COSAS

NADA más difícil que escribir para seducir lectores. Lo fácil es hacerlo para halagar los oídos de una clientela, de un bando, de una tribu, ya escribas de las cosas del tiempo o de ese viaje alrededor de tu cuarto del que no se regresa.

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PREPARAR UNA FIESTA

LO bueno que tiene para mí Bolivia es que a estas alturas raro es el día en que no hay algo que me recuerde un episodio vivido allí o me llegue la voz o la noticia de un amigo. No siempre son alegres, pero hoy me vino el recuerdo una fiesta en casa de Elena Ferrufino-Coqueugniot, una de las hermanas del estrepitoso autor de este glorioso artículo, con Chino, Julio…

PREPARAR UNA FIESTA

Quince años de matrimonio y jamás conocí a los parientes de mi mujer. El tiempo se desgajó, tan lento que fue muy rápido, y así murieron mis suegros, mi madre, y permanecí inamovible en la cueva de una ignota ciudad de pradera, en Colorado, rodeado de máscaras africanas, punu, chokwe, ibo, y awayos quechua-aymaras. De a ratos escapé, a Bolivia muchas veces, donde la vejez de la sangre conminaba -dulcemente- a no intentar otros rumbos; a la isla de Cuba, Panamá, México, Venezuela, siempre eludiendo Brasil, o Brasil eludiéndome a mí, desde mi juventud, cuando efímeras eran las putas negras de la Rua Mauá. Entonces el inmenso país me dejó tres cosas: una pelota de fútbol de salón, un disco de Queen, y otro de Neil Young & Crazy Horse, mísero botín que no incluía samba, o MPB, Chico, Caetano, Monteiro Lobato o Zélia Gattai. Ser joven… Una copa de cabernet, a medias, me acompaña a la mesa. Extraña hermandad que hice entre el vino y una variante de nuestro chicharrón criollo, que salió muy bien, a qué mentir. Dos días de descanso, dos noches que duermo, cine y lecturas, Noruega y Serbia, las hijas universitarias comienzan a palpar el camino de sus sueños, la esposa dormita luego de agotadora jornada. Media copa de cabernet, lejos del alcance de mi mano, enfrascada en las teclas en esta afición de escribir. La montaña no se movió. Tal vez porque la montaña está vieja, se enraíza con facilidad en cualquier espacio de polvo, en el Gobi o el Amazonas, con fruición. Dejé hace mucho al hombre primitivo. Me hice sedentario, quiero sembrar y cosechar, ver pasar veranos e inviernos desde la misma ventana, la misma penumbra, pero con panoramas mentales tan distintos de época a época que la vida se divide ya en conocimiento y nostalgia, aprender y recordar. Me he rodeado de libros, envuelto en expresiones de todos los pueblos, en libros, cerámicas, canastas, máscaras, tejidos, fotografías, muñecos, especias, verduras, pinturas, que llenan hoy el espacio de mis andanzas. Tal vez tenga, como Karl May, que echarme a caminar a través de mi cuarto como si atravesara el Hindu Kush, o me lanzara por los inagotables ríos de la duda. Lo hizo Javier de Maistre en la cárcel, en un libro que mi madre adoraba, Viaje alrededor de mi cuarto. Como nota, ya que de cárceles y obras hablamos, leí los viajes de Marco Polo, en una mañana y una oscuridad, aunque la luz, blanca de día y roja de noche, de la celda estaba siempre encendida, en la prisión de Leadville, pueblo platero de sierra, de pistoleros y gamblers, por donde pasó Oscar Wilde y yo tuve un restaurante, el New West Café. Wilde daba lecturas por los Estados Unidos, y