Ayer noche estuve en el Bocaisapo, el antro de referencia de la bohemia paceña (dicen). Estaba lleno a rebosar, mucho humo, velas y todos apiñados en mesas corridas mientras sonaban las viejas canciones de Sabina, pero nadie les prestaba atención. Me sentí fuera de lugar con un refresco al alcance de la mano. Hubo algo de versos o de teatro o de las dos cosas. No se sabía muy bien, aunque la parroquia puso una atención religiosa. También había algún que otro gringo en cuya guía de viaje aparecerá el Bocaisapo. Nunca he podido sacar una buena fotografía del mural pintado por Diego Morales. Igual es que no he puesto verdadero interés.
Conozco a algunos de los figurantes de esa comparsa de la sombría bohemia paceña, algo que ya fue, mucho mito para poca cosa: el Quino en primer término, poeta y casi diría que muftí de las letras paceñas, con atuendo de morenada y copa en mano; Edgar Arandia, director del Museo Nacional de Arte, buen escritor y mejor pintor; Adolfo Cárdenas, el autor de esa estupenda novela que es Periférica Bdl; el difunto e infaltable Víctor Hugo Vizcarra, maestro del gorroneo bravo, ineludible referencia de esas noches que se resumen en tragos incesantes y que acaban gastadas en no dormir…. y todos envueltos en una lluvia festiva de hojas de coca que se pijkaba que era un gusto, entre un ejército de botellas de cerveza y tragos venenosos… Hace tiempo que perdí el gusto de la noche y no precisamente porque supiera de cómo la pasión de la noche se convierte en la noche de la pasión (Antoine Blondin). Además, ese barrio no me gusta, por muy colonial que sea, me trae malos. Las proposiciones al paso de los cafisios de los burdeles de la vecina calle Pichincha son graznidos de mal agüero: las auténticas “puertas de la noche” que jamás verás abiertas a la luz del día. Ahí puedes perder la vida sin darte cuenta.


















