




Y bajando, bajando, por calles poco amables, flanqueadas con garajes a cuya puerta acechaban temibles pitbuls –“Eres peor que perro de garaje”–, acabamos dando en la puerta del Cementerio General de La Paz. Se nos hizo tarde para ir a visitar la tumba de Vizcarra, pero a cambio pude ver los cubículos de los reziris, los rezadores por encargo. Enfrente un grupo de artilleros, ellos y ellas, borrachos, salaces y brutales. El lugar más inseguro de La Paz. Dos mozos israelitas esperaban sentados en el suelo la salida de los buses para Copacabana y el lago.
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Funeraria infantil
La Paz tiene unos días peores que otros para sacar fotografías, pero no mucho más. A la luz cegadora de contrastes violentos le sigue la sombra espesa de las tormentas del invierno, como ahora mismo que graniza con rabia. Esta mañana fui a una calle especializada en películas trucho, es decir, en copias fraudulentas. Buscaba Zona sur, una película boliviana que trata de los cambios sociales que ha experimentado la sociedad boliviana, la clasista, más aún que racista; pero el vendedor me ha dicho que “de cine nacional nada, solo internacional”: todas las series y películas de moda, todas, hasta las que no se han estrenado. La copias ilegales, el trucho (sea de lo que sea), son una industria nacional y callejera. Esa calle, al anochecer, es un zoco de cinéfilos.
Y si sacar fotografías por la luz es complicado para quien no es fotógrafo ni de lejos (mi caso), más lo es por las broncas que arma la gente cuando se da cuenta de que andas con una cámara en la mano. Por ejemplo, hace dos o tres años con el dueño de esa funeraria de ataudes infantiles, sobre todo, en la que hoy montaba guardia una niña que vete a saber qué idea tiene ya de la muerte. A dos pasos, unos artilleros que parecían salidos de alguna página del Víctor Hugo Vizcarra le pegaban recio al alcohol puro.
