Tiempo de papamoscas.

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La tarjeta postal la compré en Burgos en la Semana Santa de 1969. Un sábado santo. No hacía seis meses que había cumplido 18 años y mi vida iba camino del desbarrancadero. Como fue lo digo y me guardo mucho de contarlo aquí por lo menudo. Este es mal sitio para según que expansiones. Lo saben los que se aprovechan de ellas. Aquella fue una excursión cuyo sentido, al margen del aburrimiento, se me escapa. De regreso  nos cruzamos con un largo convoy de grises que se dirigían a Pamplona a reprimir el Aberri Eguna del día de Resurrección de aquel año, para el que estaban preparadas unas panfletadas que se iban a tirar desde los tejados de la calle de las Comedias… pero esta es otra historia, del Zestas and Co. (Ernesto Murillo, biógrafo)… Vaya esa imagen para ilustrar los días de Babia: los del papamoscas. Boca abierta, no dando las horas, sino de asombro ante la propia vida, ante el tiempo que se escurre y a lo que aparece en el teatrillo de la memoria de la mano de algunos objetos, fotografías, tarjetas postales, cartas recibidas, recortes… Entre Machado de Assis y John Bayley, en Iris y sus amigos. Machado: «Creedme, lo menos malo es recordar; que nadie se fie de la felicidad del presente». Bayley: «Nunca supuse que recordar cosas podía producir tanto placer. Me aferro a este placer con denuedo, como si me estuviera agarrando a un bote salvavidas. El barco de recreo. Pero recordar es una cosa: una cosa involuntaria e inocente como el «espíritu del placer» de Shelley. Por los recuerdos por escrito es otra cuestión… Barco de recreo… Puedo ver a Ramón Rocha, en la madrugada de Cochabamba, calle Baptista, jugando con recuerdos inventados: escribe Godínez. Una idea novelesca espléndida la suya. Siempre hay nuevos territorios a explorar en la escritura memorialista. Y salto de nuevo a Machado donde dice que escribe con la pachorra de un hombre aliviado de la brevedad de la vida. Y aún acude Seferis a la cita «Donde quiera que lo toques el recuerdo duele…». Ah, sí y también el último verso de ese poema: «Somos simiente que muere». Y entré en mi casa vacía».
Los días del papamoscas, los del ahora o nunca, y es nunca, cuando crees que es ahora y sigue siendo mañana tengo mucho tiempo, el ensayo general del numerito cabaretero: «Matasuegras de las oportunidades perdidas».

Nostalgias bolivianas

No sé si son la misma cara de la misma moneda o dos de las muchas caras que puede tener el laberinto urbano, el del merdeo y el gueto, porque de guetos vamos hablando ya, porque en ellos vamos viviendo. Ayer tarde perdí una foto estupenda porque la escena me dejó boquiabierto. Con el último sol de la tarde, vi pasar por la plaza del Castillo a una chola de mi edad, con su chal, su borsalino, sus polleras de lujo, de unos colores dorados,  guindas y rojo fuego. Una aparición… maravillooosa, habría dicho el Ramón Rocha. Hoy, cuando regresaba de andar,  en una calle de la ciudad vieja, vieja calle de San Lorenzo, he visto este cartel, casi enfrente del ultramarinos Cochabamba, que en otra lugar, con o sin Huari o Paceña, prometía un festín. Nostalgia y emoción que ha quedado rota porque me ha salido de un portal un jito con un pitbull, sin bozal ni correa, al que el cuerpo le pedía sangre (al jito) y que me ha confirmado que en cuestión de perros peligrosos quienes representan una amenaza cierta son los dueños. Ignoro que mosca le picaba al jito, pero verme con una cámara en la mano le ha parecido una amenaza intolerable.  Mordemos. Estamos que mordemos. Pero el cartel, el cartel me ha hecho ver no ya cómo ha cambiado la ciudad antigua, menestral y mansa, sino cómo he envejecido, pero me he felicitado de no vivir en aquella otra ciudad de los curas, las monjas, los frailes, las cornetas y tambores de los cuarteles, aunque algo o mucho quede y no sea tan castizo como el de esa vieja monja que ha ido a la vieja cerería a por material profesional: Perorata del desahuciado la mía o del insensato o del enjaulado. Viejo, todo viejo, y pardo, como en el poema.

Mercado dominical

Nadie discute la frescura de eso grandes pescados que vienen del río Mamoré… el chicharrón de surubí es un gran plato.

