El bloqueo de carreteras es un clásico de las protestas y reclamaciones bolivianas. La red de caminos lo permite. Cuando una comunidad o un grupo social organiza un bloqueo, quedan por completo aislados pueblos, ciudades y vastas regiones del país. No pasa nadie. Las mercaderías perecederas se pudren. ¿Perjudicados? Todos. Sobre todo la gente que nada tiene que ver con el asunto. Es un secuestro a la grande, una forma de obligar a las autoridades a negociar, que raras veces se resuelve con violencia para no empeorar las cosas. Y mejor no protestar ni intentar vencer el bloqueo, esto es, faltarles el respeto a los bloqueadores. Lo viví hace ocho años, a campo abierto. Inolvidable.
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El fricasé de doña Elena
Hoy a mediodía almorcé un delicioso fricasé donde Doña Elena, del Mercado 25 de Octubre. El lugar dista mucho de ser lujoso. Es uno de tantos comedores populares que hay en Bolivia. En la Red hay abundantes recetas del plato que básicamente tiene costilla de cerdo, cebolla blanca y verde, ají, rojo y amarillo, orégano, pimienta, ajo, papas cocidas y mote… Suculento. Dicen que es milagroso para las mañanas de uvas sordas. No era el caso, ni mío ni de los demás comensales, de cara a la pared o en la mesa común.
La noche de Adela Zamudio
Mala noche. Mala… o de toda palabra ociosa dará el hombre cuenta regurosa… A la del martes me refiero. Me llevaron a una tertulia literaria sobre la poeta boliviana Adela Zamudio. No conocía nada de ella, el nombre, que está un poco por todas partes, pero gracias al profesor Luis Huáscar Antezana me enteré de algunas cosas de la vida y obra de aquella mujer, grande, corajuda a la que salían muchedumbres a recibir. ¿La leían todos los que ocupaban la plaza entera? No lo sé, pero no lo creo. Eran otros tiempos. Pero para vivir en solitario enfrentada al clero y a las clases conservadoras hacía falta mucho coraje.
Una mujer superior/ En elecciones no vota,/ Y vota el pillo peor./ (Permitidme que me asombre)./ Con tal que aprenda a firmar/ Puede votar un idiota,/ Porque es hombre!
Feminista, liberal, al final de su vida le regalaron una corona de laurel de oro y en su vejez intentó sin éxito conseguir un crédito con su garantía. Me gustó la anécdota. Ya no hay poetas de esos. Casi todos tienen paga y quien más quien menos hace carrera académica. Lo que resultó insufrible fue la disertación televisada de un García Pavón, profesor en USA, hombre descortés y grosero en el trato (esa es la impresión que saqué cuando me lo presentaron le di la mano, me la dejó tendida y se dio la vuelta), tanto como alguna gente con la que por azar tuve que compartir mesa. Hay cosas que se agotan porque resultan muy cansadas, sobre todo si se repiten mucho. Sospecho el motivo y tiene poca gracia y no dice mucho de esa gente. Un día pierdes la paciencia y piensas que ya has visto lo suficiente.
Luego pasé por el Cocafé, uno de los tres locales que he frecuentado estos años en Cochabamba, y estuve un rato charlando debajo del rostro de Frida Khalo. Trajeron un bol con una hoja de coca excelente, pero ni eso fue capaz de remontar la noche. Sin contar con que en ocasiones hablas y haces daño sin darte cuenta. Lo haces a tontas y a locas, pareces un vendaval. Pierdes de vista que las cosas no son nunca como parecen y que escribir una novela, no es lo mismo que vivirla. La realidad, la que a ti te rodea y resiste, es un delicado material novelesco con el que es mejor no equivocarse.
“Cuida tu lengua, que aquí son muy perros”, me acaban de decir… Hace años a una joven le oí decir en la calle: “Los bolivianos no somos chismosos, somos muy comunicativos”… comunicativos. Hermoso eufemismo. Pero es cierto, el chisme, la maledicencia, el hacer correr engordado el bulo, la murmuración, acaba siendo aquí un juego sofisticado o grosero, pero irresistible.
Callejeo de Cochabamba
No sé si es deporte, tradición identitaria o folklore, pero hoy, ante los puestos de videos y similares de los mercados, el espectáculo que arrebataba era la retransmisión de unas brutales peleas femeninas (el otro día era de enanos). Parecía que la sangre enardeciera a las luchadoras. La aparición de la cámara ha disuelto uno de los grupos en el que las mujeres eran las que más ruidosas jaleaban las peleas que veían.
