Léo Malet

maletDESCONOCIDO o casi entre nosotros hasta hace nada, hasta que Luis Miguel Solano ha empezado a editarlo en El Asteroide, el escritor Léo Malet, del que hablé hace casi un año en este mismo lugar a propósito de su novela Niebla en el puente de Tolbiac, llevó un vida intensa, dura y a ratos apaleada: bouquiniste, vendedor callejero de periódicos, chansonnier, anarquista, artista plástico ligado al surrealismo, escritor de novelas policíacas con y sin seudónimo… y figurante cinematográfico. Aquí aparece con gafas y pipa en una película mítica El muelle de las brumas, caminando por las calles de Le Havre reconstituido en estudio, gracias a los buenos oficios del guionista de la película, su amigo el poeta Jacques Prévert. El fotograma no es muy bueno, pero tal vez les guste a los lectores de Malet a la espera de dar con otro mejor. Malet decía que cuando le preguntaban qué puñetas pintaba en esa película, decía: “Doblaba a Michèle Morgan”. También contará que cuando asistió al rodaje de la película que hicieron con 120, rue de la gare lo quisieron echar de los estudios Sirius porque creyeron que iba a pedir trabajo.

Ahora El Asteroide acaba de publicar 120, rue de la gare (1943), que todavía no he visto en su traducción al castellano. Esa primera novela de la serie de Nestor Burma -Dynamite Burma-, cuya primera versión se titulaba L’Homme qui mourut au Stalag, fue escrita durante la Ocupación y refleja bien su atmósfera, las calles solitarias, el paso furtivo de la gente, el paso raudo de los coches de la Gestapo, el silbido de los trenes y el de las detonaciones, las sirenas, la oscuridad del toque de queda… Lo cuenta muy bien en ese libro de la memoria que es La vache enragée… titulo de cabaret, de revista literaria y la expresión que nombra el clima que gobernó buena parte de su vida: si no la pobreza, sí el agua al cuello.

Léo Malet, Le quai des brumes, en youtube, gracias a la colaboración de Javier Eder.

Léo Malet, entrevista, en youtube, gracias a la colaboración de Javier L.

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DE LOS DÍAS AUSTRALES (1)

EL correo amistoso de un chileno barojiano me ha hecho recordar los días de Chiloé de hace siete años. Fueron días bajo la lluvia otoñal. En las calles de Castro olía a manzanas y a chicha, y a humo de alerce, el que curvaban en los astilleros de pequeños pesqueros tumbados en el cieno de la bajamar.

Llovía, mucho, tanto en Castro como en Dalcahue, en cuyo mercado compré una botella de licor de oro que se quedó rodando por Valparaíso, pero cuando salía el sol los colores de las cosas resaltaban limpios, claros. Un huaso en la lluvia, un pocho rojo y negro, estribos de madera historiados, y los cascos del caballo en el asfalto junto a las casas palafíticas, las enormes madejas de lana colgando de la techumbre del mercado, los ladridos de los perros, los microbuses atestados de campesinos de un mercado a otro, el san Antonio milagrero de Dancahue, el templo masónico, las casas de colores abigarrados, los tejados cubiertos de musgo en Curaco de Vélez, la soledad de las calles de Achao, el velero que dormía en el fondo de un comercio de abarrotes, el bramido del viento nocturno… Era hermoso, a pesar de todo, a pesar de la lluvia.
Chiloé es la patria de un tipo grande, Pancho Coloane, que dedicó páginas hermosas a los buscadores de oro de Tierra de Fuego, a los marinos, a los leñadores, a los jinetes de las lejanías (y habló del discutido Iulius Popper el bucarestino buscador de oro de Tierra de Fuego) y al Caleuche, el barco fantasma.
Luego he recordado que Blaise Cendrars sitúa en Chiloé algunos capítulos de su novela Le plan de l’Aiguille, publicada en españa por Dédalo en 1931: El Plan de la Aguja.
Cendrars dice que Chiloé era el paraíso de los balleneros: fandango, putas -chilenas a origen, luego vascas y patagonas- y bares donde beber sin freno y jugarse los jornales. Cendrars describe una tierra en la que nunca estuvo y un bar curioso animado por una sinfonola con una orquesta autómata de gatos disecados: un objeto asombroso. Cendrars, según dice su amigo T’Serstevens en L’Homme que fut Blaise Cendrars, estuvo en países que no le vieron jamás. Poco importa la inexactitud de los bosques descritos, importa la fascinación ejercida en sus lectores, los sueños que provocó en estos, el que a alguno lo echara a los caminos, cuando Ancud, Chiloé, no eran destinos turísticos y nadie se jactaba de poner hielo de témpano en su whisky como culmen de su navegación por los canales magallánicos.