguro.

Yo, hasta aquí llego… me consta lo generalizado de estas creencias, en una intensa recuperación de afirmación identitaria (política: singularidad y derechos, tarea descolonizadora), según pude escuchar el otro día.

 

San Carlos Palenque

En la plaza de San Francisco había también venta de alasitas, challas y humazos, pero ha habido dos cosas que llamaban la atención. Mientras unos challaban con alcohol, cerveza y conjuros, en la puerta principal de la basílica había una tarima ante la que se apretujaba la gente con sus alasitas en brazos al grito de “¡Padre, padre!”, a la espera de que saliera el fraile para bendecir las miniaturas.

La espera la amenizaba una vendedora  que a mi espalda repetía con voz monótona: “Cancelación de deudas, depósitos, préstamos, anticréticos…documentos” Se le ha acercado una mujer joven.  “¿Cuanto debes mamita? La otra le ha dicho algo a la oreja. “Debes traerme dólares” “¡Mil dólares por un boliviano!” Y la gente compraba fajos de dólares y de euros, sapos mágicos, cancelaciones de hipotecas, pasaportes, casas, menajes…

Al fin se ha abierto la puerta de la iglesia y ha aparecido una monja y después dos monaguillos, él y ella, con sendos cubos de agua, bendita se supone y con unas escobillas de fantasía nos han metido un asperges del carajo, billetes, títulos, carnés, falsos contratos, camiones, casas… todo chirriado con el agua diz que bendita.

Frente a la puerta de la iglesia oficiaba un amauta que tenía cola y que challaba sin descanso, echando alcohol, cerveza, golpes de campana en la cabeza de los ofrendantes y mucho humo de sahumerio con una melopea curiosa: “¡Virgen Santa de Urkupiña, Virgen de Copacabana, Señor de la Justicia, Señor del Rayo, Señor de Pulakara, Padre Carlos Palenque, Palenque del aire, no hay que olvidarse del compadre Carlos, el tío Carlos Palenque, San Carlos Palenque, nuestro protector…!” Se refería a un político populista muerto de un discutido por tradicional ataque al corazón en el cenit de su gloria política, cuya tumba en el Cementerio General, vecina del asesinado Luis Espinal, es un centro de peregrinación milagrera.

Amautas y mamautas

“¡Qué andás sacando!”… No hubo tiempo ni de enfocar el cartel, el amauta, o mamauta, no estaba de humor.

Amautas o mamautas. La invención no es mía, sino de un tipo que gasta verdadero ingenio, Edgar Arandia, director del Museo nacional de Arte, buen pintor y escritor notable. Lástima que no haber  podido encontrar el enlace de su artículo sobre los mamautas porque hace referencia a la proliferación de yatiris, amautas, herboristas, sanadores que se ha producido en Bolivia de unos años a esta parte, a la sombra del apoyo que las instituciones prestan a ese tipo de medicina y prácticas religiosas andinas, y al engaño sistemático basado en la credulidad, la superstición, las desdichas y las ambiciones y pasiones  irrenunciables de cada cual.

Una tradición, esa de los amautas, inmemorial, con la que ni la iglesia católica ni los evangelistas han podido. Oscuros sincretismos. Cultos que han sobrevivido a prohibiciones y persecuciones, en los que no solo los campesinos creen con verdadera pasión. Basta asomarse a La Ceja de El Alto, al no poco siniestro Calvario de la carretera de Oruro o a esta colosal feria de Alasitas para comprobarlo.

 

Suerte de plomo

Amautas o mamautas, esta vez no he podido resistir la tentación de ver cómo funciona la lectura de la suerte por plomo derretido.  Tienen el plomo hirviendo en una sartén, coges un cucharón y lo viertes sobre un cubo de agua. El plomo adquiere una forma de barca que es la que leen en sus dibujos.  A mí me ha dicho –mirándome mucho a los ojos y pidiéndome fe– que en cuestión de dinero mal, que no tengo ahorros, que he despilfarrado mucho y que por lo que respecta al trabajo tengo una trancadera, es decir, que ando volando bajo, pero que luego subirá. Y en cuanto a la luna exenta que ha formado una gota me ha dicho que esa es mi mente, que está limpia, pero que mi salud peligra… No estaba en el plomo, estaba en mi cara, como pintura de apache. Y no sigo porque dirán que soy un paranoico…

La feria de Alasitas y el ekeko

 

 

 

Hoy ha comenzado en La Paz la feria de Alasitas. A media mañana me he bajado al Parque de los Monos, donde estaban instaladas cientos de casetas. En el desayuno, María Elena, una de las meseras,  me ha dicho: «Tenga cuidado que hay mucho gato». Lo que había era mucha policía y ha acabado habiendo una humareda mareante mezcla de fritangas, sahumerios de palo de santo, de piedra de incienso, de cera pura que todavía tengo el tufo pegado a la ropa. Un aluvión de indios del altiplano.

Las Alasitas son unas miniaturas de todo lo que uno puede desear: casas, herramientas, buses, camiones, coches, ropa, barbies, sacos de cemento, ladrillos, teléfonos, pasaportes, diplomas, carnés de conducir, fajos y más fajos de billetes, maletas, coches, casas y casitas, las hay de todos los tamaños, comercios… algo asombroso. Ah, y ekekos de todos los tamaños con boca para fumar, porque lo mismo que a las calaveras, al dios de la abundancia hay que darle cigarrito (marca Astoria a ser posible que son los más fuertes, me dicen). La suerte depende de cómo caiga la ceniza…

Hay que comprar la miniatura que se desee, o mejor una bolsa en la que hay de todo, a las doce del mediodía (condición para que los deseos pedidos se cumplan dentro del año siguiente) y luego llevar lo que se ha comprado a challar de mano de alguno de los muchísimos amautas (ellos y ellas) y yatiris que estaban instalados en los lados del tortuoso recorrido de las casetas: rociadas de cerveza o alcohol y mucha salmodia en aimara con referencias a santos y vírgenes conocidos y desconocidos. Entre la teoría y la práctica, mucho barullo y grandes sartenes de chorizos y chuletas de cerdo.

Hay quien no se conforma con la challa de los amautas (sacerdotes andinos) y va a la catedral o a las iglesias, pero son los menos, y además los curas ya no están tanto por la labor como antes

La feria esta presidida por una escultura de Ekeko, ese dios andino de la abundancia, ligado a la cultura tiwanakota, que se vende por legiones. Ha habido protestas del sindicato de fabricantes de ekekos porque hay mucho ekeko falso peruano que, además de no ser boliviano, tiene muchos menos poderes que estos. Como se ha puesto a jarrear me he comprado una miniatura: un eco poncho de fabricación vietnamita, de manga larga, dice la etiqueta y gorro, que ha reventado en el intento de ponérmelo bajo la lluvia.

            Un gentío. A las doce en punto, petardos de por medio, alrededor de la estatua de Ekeko se ha montado un ferviente barullo de challas de cerveza y botellas de alcohol Guabira, confetis, pétalos de flores sobre la escultura… no se podía dar un paso entre humos y empujones con un runrún de salmodias de fondo. Los oficiantes no daban abasto.

Las Alasitas va a postular a Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Nada que objetar. Ni se me ocurre preguntarme si hay alguien que cree en estas cosas y en que ese dios tripón y divertido le va a remediar los reveses de fortuna, pero en broma no se lo toman. Cosmología andina… no sé una palabra de ese asunto y presiento que me moriré sin saber nada… ni esta ni de otras cosmologías.