Leadville entonces era villa rica. Bautizaron una bocamina, en su honor, y todavía sigue -abandonada- allí. “The Oscar”, la llamaron, en las bromas de la historia que unen al dulce poeta con el trabajo brutal del minero; pluma y tiznados hombros sudorosos. Entonces se mataba en el oeste. La vida no valía nada, igual que camino de Guanajuato, y, de visita al Saloon, Wilde recordaría un cartel colocado encima del piano que rezaba: “Se ruega no disparar al pianista. Hace lo mejor que puede”. Volvamos a mi esposa brasilera y a la inválida vergüenza mía de no conocer a su familia. Soy hábil en pretextos y evito decir que lo que tuve de aventurero ha cedido a la confortabilidad de idear la India en lecturas, a pesar que mi cuñado, ingeniero canadiense en Bhopal, sugiere que lo visite para contemplar los últimos leones de Asia en la reserva de Gir, antes de exterminarlos el hombre. ¿Estático? No iría tan lejos porque conservo una dinámica versátil y ubicua en cuanto a la cultura. Viajar ya no me apasiona. Digo, a pesar de saber que si pongo los pies en tierra ajena no cesarán de moverse. Vuelvo a la esposa paulista y su familia. Luego de quince años una sobrina suya y su esposo vienen a Aurora a vernos. Nos gusta recibir amigos, mixtura de nacionalidades, música, comida, lenguaje. De cuando en cuando hacemos recepciones que preparamos con Ligia hasta el último detalle, con anticipación. Ella lleva anotaciones respecto al número de invitados y cómo los distribuiremos en el reducido espacio de nuestro apartamento. A mi cargo el menú y las bebidas. Hemos tenido ucranianos, judíos, bielorrusos, filipinos, entre los más lejanos, y esta vez, aparte de la familia brasilera, gente de Irlanda, México, El Salvador, Colombia, Bolivia, al menos. Lo usual es cerveza, en distintas variedades y colores; ron, que prefiero, guatemalteco o nica, aunque me inclinaría por uno de la isla Anguila que probé en casa de Frank, con un dejo deliciosamente dulzón. Cachaça, mezclada con hielo, jugo de guayaba y leche evaporada en un fantástico trago de mi invención. Scotch, bourbon o whisky malteado para quien prefiera. Algo de gin si alguien se anima. Tequila para los jaliscienses y pisco por si acaso. Creo que de trago basta y sobra. Añadiré un vodka para mi hermana, con jugo de arándano que juntos hacen el Cape Cod. La cocina es un arte mayor. No tiene que envidiar la acuarela ni la magia de los cuentos. Hay profusión de culinaria en la televisión de hoy, por lo general asociada con malabar al viaje. Anthony Bourdain, el chef nuyorkino, es un ejemplo, y las contiendas chinas de Iron Chef apasionan. En lo personal me gusta tener la carta bien en avance, con detalle de cantidades y elementos. Discernir entre culantro y perejil, entre perejil chino e italiano, si mejorana sobre lomo y romero en el pollo ¿O curry? ¿Amarillo o colorado? Se decidió ya el menú para la llegada de los sobrinos. Dos carnes al horno: res al estilo galo… tajos rellenos de tomate, jamón y queso suizo. Puerco cochabambino, adobado con limón, perejil, pimiento verde, mostaza y zanahoria rallada. Pollo enchilado mexicano, con chile de árbol. Un quiche de maíz blanco y cebolla, a la mozzarella, y otro de atún (ajonjolí, salsa soya, mayonesa), carotes cortados. Cubierto de queso asiago. Arroz Ferragutti, salsa Emily y ensaladas. Cocinar es escribir.

