Carnavalesca para caballeros de industria

Ayer, hace una hora, colgué un post con este título. Una vez publicado, lo envié por Twitter. Al rato el post desapareció incluso del escritorio de mi blog donde no está ni en comentarios publicados ni en borradores ni en suprimidos. No está. Puede comprobarse en Twitter. Indudablemente voy a intentar de nuevo colgar el post para ver qué pasa y si finalmente es cuestión del contenido o de las etiquetas.

Esto es lo que publiqué antes de la nota sobre Arturo Borda y el Museo Policial de La Paz:

Releo lo escrito el otro día a propósito de mi visita a la Casa de España/Centro Cultural Español. No tenía que haber ido. Eso es todo. Esos encontronazos con administraciones ajenas y propias son los gajes de todo viaje y no hay encontronazo que merezca la pena  como para amargarse con él un viaje. Armar bulla es una cuestión de vanidad y orgullo heridos, poco más. Al margen de que, digas o dejes de decir que son unos bellacos y unos granujas, eso al que cobra por nómina oficial, ya sea funcionario de la Embajada o adherido, le importa un carajo.  Pertenecen a un mundo al que los demás mortales somos por completo ajenos por mucho que pagamos unos impuestos que en su conjunto forman el dinero público con el que ellos comen. La mala crianza, que la llaman en Bolivia, tiene mal arreglo. El vago creerá que hace santamente tocándose de la breva protegido por la bandera de España y la Inmaculada Concepción, y que eso es el colmo de la ética. Quien tiene una canonjía pensará que eso es para toda la vida y que ya no necesita hacer más. ¿El servicio público? Eso es una gollería. Han mandado retirar. El mundo es otro. La realidad no está para complacerte, decía R. L. Stevenson en su Sermón de Navidad. El gomosete que hacía de programador del Centro Cultural España ignora que cobra y come gracias a que, en un país que no es el suyo, resulta inaceptable hablar de censura y de prohibición de información dentro de una institución pública dedicada precisamente a la proyección pública de la Cultura –¿querría decir acaso que no había programación alguna?– porque eso es un abuso, claro que si tiene detrás un diplomático que le dice que eso está bien hecho, entonces se entiende. Pero a lo dicho, esto no pasa de ser un anécdota banal en un mundo miserable que tiene a la diplomacia española como sostén. Faltan pocas horas para que de comienzo el carnaval y es el estruendo es mayúsculo: bombos, tubas, trompetas, platillos, petardos… No hay rincón donde no se challe ya a la Pachamama (oficinas gubernamentales incluidas) y donde no se descorche. La vida va por otros derroteros.

Por el momento el post está publicado sin un comentario al disfraz del falangista boliviano Oscar Unzaga de la Vega y sin las etiquetas. Veremos mañana.

Visitando a Borda

En casi todos mis viajes a Bolivia he pasado por el Museo Policial de la Paz. Al margen de las truculencias varias (ya muy mermadas), ese museo alberga una de las obras mayores del pintor Arturo Borda, el Filicidio, del que ya he escrito en otras ocasiones. Sorprende que una obra tan vitriólica sobre la propia condición, pintada por un artista que se enfrentó a los poderes facticos de su época este en ese lugar y en semejante compañía. Pero lo cierto es que Borda regaló ese cuadro a la Policía en agradecimiento a que le dieron pasaporte para poder exponer en Buenos Aires.