Un juramento oscuro

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Hace unos meses, limpiando el ordenador, iba a tirar esta fotografía a la papelera, pero reparé en un pequeño, en un mínimo detalle: en la mano herida del personaje que aparece, brazo en alto, de frac (?) y con la cabeza gacha, a la derecha, bajo las puntillas de algún magistrado que no sale en la foto, aunque sí lo hagan D’Ors, Eijo Garay, el general Gómez-Jordana, Carrero Blanco, Juan Aparicio, José María Pemán (creo)… No me había fijado: es Pío Baroja.
Aquellos días de enero de 1938, cayó en Salamanca una fuerte helada y era fácil resbalarse y caerse en las calles casi a oscuras de la ciudad, como ya se había caído en Burgos unas horas antes. [Tiempos de tormenta, págs. 173 y sgs.]
A ese personaje de la mano herida se le ve abrumado, apesadumbrado y no creo que sea necesario señalar ni recalcar lo evidente. Tal vez esté dudando entre jurar, prometer o lo que sea costumbre. Tal vez esté deseando estar a muchos kilómetros de donde se encuentra en ese momento, en compañía de una gente que el pie de foto califica de: “Autoridades saludando brazo en alto en un acto oficial”. En realidad se trata del acto de constitución del Instituto de España, el 6 de enero de 1938.
El juramento redactado por D’Ors, decía: “Señor académico:  ¿Juráis en Dios y en vuestro Ángel Custodio servir perpetua y lealmente al de España, bajo Imperio y norma de su Tradición viva; en su Catolicidad que encarna el Pontífice de Roma; en su continuidad representada por el Caudillo, Salvador de nuestro pueblo?
“Responderá el Académico: ” Sí juro” [Boletín Oficial del Estado, Orden de  1 de enero de 1938, (Presidencia Junta Técnicadel Estado).
Y Baroja dice que dijo: “Lo que sea costumbre”; y dicen (Serrano Suñer) que dijo: “lo que manden”.
No sé lo que yo hubiese hecho de encontrarme a su edad y en su situación, pero entiendo bien que Baroja, ya que no podía hacerlo desaparecer del todo, intentara borrar las huellas o dar las menos pistas posibles de ese episodio que el tiempo y las trincheras convierten en algo bochornoso. Si la foto estaba en el copioso archivo fotográfico de Bera, o no la vi o no me la enseñaron, porque hasta ahora no había dado con ella ni había oído hablar o leído sobre esa estampa entre siniestra y grotesca. Lo intenté explicar en Tiempos de tormenta (Pío Baroja, 1936-1940), pero esta es otra historia.

 

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