El Loco, en la calle Linares

Llevaba años detrás de este libro, El Loco, de Arturo Borda. Hoy por fin lo he encontrado en una chamarilera de la calle Linares, cuando andaba buscando la casa de un personaje de Felipe Delgado, de Jaime Sáenz. Saénz describe una calle de chamarileros y truhanes, que no es esa, desde luego, pero a mí me ha convenido porque he encontrado una casa preciosa para . Bueno, total, que he entrado no a comprar nada, sino a limpiarme las manos después de comer una ración de lechón al horno que le he comprado a una casera al paso, en una fonda de los agachados en medio de un mar de gladiolos rojos: “C’est vraiment dégueulasse!”, han dicho dos francesas que pasaban con su botella de agua debajo del brazo. En efecto, dégueulasse, completamente dégueulasse, pero delicioso… He preciado el libro y ha sido un regateo a mala hostia, con rabia por ambas partes: ni un peso, no me ha rebajado ni un boliviano. Ella sabía y yo también. La hijita que andaba como por los suelos ha aprovechado para mearse y se ha llevado el soplamocos que se veía le hubiese gustado a la madre darme a mí.

¿De qué trata El Loco? Y yo qué sé. Tres volúmenes y unas cinco mil páginas de derivas históricas y mitológicas, de fragmentos de autobiografía atormentada, de asedios, paradojas, historias embrionarias y cuanto más embrionarias, mejor, arengas políticas, socialistas, revolucionarias… Mítico, un libro mítico, y como todo libro mítico está excusado el leerlo. Hay que citarlo, decir que se posee, para demostrar que estamos en el ajo, pero leerlo, para qué… Además, el libro es inencontrable, escurridizo… Me ha hecho pensar que esos libros que buscamos están escondidos en algún lugar de las ciudades que pateamos a la espera de que salgan a la luz y que nuestros pasos no tienen otro objetivo Y La Paz, donde se cambia papel higiénico por libros,no es el mejor lugar para las husmas librescas.

Escribe Sáenz, en su Felipe Delgado, muy al comienzo: “Una calle infestada por una turbamulta o caterva de rateros, viciosos, perdularios que reclamaban soberanía absoluta de la vía pública a título de comerciantes, aunque todo el mundo sabía que eran expertos en toda clase de artimañas, especialistas en el cuento del tío, jugadores y malentretenidos que dominaban el difícil arte de abrir candados y chapas con la sola ayuda de un alambre y que –según dictaminaba Virgilio Delgado— vivían martirizados por la duda  fascinados por la incertidumbre. Pues bastaba que cayese en sus manos una cosa para volverse inmediatamente sospechosa, y cuanto más sospechosa, tanto más fascinadora, de tal manera que estos seres, cautivos de un raro embrujo, abismados en un mundo truculento, se pasaban la vida contemplativamente medrando a la sombra de pocilgas y de toldos a lo largo de la calle, traficando con peregrinos y misteriosos objetos, y se enredaban en toda clase de operaciones a cuál más complicada con las gentes que por allí pululaban a toda hora del día y de la noche para mirar, para tocar, para hurgar, para tasar, para comprar, o para vender fierros y palos, botellas rotas, cadenas y ruedas, clavos retorcidos y cosas tales como el espaldar de una silla, un perro disecado, un busto hecho pedazos, los restos de una capa, barajas por montones, cachos, ranas, un biombo, alegorías patrióticas alusiva a los sufrimientos de los veteranos de la guerra del Pacífico, un leon verde de estuco, Moises con las tablas de la ley, un zapato por acá y otro por allá, un Santiago sin caballo y con las piernas abiertas, un maniquí, un lechón al horno y una corneta, una puerta, un irrigador, libros, revistas y un mundo de cosas…” Amén.

Visitando a Borda

En casi todos mis viajes a Bolivia he pasado por el Museo Policial de la Paz. Al margen de las truculencias varias (ya muy mermadas), ese museo alberga una de las obras mayores del pintor Arturo Borda, el Filicidio, del que ya he escrito en otras ocasiones. Sorprende que una obra tan vitriólica sobre la propia condición, pintada por un artista que se enfrentó a los poderes facticos de su época este en ese lugar y en semejante compañía. Pero lo cierto es que Borda regaló ese cuadro a la Policía en agradecimiento a que le dieron pasaporte para poder exponer en Buenos Aires.

El mural del Bicentenario

Hacía tiempo que quería pasar a ver el colosal mural del pintor Gastón Ugalde llamado El Mural del Bicentenario. Está mañana me he bajado hasta el Teatro al Aire Libre, en cuyo cerramiento está. No había buena luz, pero las imágenes que publico dan una idea de cómo es: la gente que ha contado en la historia republicana de Bolivia y en el presente de sus ciudades y calles, del mariscal al lustrabotas, pasando por los diablos y santeros. Iba buscando la traza de un personaje detrás de cuyas huellas ando, el belga Georges Roumá, pero me encontrado con esos viejos conocidos. Y sobre todo he podido escuchar cómo una mujer ya no muy joven le decía al niño que llevaba de la mano: “Aquí hombres no más hay, las mujeres no contamos para nada”. Mujeres en el mural, hay, pero tampoco tantas.

Me ha hecho gracia encontrar entre tanto prócer a Víctor Hugo Vizcarra, porque el domingo anduvimos por sus pasos de descalabro –la taberna ya cerrada El Pezón de la Mariposa–, en los alrededores del barranco de la Uta Pulpera, y porque ayer fui a una barbería y el barbero estaba leyendo Borracho estaba pero me acuerdo, que obviamente le había cortado el pelo al escritor en varias ocasiones y dado algo para que chupara. Y en su vecindad a Jaime Sáenz con su saco de aparapita y sus relojes, después de que anduviera vistiendo –dónde, cómo, por qué– el uniforme nazi, porque la otra noche anduve por los callejones sin salida del barrio de San Pedro, como aquel en el que vivió y murió el pintor Arturo Borda.