


Los coches, lo que aquí llaman movilidades, son objeto de un tráfico incesante y un signo de distinción social familiar que luego habrá que ir a challar a Copacabana o al Calvario de la carretera de Oruro. De hecho las compras son en familia y todos miran y remiran, opinan y prueban. Una fiesta y un sueño largamente acariciado, por el que se han comprado alasitas y hecho ofrendas. El sueño de muchos inmigrantes es volver a Bolivia y comprarse un buen coche o una vagoneta para ejercer de taxistas. A veces se conforman con los cientos o miles de vehículos (orientales y de derribo) que entran de contrabando por la frontera chilena. Por cierto que días pasados se dijo que en La Paz hay más de 2.500 choferes con antecedentes policiales y penales. El transporte es un negocio, urbano y rural, de los camiones de gran tonelaje a todo lo que se mueva y sea susceptible de llevar gente, bártulos, animales y hasta ataúdes. Esas movilidades se paga en dólares contantes y sonantes, sacados de la faltriquera, de los zapatos o de la ropa interior, ante unos abogados que (dicen) no miran mucho la calidad de los papeles que les muestran los vendedores.
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Baroja en La Ceja

Casi nada más a echar a nadar por La Ceja, hemos encontrado un puesto de libros entre los que destacaban tres Baroja, un Costa y un Marcelino Domingo del que hablaré cualquier días de estos, si tengo de verdad tiempo. Los Baroja se han quedado donde estaban porque yo ya los tengo y a mí amigo, que se confiesa devoto de Baroja, no le interesaban, porque dice que él se queda con la trilogía de La busca y La sensualidad pervertida, que eso le basta… bueno.
No había muchos más puestos de libros. ¿Para qué, si los cambian por rollos de papel higiénico, un producto de amplio consumo nacional, en lo cotidiano, doméstico y callejero, y en los recóndito para preparar pasta base en laboratorios caseros? Y los pocos puestos que había, eran de las habituales falsificaciones (el trucho nacional), ediciones piratas, bajadas de internet o fotocopiadas: Cioran, Foucault, Fulcanelli, Jodorowsky, Heidegger… Eso era lo que se compró sin rechistar el originario de la fotografía después de un tomo de Filosofía del Derecho y de Ser y tiempo, de Heidegger y por fin, ante la duda de la historia de la sexualidad, ha optado por comprar El origen del racismo, aunque lo miraba con cierta aprensión.
En otro puesto de ediciones piratas, una mujer indígena originaria, de esas echadas p’alante, que viven en la arenga y el reclamo, le ha preguntado de mal humor al librero: “¡¿Pero cuando me vas a traer mis libros de Flavio Josefo?!” Estábamos a más de 4.000 metros de altitud, con un sol a ratos que abrasaba y uno truenos que amenazaban un tormentón de estos que parece que el cielo se desploma.
En La Ceja de El Alto
En La Paz con granizada
La llegada a La Paz no ha podido ser más espectacular, por grandilocuente: aguaceros y tormentas, atravesados aquí y allá por rayos de sol, el Mururuta y el Huaina Potosí a ratos bajos las nubes y a ratos emergiendo de ellas, y El Alto bajo una granizada que apenas dejaba ver nada y que se llevaba por delante los restos del día feriado (el que ha aprovechado Evo Morales para hacer cambios en su gabinete). El intocable y espantoso Ché Guevara de ferralla montaba guardia en la tormenta.







