Esa es la leyenda que figuraba en un reloj de bolsillo que tenía uno de los personajes de Es otoño en Crimea, de Carlos Pujol, de cuya muerte me entero aquí en esta mañana veraniega de Cochabamba. Fuimos amigos y durante unos años nos tratamos de manera asidua. Conservo recuerdos muy gratos de encuentros en Pamplona o en Barcelona, en casa de Juan Perucho, y de su Academia de los Ficticios. Una vez me dijo: “Ni se te ocurra presentarte al premio Planeta”. Podría elogiar su obra porque me parece admirable, pero prefiero el silencio piadoso a la impudicia de las necrológicas en las que el necrólogo, como no sabe nada o apenas de quién era el fallecido, habla de sí mismo o de la obra en general que no compromete a nada. Nos gusta. Le leí mucho y le conocí apenas. Le recuerdo como un hombre bueno, hoy, que ha fallecido, y lo hago cuando leo a Balzac (su traducción de El primo Pons es dificilmente igualable) o cuando tropiezo con el quisquilloso duque de Saint-Simon.
“Es más tarde de lo que crees”
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