Ese pollo (pati)tieso de cabeza en la olla… ese sueño de quien está en la calle desde antes de que amanezca…
Mercado dominical
Nadie discute la frescura de eso grandes pescados que vienen del río Mamoré… el chicharrón de surubí es un gran plato.

Esta mañana de silencio total me fui a los mercados a por algunas cosas que necesitaba. Por las calles del centro no había un alma, no porque hoy sea domingo, sino porque ayer fue el Corso de Corsos y la ciudad tembló desde las ocho de la mañana hasta entrada la madrugada con miles de personas bailando al son de casi cien charangas que ocupaban varios kilómetros de calles, más petardos incesantes y ritmos repetidos hasta pensar en hacerte derviche giróvago, por lo menos… Me gusta la música, pero matan los músicos si dan en muy tocadores (Padre Joseph Francisco de Isla en su Método racional para curar sabañones). Ayer tarde fui a ver a mi amigo Ramón Rocha Monroy que estaba en el hospital y, aparte de reírnos con ganas de nuestras cosas, algo que parecía ofender a las enfermeras, convinimos que estábamos hasta los mismísimos del estruendo atronador que entraba por la ventana y del folklore hecho espectáculo de riguroso pago. Se las ingenian para que, si no pagas, no puedas ver nada. Y un día te cansas, del folklore de tu casa… y de la ajena. Hay que poner demasiado entusiasmo o ser del gremio. En la fiesta loca o estás dentro, o abstente. Claro que si te gusta estar sentado horas y más horas como un pasmarote, bebiendo una cerveza detrás de otra, no tengo nada que decir. Por cierto, no tengo la seguridad de que hoy sea el llamado Domingo de Tentación… no tengo la seguridad de nada. Eso sí, hemos visto dos camiones repletos de gente muy adulta pintarrajeada de azul, como pitufos, iban de cara a las montañas, muy farreados, de ayer y de hoy. Interminables carnavales bolivianos.
Bueno, estábamos en los mercados. Me gustan más los de Cochabamba que los de La Paz. Los de Cocha empiezan, callejeros, alrededor del 25 de Octubre, en el centro (ya volveremos porque dicen que dan el mejor fricasé de Bolivia en unos comedores que parecen nichos de camposanto) y acaban en el zoco colosal de La Cancha y la antigua estación de ferrocarril. Mucho colorido, mucha bulla, mucho venteo de mercaderías y mucho apreciar la mejor puesta al tacto, donde dejan. Vendedoras de fruta, de verduras, de quesillos, de carbón vegetal para parrilladas, vísceras, pastas, zapateros al paso: “¡Los domingos no se trabaja!”, grita uno, “¡Pero se vende!”, le replica otro… Hay que dejar los escrúpulos en casa. Y eso que no todo es venta a pie de tubo de escape. Me he acordado de algo que decía una de mis abuelas: que los hombres no teníamos que ir a los mercados: “¡Os engañan, parecéis tontos!” Es posible. Regatear con una casera boliviana tiene su miga. Imbatibles, carajo, llevas todas las de perder. Los gitanos son más accesibles. Y aquí se precia y regatea mucho. Además, lo quieras o no, compras más de lo que necesitas y puedes razonablemente consumir. Los ojos te traicionan y más el saber que estás de paso, muy de paso.
Cartelería cochabambina
El Triunvirato y las guarrindongadas
Esta entrada se la dedico a carcajadas a esa especie de ángel de la guarda de los fogones que es David de Jorge, en recuerdo paceño ya de sus guarrindongadas.
Ramón Rocha Monroy es aficionado a la gastrosofía (ha escrito mucho y bien sobre la cuestión) y a las sesiones suicidas de campo a base de platillos que dan en patios y boliches curiosos o a trasmano. Todavía tengo fresca una sopa de hígado que nos dieron en casa del campeón de pelota vasca de Bolivia el día que fuimos a visitar el cementerio israelita.
Esta mañana, antes de salir para La Paz, le tocó el turno al Triunvirato, un boliche paredaño a mi alojamiento en el que nunca había entrado. El cancerbero es un paralítico de pocas pulgas. Un comedero a la sombra y muchos exvotos e imágenes religiosas por las paredes deseando paz y amor, junto a una carta escueta y contundente. Cuando hemos llegado eran poco más de las once de la mañana, pero enseguida se han ido llenando las mesas de compadres y familias silenciosas con evidentes signos de haber chupado ayer domingo de lo lindo. Un silencio de reposo y calma. La sopa de la casa, el Triunvirato, tiene fama de ser milagrosa contra las uvas sordas. Una leyenda urbana porque el plato es explosivo acompañado además de una llajua de locoto verde que, como decía Ciro Bayo, es un auténtico botafuego. Vida sana. Cada cual tiene los amigos que tiene y mi lazarillo cochabambino es un Tragantúa a quien saludan con cariño y alborozo en todos los boliches a los que vamos: “¡Ay, se nos perdió don Ramoncito!”, y le enseñan las fotos de los hijos y los nietos, que lo mismo pueden estudiar para ingenieros petroleros.
