RAÚL LARA TORREZ, EN EL RECUERDO









ESTABA de Dios que no iba a poder estar sin asomarme a esta escena hasta la fecha que indiqué hace días.

Hay cosas que no admiten aplazamiento. Ayer noche, me enteré del fallecimiento del pintor boliviano Raúl Lara Torrez, un hombre de bien, al margen de un gran artista. Tuve la suerte de conocerlo en Cochabamba, hace dos años, en su hermosa casa de Tikipaya.

Me enteré gracias a que su autor, Ramón Rocha Monroy, me envió este Encomio, desde Cochabamba, a la vista del Tunari.

Encomio de Raúl Lara y Lidia Caiguara

El miércoles 24 de agosto, las cenizas del pintor boliviano Raúl Lara Torrez fueron esparcidas en la cumbre del Tunari, a 4.300 metros de altitud, cerca de un hermoso espejo de agua. Fue recibido por el cielo límpido de los Andes, por la cumbre nevada y por el vuelo de los cóndores. La ceremonia se inició con una k’oa, para pedir permiso a la Pachamama, y un acullico en el cual participaron José y Petra Ramírez, Rafael Puente y su compañera; la esposa, el hermano, los hijos, el sobrino del artista, y otros buenos amigos. Uno se pregunta por qué Raúl decidió que sus cenizas se esparcieran en la cumbre del Tunari y no en las pampas de Oruro, que tanto amó y retrató en sus lienzos, pero él tenía desde 1996 la imagen del nevado que vela el valle cochabambino frente a su taller en Tiquipaya, y quizá decidió estar cerca de Lidia, su esposa, y de Ernesto y Fidel, sus hijos aun más allá de la muerte. Lidia Marta Caiguara Alemán nació en Jujuy y allí conoció a Raúl Lara Torrez hace 41 años. “Me dio sus mejores años y siempre vivimos juntos, lo acompañé hasta el último momento. Estamos en paz”, dice Lidia al recordar que se casaron primero en Jujuy, el 9 de abril de 1976, y luego en Bolivia, una vez restablecida la democracia tras el golpe de García Meza. Se nacionalizó en Bolivia y tiene dos hijos, el primero, Ernesto (35), también nacido en Jujuy, y el segundo, Fidel (27). La familia festejó 35 años de matrimonio antes de viajar a Cuba, donde el pintor boliviano se sometería a un tratamiento. “Me lo quitó Dios, pero me amó y yo lo voy a amar siempre”, dice Lidia. Cuando le detectaron un cáncer, comenzó el peregrinaje por su salud, que lo llevó a Cuba. La Embajada en La Paz colaboró en su traslado y el tratamiento en la Isla no le costó nada, no cobraron un peso. Lidia recuerda con particular gratitud a Rafael e Irene, médicos de la Brigada Cubana que tiene su consultorio a 7 cuadras de su domicilio. Cuando llegaron de Cuba, Raúl necesitaba una inyección urgente y Lidia se dirigió de inmediato a la Brigada. Desde entonces, cinco médicos cubanos visitaron al enfermo y no lo abandonaron más, a cualquier hora, mañana y tarde. “Al margen de la posición política, me interesa la calidad humana y el desinterés de estos médicos. Es algo que voy a divulgar toda la vida”, recuerda Lidia, que tiene también palabras de gratitud para José Ramírez Voltaire, médico y vecino del artista. “Raúl fue un revolucionario como pintor, porque vivió la política sin estridencias. Le daba más importancia al trato humano, a cómo actúas en la vida frente a tus semejantes”, valora Lidia. Era uno de los once hijos e hijas de Estanislao Lara y Berta Torres: Augusto, Gustavo, Walter, Blanca, Roberto, Jaime, Judith, Raúl, Ramiro, Néstor y José Antonio. El padre era perforista de interior mina. Catorce años vivieron los hermanos Lara en Jujuy y varios de ellos son artistas plásticos. Gustavo, fue el mentor de Raúl y de los otros hermanos artistas. “Raúl comenzó su carrera plástica a los 11 años y nunca más dejó el pincel y el lápiz, tal como se puede apreciar en la Muestra Retrospectiva que se presenta en el Palacio de Portales. Inició sus estudios bajo la guía de su hermano Gustavo, que le llevaba 9 años. Luego viajó a Jujuy, donde nos conocimos, y siguió estudiando en Buenos Aires. La dictadura militar torturó a su hermano Jaime Rafael Lara y lo hizo desaparecer. Esto acentuó la vocación política y social de Raúl, de su hermano Gustavo y de toda la familia”, agrega Lidia. “Nuestros hijos se llaman Ernesto y Fidel por razones evidentes. Raúl dijo sus últimas palabras el día jueves 18 de agosto. Había llegado Gustavo, y cuando entró a verlo, Raúl levantó el puño izquierdo y le dijo: “Gustavo, hasta la victoria siempre”. Con eso ratificaba el pintor su devoción por el movimiento popular, por la justicia social y por la cultura indígena y mestiza, que fue protagonista constante en sus lienzos. Alguna vez me impresionó la fidelidad y la constancia de Raúl Lara al imaginario orureño, puesto que vivía desde 1996 en el valle ameno de Tiquipaya, pero dejó al menos dos lienzos que testimonian su amor por Cochabamba: en uno de ellos se ve el Tunari y los árboles vallunos, y en el otro, a Vincent Van Gogh disfrutando de la campiña y cascándole una tutuma de chicha. Raúl Lara Torrez partió hacia las nevadas alturas de los Andes a las 6:45 del lunes 22 de agosto de 2011.


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