RAÚL LARA TORREZ, EN EL RECUERDO









ESTABA de Dios que no iba a poder estar sin asomarme a esta escena hasta la fecha que indiqué hace días.

Hay cosas que no admiten aplazamiento. Ayer noche, me enteré del fallecimiento del pintor boliviano Raúl Lara Torrez, un hombre de bien, al margen de un gran artista. Tuve la suerte de conocerlo en Cochabamba, hace dos años, en su hermosa casa de Tikipaya.

Me enteré gracias a que su autor, Ramón Rocha Monroy, me envió este Encomio, desde Cochabamba, a la vista del Tunari.

Encomio de Raúl Lara y Lidia Caiguara

El miércoles 24 de agosto, las cenizas del pintor boliviano Raúl Lara Torrez fueron esparcidas en la cumbre del Tunari, a 4.300 metros de altitud, cerca de un hermoso espejo de agua. Fue recibido por el cielo límpido de los Andes, por la cumbre nevada y por el vuelo de los cóndores. La ceremonia se inició con una k’oa, para pedir permiso a la Pachamama, y un acullico en el cual participaron José y Petra Ramírez, Rafael Puente y su compañera; la esposa, el hermano, los hijos, el sobrino del artista, y otros buenos amigos. Uno se pregunta por qué Raúl decidió que sus cenizas se esparcieran en la cumbre del Tunari y no en las pampas de Oruro, que tanto amó y retrató en sus lienzos, pero él tenía desde 1996 la imagen del nevado que vela el valle cochabambino frente a su taller en Tiquipaya, y quizá decidió estar cerca de Lidia, su esposa, y de Ernesto y Fidel, sus hijos aun más allá de la muerte. Lidia Marta Caiguara Alemán nació en Jujuy y allí conoció a Raúl Lara Torrez hace 41 años. “Me dio sus mejores años y siempre vivimos juntos, lo acompañé hasta el último momento. Estamos en paz”, dice Lidia al recordar que se casaron primero en Jujuy, el 9 de abril de 1976, y luego en Bolivia, una vez restablecida la democracia tras el golpe de García Meza. Se nacionalizó en Bolivia y tiene dos hijos, el primero, Ernesto (35), también nacido en Jujuy, y el segundo, Fidel (27). La familia festejó 35 años de matrimonio antes de viajar a Cuba, donde el pintor boliviano se sometería a un tratamiento. “Me lo quitó Dios, pero me amó y yo lo voy a amar siempre”, dice Lidia. Cuando le detectaron un cáncer, comenzó el peregrinaje por su salud, que lo llevó a Cuba. La Embajada en La Paz colaboró en su traslado y el tratamiento en la Isla no le costó nada, no cobraron un peso. Lidia recuerda con particular gratitud a Rafael e Irene, médicos de la Brigada Cubana que tiene su consultorio a 7 cuadras de su domicilio. Cuando llegaron de Cuba, Raúl necesitaba una inyección urgente y Lidia se dirigió de inmediato a la Brigada. Desde entonces, cinco médicos cubanos visitaron al enfermo y no lo abandonaron más, a cualquier hora, mañana y tarde. “Al margen de la posición política, me interesa la calidad humana y el desinterés de estos médicos. Es algo que voy a divulgar toda la vida”, recuerda Lidia, que tiene también palabras de gratitud para José Ramírez Voltaire, médico y vecino del artista. “Raúl fue un revolucionario como pintor, porque vivió la política sin estridencias. Le daba más importancia al trato humano, a cómo actúas en la vida frente a tus semejantes”, valora Lidia. Era uno de los once hijos e hijas de Estanislao Lara y Berta Torres: Augusto, Gustavo, Walter, Blanca, Roberto, Jaime, Judith, Raúl, Ramiro, Néstor y José Antonio. El padre era perforista de interior mina. Catorce años vivieron los hermanos Lara en Jujuy y varios de ellos son artistas plásticos. Gustavo, fue el mentor de Raúl y de los otros hermanos artistas. “Raúl comenzó su carrera plástica a los 11 años y nunca más dejó el pincel y el lápiz, tal como se puede apreciar en la Muestra Retrospectiva que se presenta en el Palacio de Portales. Inició sus estudios bajo la guía de su hermano Gustavo, que le llevaba 9 años. Luego viajó a Jujuy, donde nos conocimos, y siguió estudiando en Buenos Aires. La dictadura militar torturó a su hermano Jaime Rafael Lara y lo hizo desaparecer. Esto acentuó la vocación política y social de Raúl, de su hermano Gustavo y de toda la familia”, agrega Lidia. “Nuestros hijos se llaman Ernesto y Fidel por razones evidentes. Raúl dijo sus últimas palabras el día jueves 18 de agosto. Había llegado Gustavo, y cuando entró a verlo, Raúl levantó el puño izquierdo y le dijo: “Gustavo, hasta la victoria siempre”. Con eso ratificaba el pintor su devoción por el movimiento popular, por la justicia social y por la cultura indígena y mestiza, que fue protagonista constante en sus lienzos. Alguna vez me impresionó la fidelidad y la constancia de Raúl Lara al imaginario orureño, puesto que vivía desde 1996 en el valle ameno de Tiquipaya, pero dejó al menos dos lienzos que testimonian su amor por Cochabamba: en uno de ellos se ve el Tunari y los árboles vallunos, y en el otro, a Vincent Van Gogh disfrutando de la campiña y cascándole una tutuma de chicha. Raúl Lara Torrez partió hacia las nevadas alturas de los Andes a las 6:45 del lunes 22 de agosto de 2011.


