La que he dado esta mañana no ha sido exactamente la vuelta del gitano, aquella que había que dar en las acampadas por ver de no dejarse nada, sino la vuelta a la ciudad, en parte por la Ronda –la ronda de noche y de día, los cuadrilleros de la ronda nocturna (Maeztu, Gustavo, olvidado, podrido, en manos sucias ya para siempre)–, y en parte por el dédalo de calles y callejas (muertas, moribundas, ajenas) del laberinto dichoso, herida que no cicatrizará jamás (por hurgar de manera imprudente en ella). De dar alguna vuelta no sería la del gitano, sino al revés: para dejar olvidado el lastre, que es mucho. Vueltas, vueltas… das vueltas y de tanto darlas acabas viendo cosas delante de las que has pasado toda la vida sin fijarte. “Una vida no es suficiente para conocer la propia ciudad”, dijo su mejor cronista. Amén pues. “Nunca se pone suficiente atención”, decía Chesterton. Amén también. No sé en qué pensaba Rodin en la plaza helada. En los tejados como escape posible desde luego que no, porque esta vez me escapo por la Estación del Norte, que es por donde hay que irse a tomar viento o aire, norte, vivificante, siempre.
La vuelta a nuestro escenario habitual es algo que Paul Morand recomendaba hacer antes de un viaje, y si Morand lo recomendaba, a misa, a misa, flagelantes de Sevilla nosotros también: “Notre-Dame, la Tour Saint-Jacques, contempladas pocas horas antes de embarcarse para China, tienen, les aseguro, un color que no se parece a ningún otro”, decía el hombre apresurado, pero nosotros no nos vamos a la China y por lo que respecta a los monumentos, porches, plaza y poco más.
Y por lo que respecta a las esencias patrias y a las señas de identidad de la ilustre ciudad… vamos a dejarnos en paz una buena temporada. Va a ser un descanso.

