Domingo de Carnaval

Esta tarde he estado en el Corso del carnaval paceño. Y mientras que por la mañana La Paz era una ciudad muerta, por resacosa más que nada, por la tarde el centro ha sido una batalla campal con acompañamiento de petardos, charangas de bombos, tubas y trompetería brava. Unas comparsas tenían más gracia que otras, aunque la realidad parecía ser que toda la guasa consistía en ponerse perdido de agua y espumas (y harina también), que es como hemos acabado todos. La calle se ha quedado hecha un muladar. Había mucha policía. Algunas estampas tenían un sabor rancio, a chirigota de otro tiempo, otras eran pura brutalidad carnavalesca, máscaras descangalladas hechas destrozonas a lo Gutiérrez-Solana, pero quería ver a los Pepinos en acción. El Pepino es una de las máscaras genuinas de este carnaval que, al margen de lo que digan, nada tiene que ver con el “arlequín español” porque tal cosa no existe. Su rostro es ambiguo, resulta simpático, sí, pero tiene un no sé qué amenazante, siniestro incluso… esa sonrisa inmóvil. No sé. Tengo que preguntarle por esa sonrisa a mi amiga Beatriz Rossells que es quien ha estudiado este carnaval con verdadero detalle.

Entre pólvora y confetis

El carnaval paceño está en el aire. En la calle Illampu, la de los cotillones, se amontonan los puestos de máscaras de pepinos (los genuinos arlequines paceños), adornos caseros, disfraces, confetis, serpentinas, petardos, cohetes, globos para llenar de agua y ponerse perdido, espumas para lo mismo, pelucas… Son cuatro días durante los cuales el país, me dicen, se paraliza.