Desgarro social

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El corresponsal de El País en París hablaba el otro día de que en Francia había desgarro social, algo insólito, digno de atraer nuestra atención ya muy baldada; un desgarro que equivale a una fractura también social provocada por una política de recortes y un aumento del racismo, entre otros motivos.

Asombroso. Hasta ahora pensábamos que solo estábamos naufragando en la mugre los del pelotón de los pobretones, pero no, parece que ahora también los ricos sufren, y que estos también tienen sus pobres que se rebelan y se enfrentan a las fuerzas del orden que protegen su mundo de seguridades y privilegios y negocios que no paran, que ese es el misterio. ¿O tenemos miedo de hablar de lo que aquí sucede, o lo nuestro es una ceguera voluntaria y dirigida para no crear alarma social? Problemas, los demás, nosotros nada. La nuestra sigue siendo una sociedad cohesionada, sin enconos ni conflictos, sin ese foso entre ricos y pobres cada día más profundo, con casi seis millones de parados, pero todavía capaz de organizar eventos en el hotel Palace como el de la revolución del pintxo, tanto frío como caliente, asunto este que a los cinco o seis millones de parados reales les produce un interés arrebatador y a los desahuciados lo mismo. Lo revolucionario marca tendencia, es tendencia: ese asco del lenguaje de la trampa.

Aquí no, aquí no pasa nada, en todo caso descontento, esa indignación ya digerida a modo de burla, de hecho solo muestran su rabia los jubilados, los sanitarios, los enseñantes, los desahuciados, los mineros… y ahora los de las basuras. Hermosas hogueras ciudadanas las de esta gente que se va a la calle, mientras los amos de las empresas del sector, que son muchos, se han forrado con las licitaciones y adjudicaciones de obras. A la calle que vamos sobrando en todas partes, en lo pequeño y en lo grande. No les hacemos falta, ya no les hacemos falta. A la calle, al desgarro.

581613cdc2ff61d81bbdeef296d808d8_articleEl fuego de las basuras. Y es que aquí no hay manera de entenderse. Si no le pegas fuego a alguna barraca no te hacen caso. Si no lo haces te condenan al diálogo, ese en el que tú callas y acatas y el otro habla e impone. Por eso dejan la jiña en la calle, para que huela y se entere todo el mundo, y pegarle fuego para que se vea el humo y todavía huela peor. Sí, sí, claro, claro, por supuesto que sí y no nos van a llevar presos, verdá, por apología de la violencia o eso, pero no seré yo el único que he disfrutado viendo las imágenes de los fuegos madrileños, una nada si pensamos como han pensado muchos: ¿por qué todavía no le han dado fuego a algún banco? Algo incompresible. Y es que el pueblo, el temible pueblo es pacífico, mucho más pacífico de lo que se dice. Los violentos, los famosos violentos son los que te acogotan por lo legal, los que te echan a la calle, los que te dejan en situación de indefensión real jurídica y social, los que te apalean y maltratan. ¿El pueblo? El pueblo es pacífico, hasta cuando tiene la oportunidad, rara la verdad, de cobrarse la revancha y hablar un rato para variar de justicia, invirtiendo los papeles de la sala de audiencia: baja del estrado, que ahora me toca a mí. Pacífico. Se queda corto.

No todo en Madrid es imagen del descalabro nacional ni mucho menos y eso que los taberneros castizos todavía se preguntan por el qué van a decir los turistas de la basura que se amontona poco a poco en las esquinas. Pues qué van a decir los turistas. Lo que ya saben, lo que vienen leyendo en los periódicos: que han llegado a un país de mierda gobernado por maleantes, en el que a la conquista económica y al saqueo a pedo de burra se le llama inversión extranjera; en donde a la construcción de un sólido mundo para ricos y solo para ellos se le llama emprendimiento, y en el que la clase más pudiente no vuelve al lugar en donde estaba antes de que empezara la crisis porque nunca se había ido: revolución de las tapas, sí, mientras los que deberían armarla porque las tapas, esas tapas, no van a ir con ellos jamás, son apaleados, sometidos por el miedo, y como mucho queman unos contenedores… demagogia, bonita. Revolución de las tapas y los pintxos en defecto de esa revolución de los claveles que a este paso no haremos jamás, porque en realidad no podemos, a duras penas formamos coaliciones electorales de no muy largo alcance. Dudo que haya una mayoría social compuesta, entre muchos otros, por los dañados, expoliados, que esté de verdad por un cambio y acepte que el nuestro es un desgarro social desde hace mucho, ese desgarro de unos sobre otros.

Y vuelvo al tabernero. ¿Qué van a pensar los turistas? Ya estamos. No, los turistas no. Nosotros. ¿Pues qué van a pensar? Lo ya dicho, que están en un país de mierda, cosa que depende quien lo diga se gana el aplauso de la concurrencia o el abucheo. Por ejemplo, el colombiano Fernando Vallejo, que tiene la suerte de ser el viejito mimado de Alfaguara/El País, dice en su reciente novela Casablanca que España es una mierda y plas, plas, plas, aplausos, qué tío Vallejo, qué prosa. Viene el poeta Albert Pla dice lo mismo y se le echan encima los mastines patrióticos. Todo depende…, aunque no sepa muy bien de qué y en qué momentos sí y en qué momentos no. Es tiempo de inseguridades, suelen decir los que no tienen nada a qué temer. Este es el país de los tartufos y de los que las matan callando, como el diputado Salvador con sus Sicav…, pero como lo hacen muchos, qué más da que lo haga un diputado de más o de menos. Aquí se trata de quitarle, de hacer dinero a como sea, luego, luego… igual ni te pillan y, si lo hacen, lo más común es que no pase nada. ¿Desgarro, qué desgarro? Ahora mismo, por ejemplo, están demasiado ocupados en apagar los fuegos de la infanta y la real majeza, en las falsas memorias de Aznar y en el baile interminable de chicharros entre la Cospedal y el Bárcenas y sus peñas respectivas que lo jalean: un Paquito el chocolatero, una de moros y cristianos, entre ricos y pobres. Los fuegos de las basuras se apagan solos, dicen, aunque en el aire quede un intenso olor a jiña, porque es el que flota con y sin hogueras de por medio.

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