Martín Villa y su transición…

“Lo nuestro son errores, lo suyo son crímenes”, es a lo más que llegó a admitir  el falangista Martín Villa, hombre de Frente de Juventudes, sindicatos verticales y Secretaria General del Movimiento, reconvertido en demókrata hasta las cachas por arte de birlibirloque, que hoy, a su modo, explica en la prensa lo sucedido en una semana negra en que “tembló España”… vaya, mucho temblar, para en el fondo no explicar nada.

No es Bolivia un mal sitio para leer esas declaraciones de Martín Villa, ministro de Interior, preboste de Gobernación, hombre fuerte del régimen y más franquista siempre que otra cosa, al tiempo de la sacrosanta Transición. Aquellos años, ETA mató y secuestro, cierto, pero nunca se señala con la misma firmeza la nula en la práctica voluntad de investigar los crímenes en los que estaba implicada la policía española y que se atribuían a “los ultras”. ¿Se investigó a fondo hasta sus últimas implicaciones policiales y militares al Batallón Vasco Español? ¿Y al CESED? ¿Y a los mafiosos de la Secretaría General del Movimiento?

El mismo Delle Chiaie, mercenario italiano que muy poco después de participar como pistolero en los crímenes de Montejurra (1976) acabó en Bolivia al servicio de Klaus Barbie en sus Novios de la Muerte (Ernesto Milá también fue de la partida), señaló a la policía madrileña como cómplice del asesinato de los abogados del despacho de la calle de Atocha. Nadie respondió nunca por lo sucedido en Montejurra, en Pamplona, en Vitoria… no respondió porque no hubo intención alguna, ni gubernativa ni policial ni judicial de que así fuera, al revés, todo eran trabas, dilaciones, negativas… Lo saben los abogados que defendían los intereses de las víctimas.  Aquella visita propagandista de Fraga y Martín Villa a los heridos de Vitoria, a la que fueron obligados estos, debería quedar en los anales de la infamia. Su policía dijo de manera festiva y así quedo grabado: “Hemos contribuido a la mayor paliza de la historia”: cinco muertos y más de doscientos heridos, entre graves y leves.

«Intento comunicar, pero nadie contesta. Deben estar en la iglesia peleándose como leones. ­¡J-3 para J-1! ¡J-3 para J-1! Manden fuerza para aquí. Ya hemos disparado más de dos mil tiros. ­¿Cómo está por ahí el asunto? ­Te puedes figurar, después de tirar más de mil tiros y romper la iglesia de San Francisco. Te puedes imaginar cómo está la calle y cómo está todo. ­¡Muchas gracias, eh! ¡Buen servicio! ­Dile a Salinas, que hemos contribuido a la paliza más grande de la historia. ­Aquí ha habido una masacre. Cambio. ­De acuerdo, de acuerdo. ­Pero de verdad una masacre». En Youtube está la grabación entera. Hay documentación de sobra.

Fraga en su catafalco

Estés o no lejos, las cosas de allá te llegan acá: la muerte de Fraga. Un periódico boliviano titulaba en primera página que lo consideraba un artífice de la Transición española, y callaba todo lo demás, que es mucho, no ya como ministro de Información de Franco, sino como ministro de Gobernación en la época siniestra de los crímenes de Vitoria y Montejurra, de cuando tuvo como guardaespaldas (jefe de seguridad) al criminal de la Triple A, el argentino Almiron, y de la impunidad policial, asuntos estos de los que jamás respondió desde una altanería que era un estilo. Fraga no era un friqui, era un símbolo político de la derecha y un mito, el enlace entre el franquismo y la actual derecha, y por desgracia se ha comprobado que hay más gente que aprueba sus métodos autoritarios que lo contrario. Se escriba lo que se escriba, Fraga está absuelto hasta por la historia: de su biografía han desaparecido todas las rebabas y todos los empujones, a lo sumo son chascarrillos que ilustran un carácter, todo un carácter (dicen). Les queda el estadista y así lo han subido a los altares, los demás ya podemos decir misa, en otro altar.

Fragante España, por Javier Eder