



En la plaza de San Francisco había también venta de alasitas, challas y humazos, pero ha habido dos cosas que llamaban la atención. Mientras unos challaban con alcohol, cerveza y conjuros, en la puerta principal de la basílica había una tarima ante la que se apretujaba la gente con sus alasitas en brazos al grito de “¡Padre, padre!”, a la espera de que saliera el fraile para bendecir las miniaturas.
La espera la amenizaba una vendedora que a mi espalda repetía con voz monótona: “Cancelación de deudas, depósitos, préstamos, anticréticos…documentos” Se le ha acercado una mujer joven. “¿Cuanto debes mamita? La otra le ha dicho algo a la oreja. “Debes traerme dólares” “¡Mil dólares por un boliviano!” Y la gente compraba fajos de dólares y de euros, sapos mágicos, cancelaciones de hipotecas, pasaportes, casas, menajes…
Al fin se ha abierto la puerta de la iglesia y ha aparecido una monja y después dos monaguillos, él y ella, con sendos cubos de agua, bendita se supone y con unas escobillas de fantasía nos han metido un asperges del carajo, billetes, títulos, carnés, falsos contratos, camiones, casas… todo chirriado con el agua diz que bendita.
Frente a la puerta de la iglesia oficiaba un amauta que tenía cola y que challaba sin descanso, echando alcohol, cerveza, golpes de campana en la cabeza de los ofrendantes y mucho humo de sahumerio con una melopea curiosa: “¡Virgen Santa de Urkupiña, Virgen de Copacabana, Señor de la Justicia, Señor del Rayo, Señor de Pulakara, Padre Carlos Palenque, Palenque del aire, no hay que olvidarse del compadre Carlos, el tío Carlos Palenque, San Carlos Palenque, nuestro protector…!” Se refería a un político populista muerto de un discutido por tradicional ataque al corazón en el cenit de su gloria política, cuya tumba en el Cementerio General, vecina del asesinado Luis Espinal, es un centro de peregrinación milagrera.




