La gran fealdad (por Javier Eder)

1984, cuando la juerga estaba en su apogeo.
Hay días que casi es mejor leer lo que escriben otros, por ejemplo hoy, este artículo de Javier Eder, titulado La gran fealdad, publicado en Diario de Noticias, de Navarra:
AL final de una necrológica publicaba ayer en El País se leía: “Germán Coppini deja tres hijos y un modelo de compromiso ético y estético”. Lo último, la unión de lo ético y lo estético, no está de más resaltarlo ahora, en tiempos lo bastante malos como para que haya que volver a defender lo evidente. Antes de pasar a vivir bajo la indiferencia general, Coppini -republicano y contestatario con cuantas involuciones nos asolan- alcanzó la popularidad con una canción del mismo título que un poema en el que Bertolt Brecht venía a preguntarse por qué escribía de las feas redes de los pescadores en vez de escribir de las bonitas chimeneas de los trasatlánticos. Por qué hablo -decía Brecht- de la espalda encorvada de una campesina mayor cuando podría hablar de los pechos de las muchachas; por qué lo que me incita a escribir es el espanto que me producen las arengas populistas y no el entusiasmo que en mí suscitan los manzanos en flor. La respuesta está en las mismas preguntas de “Malos tiempos para la lírica”: porque la belleza no tiene que ver ni con lo bonito ni con lo “estético”, sino con la nobleza de los sentimientos o con el dolor de los sufrimientos. Triunfa ahora una película italiana titulada La grande bellezza. Es una versión edulcorada y esteticista de La dolce vita, que era un filme amargo y crudo. Triunfa porque rehúye hablar de la grande bruttezza, la gran fealdad del presente. El miércoles decía en Le Monde un fraile francés que en su día ayudó a nuestros republicanos: “Si me cruzo a Franco en el paraíso, pediré asilo en el infierno”. Pero para infierno feo y real, como apuntaba esta semana hasta el conservador The Times, el de la Marca Hispánica o marca España, territorio donde las mujeres han de volver a comulgar con las ruedas de molino morales impuestas por los jerarcas eclesiásticos. La gran fealdad, la gran brutalidad de los vientos de involución que azotan al sur de los Pirineos. Con su total indiferencia hacia el desamparo de quienes los padecen.”
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