Esta mañana de silencio total me fui a los mercados a por algunas cosas que necesitaba. Por las calles del centro no había un alma, no porque hoy sea domingo, sino porque ayer fue el Corso de Corsos  y la ciudad tembló desde las ocho de la mañana hasta entrada la madrugada con miles de personas bailando al son de casi cien charangas que ocupaban varios kilómetros de calles, más petardos incesantes y  ritmos repetidos hasta pensar en hacerte derviche giróvago, por lo menos… Me gusta la música, pero matan los músicos si dan en muy tocadores (Padre Joseph Francisco de Isla en su Método racional para curar sabañones). Ayer tarde fui a ver a mi amigo Ramón Rocha Monroy que estaba en el hospital y, aparte de reírnos con ganas de nuestras cosas, algo que parecía ofender a las enfermeras, convinimos que estábamos hasta los mismísimos del estruendo atronador que entraba por la ventana y del folklore hecho espectáculo de riguroso pago. Se las ingenian para que, si no pagas, no puedas ver nada. Y un día te cansas, del folklore de tu casa… y de la ajena. Hay que poner demasiado entusiasmo o ser del gremio. En la fiesta loca o estás dentro, o abstente. Claro que si te gusta estar sentado horas y más horas como un pasmarote, bebiendo una cerveza detrás de otra, no tengo nada que decir. Por cierto, no tengo la seguridad de que hoy sea el llamado Domingo de Tentación… no tengo la seguridad de nada. Eso sí, hemos visto dos camiones repletos de gente muy adulta pintarrajeada de azul, como pitufos, iban de cara a las montañas, muy farreados, de ayer y de hoy. Interminables carnavales bolivianos.

Bueno, estábamos en los mercados. Me gustan más los de Cochabamba que los de La Paz. Los de Cocha  empiezan, callejeros, alrededor del 25 de Octubre, en el centro (ya volveremos porque dicen que dan el mejor fricasé de Bolivia en unos comedores que parecen nichos de camposanto) y acaban en el zoco colosal de La Cancha y la antigua estación de ferrocarril. Mucho colorido, mucha bulla, mucho venteo de mercaderías y mucho apreciar la mejor puesta al tacto, donde dejan. Vendedoras de fruta, de verduras, de quesillos, de carbón vegetal para parrilladas, vísceras, pastas, zapateros al paso: “¡Los domingos no se trabaja!”, grita uno, “¡Pero se vende!”, le replica otro… Hay que dejar los escrúpulos en casa. Y eso que no todo es venta a pie de tubo de escape. Me he acordado de algo que decía una de mis abuelas: que los hombres no teníamos que ir a los mercados: “¡Os engañan, parecéis tontos!” Es posible. Regatear con una casera boliviana tiene su miga. Imbatibles, carajo, llevas todas las de perder. Los gitanos son más accesibles. Y aquí se precia y regatea mucho. Además, lo quieras o no, compras más de lo que necesitas y puedes razonablemente consumir. Los ojos te traicionan y más el saber que estás de paso, muy de paso.

El Triunvirato y las guarrindongadas

Esta entrada se la dedico a carcajadas a esa especie de ángel de la guarda de los fogones que es David de Jorge, en recuerdo paceño ya de sus guarrindongadas.

Ramón Rocha Monroy es aficionado a la gastrosofía (ha escrito mucho y bien sobre la cuestión) y a las sesiones suicidas de campo a base de platillos que dan en patios y boliches curiosos o a trasmano. Todavía tengo fresca una sopa de hígado que nos dieron en casa del campeón de pelota vasca de Bolivia el día que fuimos a visitar el cementerio israelita.

Esta mañana, antes de salir para La Paz, le tocó el turno al Triunvirato, un boliche paredaño a mi alojamiento en el que nunca había entrado. El cancerbero es un paralítico de pocas pulgas. Un comedero a la sombra y muchos exvotos e imágenes religiosas por las paredes deseando paz y amor, junto a una carta escueta y contundente. Cuando hemos llegado eran poco más de las once de la mañana, pero enseguida se han ido llenando las mesas de compadres y familias silenciosas con evidentes signos de haber chupado ayer domingo de lo lindo. Un silencio de reposo y calma. La sopa de la casa, el Triunvirato, tiene fama de ser milagrosa contra las uvas sordas.  Una leyenda urbana porque el plato es explosivo acompañado además de una llajua de locoto verde que, como decía Ciro Bayo, es un auténtico botafuego. Vida sana. Cada cual tiene los amigos que tiene y mi lazarillo cochabambino es un Tragantúa a quien saludan con cariño y alborozo en todos los boliches a los que vamos: “¡Ay, se nos perdió don Ramoncito!”, y le enseñan las fotos de los hijos y los nietos, que lo mismo pueden estudiar para ingenieros petroleros.

Pongamos sus componentes, más que nada por curiosidad científica: pulpito (también llamado cagalera), libro (ranga) y riñón troceado, y como he dicho la llajua verde  Tal vez no levante a los muertos, pero deja a los vivos en un ay. Me he acordado por fuerza de uno de los platos rumanos que más me gustaron: la ciorba de burta que al lado de este triunvirato es algo digno del Fauchon de la Madeleine. ¿De verdad que el secreto del viaje es no hacerle ascos a nada?