El arco de la suerte

Al bajar de La Ceja, camino del barranco de Uta Pulpera, el de los suicidas, pasamos por el Arco de Suerte… o de la Muerte, porque no se sabe si pasar por debajo de ese tronco de eucalipto trae buena o mala suerte. Que la tientas y la zarandeas eso seguro, en opinión de mi Caronte paceño (por decir algo) que me lazarea por rincones asombrosos de esta ciudad que no acabaré de conocer nunca. Luego lo que pase depende de eso de la suerte. Para el delincuente a quien atrapen es un aviso.

Callejero con lluvia.

Enigmas callejeros: o se trata de una celebración esotérico orientalista o un signo más del coloniaje económico efectivo del oriente asiático sobre Latinoamérica.

Ayer llovió mucho, carajo que si llovió. Es la temporada. Había quedado a almorzar con un amigo poeta, Ricardo García Camacho, cerca del Estadio Nacional, en un lugar que, bajo la lluvia, lucía desangelado y más favorable al resfrío que a otra cosa. Le estuve esperando un buen rato junto a un nutrido grupo de cambistas: “Dólares, dólares, euros…». Lo segundo lo decían con menos entusiasmo.

Frío o no frío, la conversación fue animada, me dio noticia de un dandi boliviano de los años veinte, Alberto de Villegas, autor de Mala-bar, que murió joven en la guerra del Chaco, y al margen de cominerías literarias que no tienen interés alguno, conversamos sobre la composición del nuevo gobierno, sus trastiendas novelescas (gente de armas tomar alguna de las ministras); su deriva neoliberal, el que haya cedido a ciertos cambios ministeriales por presiones de instituciones donde se va la larga mano del Goni, Sánchez de Lozada, el multimillonario minero al que tiraron de la presidencia de la República; la defensa nacionalista de la hoja de coca por parte de Evo que beneficia a los narcotraficantes que poco a poco van ocupando un lugar más importante en la economía boliviana, relacionado con el contrabando, tanto con Chile como con Brasil; de lo ridícula que resulta la derecha esgrimiendo argumentos ecologistas cuando de la ecología han hecho siempre burla, aquí y allá… tanto bulla revolucionaria para esto, decía el otro día un opinador. Pues sí, eso va pareciendo, pero dinero hay, pese a las brutales diferencias salariales, y salta a la vista que se hacen negocios, y que hay una clase media chola que crece de manera imparable. Los negociantes son poco amigos de revoluciones.

A propósito de narcotráfico. El otro día un columnista de prensa me decía que el poder del narcotráfico actual es que se ha democratizado. Antes los narcotraficantes eran unos pocos, dueños de laboratorios exclusivos, ahora monta laboratorios todo el que quiere, en bañeras caseras o en viejos aljibes. Los pequeños fabricantes están por todas parte: la cadena de mercado es enorme, compleja, difícilmente desmontable en la práctica, por mucha DEA que vuelva a haber de por medio. Al revés, decir DEA es decir abusos, según he podido leer estos días en las memorias inéditas de un detenido y extraditado con pruebas y testimonios falsos: de película.

Llovía, ya digo, mucho y en opinión del autor de los corrosivos versos de Debajo de otro te he visto, La Paz es una ciudad que se va a la mierda corroída por más de treinta riachuelos subterráneos. De hecho esta mañana ya se hablaba de nuevos corrimientos de tierra, como el que el año pasado se llevó al abismo un barrio casi entero, cementerio incluido. La municipalidad pinta en las calles una rayas de peligro. Por la noche los vecinos las borran y las cambian por la de habitabilidad. Al borde del precipicio.