Hoy hice algo que tenía pensado hacer desde hace tiempo, por curiosidad y hasta por necesidad del guión. Fui a que un yatiri me leyera la suerte con la hoja de coca. He pasado cientos de veces por esa esquina en la que todos los días hay una cola nutrida para consultar las cuestiones de la vida diaria, y alguna vez he publicado fotografías. Ese yatiri, Don Nicasio, es famoso en el centro de La Paz. Creo que repetiré la experiencia dentro de unas semanas en otro lugar y compañía de una amiga escocesa, Valerie Mealla, con la que me encontré el otro día en la calle y me alegró la mañana (al margen de que se dedique a un trabajo de esos que pocos escogen: los ancianos desvalidos y abandonados). Pero bueno, hoy estamos con don Nicasio, yatiri, en su rincón del callejón Jiménez. La verdad es que el hombre tiene empaque con su bolo colosal de coca en la boca, sus sortijas de oro y pedrerías fules, su cigarrito al que entre augurio y augurio le pega algunas caladas (¿A ver si va a ser como los farias de Andoni Egaña, admirado amigo, tipazo, en la distancia?), su terno, su sombrero y ese tic nervioso de los pies de tobillos hinchados, sentado sobre un cuero de oveja de pelo largo.
Me ha preguntado nombre y apellidos, míos y de mi esposa, y dónde vivimos. Sobre el aguayo siete monedas de plata norteamericanas muy sobadas y dos crucifijos, uno de cobre y otro más antiguo de plata. Primero ha challado a la Pachamama con unos tiros de alcohol Guabira y luego ha cogido un puñado de hojas de coca, ha salmodiado algo en quechua haciendo unos pases delante de su boca, como si se santiguara, y ha arrojado la coca al aire. Las hojas han caído como atraídas por las monedas, como si cada una de ellas supiera a donde iba… Y ahí ha comenzado una historia privada. Solo me preguntaba el nombre y el apellido, nada más. Me habló de mala salud, y no solo mía, pero con asombrosas circunstancias concretas ( supongo que a cierta edad nuestras nadas poco difieren y nuestras miserias comunes son el engrudo de nuestra fraternidad) y sobre todo me habló de problemas laborales y de mala suerte y de pintorescas “inbidias”, y de que perdiera cuidado, que no iba a viajar más. “¿A Bolivia tampoco?”, le he preguntado. Me ha mirado de una manera rara y ha negado con la cabeza. “Estás comido por la tristeza”, es lo último que me ha dicho antes de recomendarme ofrecer una mesa blanca a la Pachamama para recuperar la suerte. Veremos.
Mesa blanca para intentar recuperar la suerte y conjurar errores. Veremos si me decido a darle fuego, añadiéndole doce cigarrillos fuertes (los que fuma el ekeko), alcohol Guabira (un artillero) y dos hojitas de hoja de coca por cada deseo que se formule… me he acordado mucho de Javier Armentia.
