El botín

Al poco de empezar la Guerra Civil y el Escarmiento, empezó el botín, todo lo de guerra que se quiera, pero botín, auténtico pillaje: el despojo de las familias de los asesinados, la expulsión de los pueblos en los que vivían, el vacíe de los bolsillos de los detenidos (“P’a lo que te va servir”), los robos descarados en los registros practicados, las panaderías que cambiaban de dueño, como la del Centro Obrero de Pamplona que fue a parar, leña incluida, a manos de Sebastián Taberna, un bar de San Sebastián entregado a un aguerrido miembro de la partida de Barandalla, el gerifalte de la Barranca, camiones que iban a Tolosa “conquistada”, cuatro, con víveres, y regresaban, tres, cargados de objetos incautados, curas y frailes que solicitaban por escrito (hermosa prosa, hermosa) que les dieran algo del botín incautado para el convento; Lipuzcoa que pide le den la pipa que le ha cogido al judío presunto asesino de Mola de seguido fusilado; coches cuyos propietarios “han desaparecido”, ganado, joyas, menaje, cuadros, bibliotecas, muebles, ropa, laboratorios, máquinas de coser (las ve Carmen Baroja después de la toma de Irún saqueada en dirección a Pamplona y Baztán) y máquinas de retratar, como las de Elósegui cuya casa allanan en busca de un alijo de armas inexistente (estaba en las instrucciones de los registros que animaban a usar “un rigor máximo e inexorable”)… por no hablar de lo sucedido en Badajoz con el teniente coronel Manuel Pereita Vela, el propio Yagüe o Gómez Cantos, o el que arrasó Ávila. No solamente tenían derecho a pillaje los moros que trajo Franco, los que en Madrid querían entrar, sino que pillaba todo el que podía, todo el que quería… recuerdos de guerra. Todo mentira, por supuesto, todo mentira, como los multazos, las exacciones, las visitas nocturnas de patrullas de requetés (Obanos) a las “familias más pudientes” para pedirles donaciones y más donaciones, como se pidieron “limosnas” desde el púlpito, el mismo día de la matanza de Valcardera, el 23 de agosto de 1936… Tiene que dar un gusto tremendo ver aparecer en la puerta de tu casa, de noche, un grupo armado pidiendo dinero, das hasta las monedas romanas, hasta los Amadeos… Incautaciones que dejaban a los incautados en la miseria. Todo valía… Las grandes operaciones militares, los movimientos de tropas, las conspiraciones políticas, las brigadas internacionales, iban por otro lado, han ido por otro lado. Con el Decreto de Unificación llegó la estampida, querían puestos, querían cobrar las facturas, que les reembolsasen el dinero que habían adelantado para comprar fusiles y  pistolas ametralladoras, querían gobiernos civiles, notarías, cátedras, embajadas… y las familias de los voluntarios quieren que regresen los hijos antes de que los maten porque empiezan a ver que en la guerra, por muy santa que sea, algo huele  a podrido y no solo los muertos que llegan a los pueblos en cajones. De esos y otros asuntos se trata en El botín (título provisional), segunda parte de El Escarmiento.

La ilustración de la cubierta es de Casajordi.

Anuncios

2 pensamientos en “El botín

  1. Cuentan que al llegar a San Sebastián y ver el mar se asombraban y decían “¡miá que río más grande…!”, se llevaban las máquinas de escribir pensando que eran acordeones y que murieron más requetés en la puerta giratoria del hotel María Cristina que en el frente de batalla… (¡Jodé que tropa!)

  2. Este libro promete, pero tengo la sensación de que “los de siempre” se lanzaran sobre el autor, y pocos, muy pocos, levantaran la voz ante el atropello, veremos ….

Los comentarios están cerrados.