Encomio de Miguel Sánchez-Ostiz

Lo escribió Ramón Rocha Monroy y lo publicó en Bolpress 30.5.2009

Si uno ve en Google, la editorial Seix Barral lo considera como el escritor de Navarra quizá más importante de todos los tiempos. Si uno accede al blog vivirdebuenagana.blogspot.com, comprueba que Miguel es un Voyeur amable y seductor, un fisgón de buena leche que desde hace varios años ha tomado a Bolivia como objeto de su mirada curiosa. Y ya se sabe, cuando un Voyeur te convoca a ver por el ojo de una cerradura, no hay quién se resista.Miguel Sánchez-Ostiz nació en Pamplona, en el viejo reino de Navarra, que es parte del País Vasco y, claro, de España. Escribió y publicó alrededor de 50 libros de poesía, novela, crítica de arte y literatura, y crónicas de viaje, que le hicieron merecedor de numerosos premios literarios, como el Premio Navarra de Novela Corta (1981), el Premio Euzkadi de Literatura (1990), el Premio de la Crítica de narrativa castellana (1998) y el Premio Príncipe de Viana de la Cultura (2001). Su obra literaria es copiosísima y está registrada en numerosos sitios, entre ellos, Wikipedia. Sus libros más conocidos son: Pórtico de la fuga (1979), Los reinos imaginarios (1980) y De un paseante solitario (1985). En su larga lista de novelas se pueden señalar: Los papeles del ilusionista (1983); El pasaje de la luna (1984), expresión fiel de sus obsesiones provincianas; Tánger Bar (1987), pintura de un universo cerrado; La gran ilusión (Premio Herralde de novela 1989), sobre la amistad que se desvanece; Las pirañas (1992), crítica feroz pero dotada de un propósito moral; Un infierno en el jardín (1995); La caja china (1996); No existe tal lugar (1997), obra localista, evocadora y cargada de ensoñaciones que recibió el Premio Nacional de la Crítica en 1997; La flecha del miedo (2000); El corazón de la niebla (2001) y En Bayona, bajo los porches (2002), dos novelas con las que iniciaba un ciclo narrativo sobre la historia reciente de España titulado Las armas del tiempo; y La nave de Baco (2004). Ha publicado abundante prosa narrativa y ensayística, como La negra provincia de Flaubert (1986), Mundinovi (1987) y Literatura, amigo Thompson (1989), en las que ensaya el uso de las memorias como recurso expresivo de la incertidumbre, así como La puerta falsa (1991), Correo de otra parte (1993), El árbol del cuco (1994), Veleta de la curiosidad (1994), El santo al cielo (1995), Las estancias del Nautilus (1996), Palabras cruzadas (1998), El vuelo del escribano (1999) y Derrotero de Pío Baroja (2000).

Lo que pocos saben es que Miguel está en Bolivia, que está tentado de establecer su base en Cochabamba, que vive fascinado por La Paz, que ha recorrido por Riberalta, Guayaramerín y Cachuela Esperanza, por Sucre y Potosí, y que prepara viaje por el antiguo Moxos y la Chiquitanía. Con algunas de sus agudas observaciones publicó el año pasado el libro “Cuaderno Boliviano”, Colección Alga de la Editorial Alberdania-Astiro, que presentará en la Feria del Libro de Santa Cruz, un fresco que contiene observaciones agudas, registros perspicaces, preguntas sin respuesta, pero sobre todo una percepción amable que recuerda la de Ciro Bayo, cuando vino, como Miguel, “a tratar de comprender a los bolivianos, ya fueran blancos, indios o mestizos”. En esa tónica escribe esta observación histórica y sociológica: “La indiada” es un concepto bien colonial y tal vez el primer gesto de desconocimiento del Otro, el que por medio de la palabra les arrebató su identidad individual, étnica incluso, convirtiéndolo en parte de algo amorfo y apartado. La expresión ha atravesado los siglos y llega hasta el presente en la boca del blanco y en el rictus del desprecio. “La indiada” eran muchas etnias distintas con culturas propias, muchas más de las treinta y seis actuales. Es uno de los primeros signos de racismo.” Sus observaciones más sugestivas para el lector boliviano se refieren al sentimiento de otredad que separa el cuerpo social de un país, y que parecería al borde de la esquizofrenia. Miguel dice que a los indígenas les “ha llegado la hora de contar y contarse”. “Sus relatos, al margen de las verdades oficiales largamente impuestas, están de entrada desautorizados por venir de quien vienen. Tienen que luchar mucho para lograr ser escuchados, al margen de los etnólogos, los antropólogos, los folkloristas. Hasta los escritores les dan la espalda.” En esa línea, Miguel se pregunta: “¿Por qué la Madre Patria no es la más solidaria a la hora de celebrar la transformación de sus hijas más desdichadas?” Y remata: “Conviene decirlo una vez más: España conquistó América, no la descubrió jamás. Ahora, tampoco.” Miguel no quiere ser como los europeos o los criollos blancos a quienes critica. Él quiere comprender a esos “invisibles” que nos rodean en Bolivia por todas partes y que nos resistimos a verlos.

La obra de Miguel es una fiesta de la prosa, sin retórica huera, más bien con ese estilo austero, a ratos ácido, a ratos humorístico, a ratos desconcertante, siempre seductor por su pensamiento nervioso y su mirada ávida que salta de un detalle al otro, sin demorarse en el paisaje o los sitios turísticos, pues lo suyo es la condición humana, la disposición del buen viajero por registrar aunque haya cosas que no entiende, pero jamás pontificar ni juzgar con ojos eurocentristas.

Pareciera que en seis décadas de vida no hubiera perdido la capacidad de asombro, incluso de pasmo, de los grandes viajeros que no vienen a juzgar ni a enseñar ni a predicar ni a evangelizar, sino a ahondar en los vericuetos del alma humana.

Miguel es un viejo hidalgo navarro que huye del mundanal ruido y de la concupiscencia de la fama. No busca el bombo ni el autobombo, sino el retiro propicio para seguir escribiendo. Aun así lo hemos sacado de sí mismo para que visite la Feria del Libro de Santa Cruz y nos ofrezca una charla sobre su experiencia de escritor y de viajero.