EL OLOR DEL DINERO

C’est rue de la Crique que j’ai fait mes classes
Au Havre dans un star tenu par Chloé
C’est à Tampico au fond d’une impasse
J’ai trouvé un sens à ma destinée
On dit que l’argent c’est bien inodore
Le Pétrole est là pour vous démentir
Car à Tampico quand ça s’évapore
Le passé revient qui vous fait vomir
Pierre Mac Orlan en la voz de Germaine Montero

TULPAN

LOS que no pisamos las salas de cine, acabamos viendo cosas tirando a pintorescas. Hoy le tocó a Tulpan, película de Kazajistán, de la que alaban su atenticidad, ya que trata de la vida de los pastores kazajos, asunto tan arrebatador en el fondo como cualquier otro, con muchas nubes de polvo, un ruido atronador del viento de la estepa y los tornados omnipresentes.
Pero tiene escenas hermosas, como esa en la que el muchacho que ha regresado a la estepa inmensa, después de haber hecho el servicio militar en la marina y de haber visto un pulpo gigante, e intenta seducir a la que quiere que sea la mujer de su vida mostrándole su sueño:
“¿Quiéres ver mi sueño? ¡Mira! Hay una tradición… cada marinero dibuja su sueño en el cuello… Este es mi sueño… Mi sueño es construir un trocito de paraíso como este bajo las estrellas de la estepa kazaja…” ¿Quieres ver mi sueño? Mi sueño es construir…

DISTURBIOS EN TOTTENHAM

LO que cuenta es lo impactantes que pueden resultar las imágenes de los incendios y destrozos (actos de vandalismo) de Tottenhman, Londres, muy poco o nada los motivos más o menos cercanos que han echado a la calle a miles de personas enfurecidas. Lo primero tiene un arreglo más o menos fácil, más policía, lo segundo -xenofobia, prejuicios raciales, arbitrariedades autoritarias- no o muy poco, va a ser el cuento de nunca acabar.

INDIGNADOS VERSUS PRIVILEGIADOS

MIENTRAS los indignados ocupan las calles o al menos lo intentan porque se ha levantado la veda de su caza, los dueños de la policía que no sirve, ni de lejos, a todos los ciudadanos porque no está pensada para eso, se aprestan a hacerse con las actas de diputado que les asegurarán una vida cómoda y privilegiada para el resto de su vida, ajenos a que las protestas les conciernen porque les señalan directamente.
Ha llegado el momento d eimpedir las protestas, de juzgar toda protesta violenta, ilegal, de dejar el diálogo amañado para mejor ocasión: que hablen las porras y los porristas.
Los privilegiados no quieren protestas ni violentas ni mucho menos pacíficas, y menos ahora que se aprestan a afianzarse en el en su pingüe negocio reservado a una elite y a los muchos deudos que desde la administración, el parasitismo burocrático y académico, o los medios de comunicación les rinden fiel vasallaje.
Es imposible no sentir derrotismo y la tentación de tirar la toalla y dejarlo correr. si no me hubiese enterado de que mi amigo Gregorio Iriarte, octogenario lúcido y luminoso, una de las cabezas claras que tiene Bolivia, un tipazo, estuvo en esa marcha, admirado del empuje de la gente joven y menos joven que se había echado a la calle para reclamar otra forma de hacer política y de lo pacífico de su protesta.
Me pregunto qué mueve a alguien tan baqueteado ya por tantas luchas en las que se ha jugado literalmente la vida por los demás y que ha tendido más veces su mano de las que los demás podremos hacerlo en la vida, le lleva a sumarse anónimo, pequeño, triste y solitario (esto lo sé porque me lo ha dicho y siento romper aqui una discreción no por no pedida menos debida).
La imagen es hermosa, al menos para mí. Refleja
Hay gente, ilusa, que cree que el cambio es todavía posible, que puede gracasar o se decpecionate, qie no tira la toalal, que la verdaera muerte es desertar.
A la calle que ya es hora y