Pongamos sus componentes, más que nada por curiosidad científica: pulpito (también llamado cagalera), libro (ranga) y riñón troceado, y como he dicho la llajua verde Tal vez no levante a los muertos, pero deja a los vivos en un ay. Me he acordado por fuerza de uno de los platos rumanos que más me gustaron: la ciorba de burta que al lado de este triunvirato es algo digno del Fauchon de la Madeleine. ¿De verdad que el secreto del viaje es no hacerle ascos a nada?
En Cochabamba, con aguacero
Entre la flor de la kantuta, atrapada ayer en la calle, camino de una pulpería de cuento y hosca, y el amanecer de aguacero en Cochabamba, no hay más que un estado de ánimo que interesa poco, o mejor, nada. La flor de la kantuta es un símbolo nacional y un icono en la pintura de Arturo Borda. Esa todavía pálida la vi ayer después de escuchar parte de un discurso de Evo Morales contra el narcotráfico, con motivo del tercer aniversario de ascensión al poder. Toda una obsesión nacional y un arma arrojadiza. Y un negocio mayúsculo que sostienen está detrás de la febril construcción de Cochabamba y de la destrucción sistemática de su mejor traza urbanística, sustituyendo la ciudad jardín por los edificios con mucha altura, más volumen, aluminio y vidrio. El negocio es el negocio: “Aquí en Cochabamba invertir en farmacias es plata perdida, la gente no enferma, come, come…”, esto le oí decir el otro día a un cuco que se había comprado la planta entera de un edificio digno de Metropolis para dedicarlo a “espacio gastronómico”. De la chichería de piano, suelo de tierra y cuecas, a los “espacios gastronómicos” cuanto más fushion mejor, brasileros, japoneses, italianos, vallunos, poco importa, está la evolución de la sociedad boliviana. Hay mendigos, hay pobreza, pero también hay mucha plata. De dónde sale eso es otra cosa: remesas, contrabando, narcotráfico… no es suficiente, hay algo más, seguro. Resulta curioso ver enriquecerse a una clase que practica el acoso y derribo de un gobierno a cuya sombra medra.
Las que tienen que servir


Las que tienen que servir. Rancia frase. Hay una calle en el centro de Cochabamba, junto a uno de sus mercados, en la que se plantan a diario –“Lavar ropa caballero”– las empleadas domésticas para ser contratadas al paso. Están en grupos, silenciosos o dicharacheros, o ensimismadas, aburridas, acuclilladas contra la pared o en el bordillo de la acera: cocineras, lavanderas, planchadoras, chicas para todo… “Yo antes de viajar a España no sabía lo que era barrer o freír un huevo”, le oí decir a una chica joven en la sala de espera del aeropuerto el otro día, a lo que su vecina, una jovencita peripuesta, le contestó: “Yo gracias a Dios no he tenido que trabajar nunca”, para pasar a continuación a relatar a todo el grupo de espera los casos de licenciadas en Derecho, “y en todo”, que estaban sirviendo, esto es, trabajando de “asesoras de hogar” en España, algo a la que dos mujeres quechuas con aspecto de haber trabajado mucho en la vida, con escoba y con pico, prestaban hieráticas una atención lejana: estaban oyendo hablar a gente de otro planeta.
Sueños y reclamos

Esta mañana en la plaza 14 de septiembre todo estaba en su sitio y ahí seguirá, cada cual en su rincón: la inevitable marcha con sus imparables petardos delante de la Alcaldía –hoy le tocaba al sindicato de revendedores de chicha, la bebida nacional–, el vendedor de apocalipsis varios (culpa lejana española y cercana norteamericana) y plantas milagrosas de aspecto tirando a poco lozano, y el que se contenta no con vender sueños sino su interpretación (a poco más de un euro), porque, asegura, es en los sueños donde está la clave de nuestra vida presente y sobre todo futura (venturosa), al tiempo que redondea la oferta con unos folios (1 boliviano) con todo lo necesario para renovar el carnet de conducir.










