
Al bajar de La Ceja, camino del barranco de Uta Pulpera, el de los suicidas, pasamos por el Arco de Suerte… o de la Muerte, porque no se sabe si pasar por debajo de ese tronco de eucalipto trae buena o mala suerte. Que la tientas y la zarandeas eso seguro, en opinión de mi Caronte paceño (por decir algo) que me lazarea por rincones asombrosos de esta ciudad que no acabaré de conocer nunca. Luego lo que pase depende de eso de la suerte. Para el delincuente a quien atrapen es un aviso.
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Alta cocina y delicatessen





Alta cocina y delicatessen, y cavernas del gourmet, cuanto más exclusivo, mejor: “¡Yo, si el jamón de York no es de Solbes, no quiero y no quiero, me pongo de los nervios!” (Pinochito de Andía en otra vida). Esos comedores callejeros al paso que hay por todas partes vendrían a ser un Hotel de los Agachados, del que habló Ciro Bayo, algo más sofisticado. Los platos fuertes son el chicharrón de cerdo y el fricasé. Si te fijas bien, nadie habla, comen ensimismados. La llajua cuelga del techo en unos jarros de aluminio como los que usan para todo los mendigos callejeros y las servilletas son rollos de papel higiénico que también cuelgan del techo. Las mendigas potosinas comen lo que rebañan de las sobras que encuentran en los platos, mezclando todo lo que recogen en unas bolsas de plástico. Las entrañas de burro son un lujo.
Las movilidades



Los coches, lo que aquí llaman movilidades, son objeto de un tráfico incesante y un signo de distinción social familiar que luego habrá que ir a challar a Copacabana o al Calvario de la carretera de Oruro. De hecho las compras son en familia y todos miran y remiran, opinan y prueban. Una fiesta y un sueño largamente acariciado, por el que se han comprado alasitas y hecho ofrendas. El sueño de muchos inmigrantes es volver a Bolivia y comprarse un buen coche o una vagoneta para ejercer de taxistas. A veces se conforman con los cientos o miles de vehículos (orientales y de derribo) que entran de contrabando por la frontera chilena. Por cierto que días pasados se dijo que en La Paz hay más de 2.500 choferes con antecedentes policiales y penales. El transporte es un negocio, urbano y rural, de los camiones de gran tonelaje a todo lo que se mueva y sea susceptible de llevar gente, bártulos, animales y hasta ataúdes. Esas movilidades se paga en dólares contantes y sonantes, sacados de la faltriquera, de los zapatos o de la ropa interior, ante unos abogados que (dicen) no miran mucho la calidad de los papeles que les muestran los vendedores.
Herboristas, sanadores y pajpakos

Herboristas y sanadores, junto a una ambulancia de medicina natural de amautas o kallawayas diplomados (y malas pulgas cuando se acerca un blanco que intenta disimular una cámara), el pajpako de turno que siempre encuentra alguien con dolores incurables que prueba suerte. El charlatán y los profesionales reconocidos de la medicina andina que ventean la mercancía en lengua aymara y también en castellano: hierbas y compuestos milagrosos contra todo: próstata, piel, mal olor corporal, nervios, tristezas, golpes, heridas, úlceras, mal aliento, dolores que desaparecen de la mañana a la noche, cáncer, intestinos, ceguera… y una Adelgacina que solo resulta misteriosa en su composición.
Baroja en La Ceja

Casi nada más a echar a nadar por La Ceja, hemos encontrado un puesto de libros entre los que destacaban tres Baroja, un Costa y un Marcelino Domingo del que hablaré cualquier días de estos, si tengo de verdad tiempo. Los Baroja se han quedado donde estaban porque yo ya los tengo y a mí amigo, que se confiesa devoto de Baroja, no le interesaban, porque dice que él se queda con la trilogía de La busca y La sensualidad pervertida, que eso le basta… bueno.
No había muchos más puestos de libros. ¿Para qué, si los cambian por rollos de papel higiénico, un producto de amplio consumo nacional, en lo cotidiano, doméstico y callejero, y en los recóndito para preparar pasta base en laboratorios caseros? Y los pocos puestos que había, eran de las habituales falsificaciones (el trucho nacional), ediciones piratas, bajadas de internet o fotocopiadas: Cioran, Foucault, Fulcanelli, Jodorowsky, Heidegger… Eso era lo que se compró sin rechistar el originario de la fotografía después de un tomo de Filosofía del Derecho y de Ser y tiempo, de Heidegger y por fin, ante la duda de la historia de la sexualidad, ha optado por comprar El origen del racismo, aunque lo miraba con cierta aprensión.
En otro puesto de ediciones piratas, una mujer indígena originaria, de esas echadas p’alante, que viven en la arenga y el reclamo, le ha preguntado de mal humor al librero: “¡¿Pero cuando me vas a traer mis libros de Flavio Josefo?!” Estábamos a más de 4.000 metros de altitud, con un sol a ratos que abrasaba y uno truenos que amenazaban un tormentón de estos que parece que el cielo se desploma.




