Tiempos de tormenta

Tiempos de tormentas_Pio BarojaSi traigo a colación este trabajo es porque lo citó el otro día la profesora Margarita Almela, en la presentación de El Escarmiento en Madrid. Es un extenso ensayo biográfico sobre las andanzas de Pío Baroja entre 1936 y 1940, es decir, al tiempo de los meses finales de la República, de la Guerra Civil, de su refugio en París, de sus idas y venidas, y de su regreso a Madrid, con la guerra ya acabada.
El libro fue silenciado por quienes podían haber hablado de él, como por ejemplo los profesores Gracia y Mainer, que lo recibieron; pero no solo ellos. Otros hablaron de él con hostilidad manifiesta. Molestó. Sin embargo está sostenido sobre datos y detalles –”hasta la minucia” dijo un profesor del País Vasco–, poco o mal conocidos hasta hace nada. Podía haber ido mucho más lejos en mi investigación si hubiese contado con el apoyo de la familia Baroja, pero eso era ya mucho pedir porque para entonces ya me habían vetado en un Congreso sobre Pío Baroja que iban a montar en Pamplona, a modo de pingüe negocio de Ramón Tamames y de sus amigos, algunos de los cuales, como Sánchez Dragó, no habían escrito ni una sola línea sobre el autor, como me confesó en privado de manera festiva. Un empujón en el que fuera de Txema Aranaz, el editor de Pamiela, y Eduardo Laporte, no recibí apoyo alguno. Aquí no basta con escribir, hay que pertenecer a algún cotarro o tener amigos o palmeros, y sobre todo ser idóneo, practicar la corrección política, tener olfato.
Sé que hay muchos episodios poco claros de la vida de Pío Baroja en su refugio francés que se aclararán el día en que el archivo de Itzea se abra libremente a los investigadores. Lo que sí se puede sostener es que entre lo que Baroja contó, y con él sus hagiógrafos y familiares, de su vida al tiempo de la guerra y lo que en realidad hubo, hay una diferencia que, como mínimo, hay que calificar de novelesca. En este libro está en buena parte tratado. Como por ejemplo, la historia de su libro Comunistas, judíos y demás ralea, contada con apoyo documental de cuartillas mecanografiadas e ineditas del propio Baroja [Tiempos de tormenta, páginas 180 a 185]; o su detención en Santesteban el día 22 de julio de 1936, episodio este que vuelve a aparecer en El Escarmiento, algo más resumido, pero que hace ver el peligro que corría no ya Baroja sino cualquiera víctima de la arbitrariedad y de la furia de aquellos días.
“Baroja y sus acompañantes quieren adelantar el convoy militar, hasta que un coche les obliga a parar en la recta de Oieregi, antes de Narbarte, delante de la casa de los Liquiniano: “¡Alto! ¡Alto!”. Y Ochoteco detiene el coche.” [El Escarmiento, página 269]… Y la confusión comienza, escribo ahora.
Baroja aparece en El Escarmiento porque como escritor ha sido para mí una referencia constante y su detención en los primeros días de la sublevación militar un motivo literario recurrente. Y aparece en su lado novelesco porque para uno de sus personajes, Alberto Arana, era la puerta falsa de sus trabajos cuando tropezaba con asuntos de mayor enjundia cuya escritura podía complicarle la vida, indisponerle con alguien, algún vecino, algún profesor,  porque de eso se trata, de escribir sin complicarse la existencia, con ventaja y beneficio, sin indisponerse. Hablar de Baroja compromete menos que hacerlo de gente sin nombre que fue asesinada de manera miserable o que huyó como pudo en los mismos escenarios en los que Baroja se fue de paseo a ver cómo venían los carlistas dejando los caseríos abandonados, como puede leerse en los periódicos de la época.

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