Ortodoxias y espinos

DSC_0191Reconvenciones, sugerencias de matiz, “correcciones fraternas”, qué asco, rediós, que puto asco, fes de errores que no son sino postulados doctrinarios, advertencias de líneas rojas, de faltas (y sobras) a las leyes de la tribu, al borbor de la cuadrilla, disidencias y desentones, suposiciones de mala fe… Te lo van a hacer saber a las buenas, a las malas y a las silenciosas, las del morromorro, que tal vez sean las peores, ah, sí, y las de la mano en el aire, dignos ellos, hijueputas. Hablarán por sí mismos o en nombre de un nosotros cuyos rostros desconoces, poco importa. Lo que cuenta es que si te dejas, si renuncias a tus aciertos y errores, a tus palabras verdaderas, a tu manera de ver las cosas y de nombrarlas, y te pones a buscar la línea, quebrada, mucho, que contente a todos, en busca de lectores y de su aplauso continuo, corres el riesgo de acabar dejando lo mejor de ti en las alambradas, porque de alambradas de ortodoxia hablamos, casi siempre oxidadas.

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Un pensamiento en “Ortodoxias y espinos

  1. Dejarse la piel en cada palabra, dejarse los jirones de lana en cada alambre de espino, porque no se quiere ser rebaño pastoreado. Y el recuerdo de Jorge Oteiza, ser un maverick, evitar el yugo, intentar no ser un Bloom anodino y totalmente esperable. Ahí nace esa lucha de uno consigo mismo, con los otros, con lo otro, que pocas veces se entiende desde fuera. En ese intersticio está la decisión de lo inesperado, como esa cita de José Lezama Lima que encuentro en un libro de Cortázar: “Lo desconocido es casi nuestra única tradición”.

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