En San Cristóbal

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Esta mañana he subido al fuerte de San Cristóbal con el periodista Fernando Garayoa y el fotógrafo Javier Bergasa (las fotos no son suyas). Nubes bajas, mucha lluvia, torrenteras y barrizal en los alrededores. Arriba no había nadie. La puerta cerrada y a un lado las flores secas del último homenaje a los fugados y asesinados de 1938. Por el camino de subida, guerra de banderas en los mojones y algunos recordatorios en los árboles de las cunetas. Se pinte como se pinte, y derriben los militares lo que derriben (para hacer desaparecer las huellas del penal de 1934 y de 1936-1945), ese fuerte será siempre el penal de la guerra y un matadero, antes y después de la Gran Fuga de 1938, el lugar al que no llegaban muchos detenidos, porque se quedaban en la subida; detenciones que causaba en las familias de los allí conducidos «la peor de las impresiones»: «Bienvenido al fuerte», glosaba el Diario de Navarra la llegada de «detenidos de calidad» que serían asesinados días después. Un lugar siniestro, un miasma, hagan con él lo que hagan, borren o dejen de borrar lo que quieren. Su historia, silenciada durante décadas, es hoy apabullante.

Aprovecho la ocasión para recomendar el blog “Laberintos en la memoria”, de Hedy Herrero, enlazado en estas líneas.

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