La bola de cristal

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Hace unos años, en Obor, un mercado de Bucarest, le compré a una gitana una bola para adivinar el futuro. Se volvió negra por el camino y es que la bola no adivinaba el futuro, que también, sino el presente. Carajo, una señora bola la mía, no una bolita, como dice Jiménez, Bob Esponja socialista, sino una señora bola que si te la tiran a la cabeza y te da, te escrisma, como nuestro presente foral y no foral, igual: negro cirrión, creminal. El futuro, me dijo una vez un poeta que hacía de brujo, no es más que una repetición tenaz del presente, conque vamos aviaos. Y aquí más que en ningún otro lado porque ni nuestro presente ni nuestro futuro dependeN de nosotros. Bolas. Muchas. Hay que tenerlas y no jalarlas, que el jalabolas es mal oficio.
Hace unos días Jiménez dijo, como una gran cosa, como esos magos que salen a escena al grito de «¡Chan-tata-chan!», que no iba a defraudar a los navarros, pero por el camino las cosas se han hecho semánticas, como las mentiras malintencionadas de la pícara Barcina al exhibir en sede parlamentaria una prueba falseada, con una falta de ética pública que hace pensar en la maldad privada; si no, no se entiende. Aquí todo es semántico, hasta sostener que andamos entre granujas, pura semántica, de quita y pon, pura bola en la que el presente aparece en toda su negritud. Todo está permitido si estás de mano y tienes puntos que, como mirones, te ayudan a hacer trampas en la timba. Un clásico.
Se conoce que hacer trampa sistemática es cosa de Bildu. Suena grotesco porque lo es, pero en Madrid funciona y a estos lo que les importa es Madrid, no Navarra, porque Madrid les asegura el momio y la cuenta corriente. Saben que su cortijo depende de Madrid, aunque también sepan que muchos y muchas estamos hasta los mismísimos más ensimismados, que decía el poeta, y hasta los ovarios, de ella y de los suyos, pero esto también es cosa de Bildu y de su hoja de ruta; pues seremos todos de Bildu desde antes de que apareciera.
Y también sabe la andoba que el futuro que nos espera, a ella y a nosotros, no puede ser más negro porque la crispación social no va a hacer sino ir a más, si ella y los suyos persisten en dominar por encima de voces y pactos legítimos. La pícara Barcina no va a dimitir, dice, pero no por no seguir la hoja de ruta de Bildu, sino por falta de decoro porque le sobran motivos para hacerlo. No sabemos si vamos a tener elecciones. No sabemos nada. Estamos a lo que nos dejen, a lo que manden, como si fuéramos bichos amaestrados. La pícara Barcina ya está reprobada de hecho por una mayoría ciudadana, pero eso no se concreta en nada, porque ni dimite ni la echan, y lo sabe, cuenta con la razón y el sentido de estado, algo abstruso pero que huele a dinero, y con que echarla de una vez es atentar contra la sagrada unidad de España, romper España, y en Madrid le siguen la corriente y ella lo sabe. Ya se oyen tambores lejanos: «Rajoy trabaja contrarreloj por evitar elecciones anticipadas en Navarra», escribía el diario Público. UPN juega con ventaja al coco con la población de un país que lo ignora todo de Navarra, salvo las consignas de rueda de molino con las que comulga para no meterse en honduras. En el Congreso de Madrid, por boca del diputado Salvador, se han oído palabras referidas a Navarra propias de un necio o de un vendedor de crecepelos de feria, de un marrullero de mala traza: el apocalipsis navarro, España rota, el Gulag… a lo dicho, un timador de feria de cuya capacidad ética se puede dudar relacionada con las pymes: «Llevo una folclórica dentro», dijo. No va solo en esa carnavalada.
Aquí no se trata de Bildus ni de bolas al cabo, sino de mangoneo, de chapuzas, de chulería, de zafiedad personal, de irregularidades hechas sistema, de mentiras lo mismo, de trucos y compadreos –esas risas entre bastidores, qué asco– de mala comedia, de clientelismo, de bobería, de actuar no en fraude sino en burla de ley, de impunidad, de voluntad de enriquecimiento sistemático, de disponer de influencias por el poder que otorgan no ya las urnas, sino los pactos torticeros, los de la mala fe… la muestra comercial de un país entero o cuando menos de la casta social en cuyas manos estamos.

Artículo publicado en los periódicos del Grupo Noticias, 2.3.2014.

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