Divagación sanferminera

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No es lo mismo vivir los Sanfermines a pie de calle que verlos desde lejos, poco menos que al paso en la mínima pantalla de un televisor oriental verde pistacho, en el puesto de un mercado donde venden copias fraudulentas de películas, y unido al coro de boquiabiertos originarios andinos que miran y no dicen nada. Sí, esas imágenes del Encierro les resultan asombrosas, otras también.

Bien, así las cosas y para resultar original, hoy escribiré de lo que nadie ha escrito durante esta última semana, con más seso y oportunidad que yo mismo: Pamplona y sus fiestas como una rara Meca, un lugar de peregrinación en el que, al parecer, todo, cualquier exceso es posible y está permitido. Incluso le puedes partir la cara a quien te plazca si no te detienen. Pamplona convertida en el espacio de la bacanal. Me resisto a creer que sea eso y solo eso. El no pasarse es algo que se sabe y no solo porque sea una ley de la tribu.

Me estomagan los teóricos de la fiesta, los del recio y apretado discurrir, los que saben lo que es la fiesta y lo que no, y me lo cuentan, los que escriben de ella para que el Ayuntamiento les pague algo, los que toman el exceso de vino (cuando se bebía) y sol por los Misterios de Eleusis y confunden la resaca de barreno y el andar a uvas sordas y bizco de manos con la revelación mística, la epifanía, el estado de gracia y toda la faramalla medio esotérica que acompaña a ese discurso espeso, pero tan común hace tiempo. (Sigue… artículo publicado en los periódicos del Diario de Noticias, 14.7.13, aquí enlazado)

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