“Venid y vamos todos…”

montserrat3GNo debiera  extrañarnos que la Guardia Civil, representada por unos cuantos números del cuerpo, peregrine a Lourdes con dinero público, lo que de verdad nos debiese  extrañar, y mucho, es que no estemos arrodillados a punta de pistola en una misa de campaña permanente y que todavía no sea delito no practicar la religión católica como a los ministros de Interior o de Defensa les venga en gana.
He leído que les pagan el viaje, la estancia y las dietas, es decir, que una devoción religiosa particular de aparato se paga con dinero de todos los contribuyentes con independencia de si estos la comparten o no, lo que es un abuso en cualquier país que no sea este. Lo que no sé si les pagan es el agua milagrosa, que igual también, aunque la verdad es que ya poco importan los detalles porque esa peregrinación es de una coherencia institucional fabulosa después de que condecoraran a una virgen, o a varias, las hicieran alcaldesas, lo que equivale a un insulto al sistema democrático y civil, y agradecieran a santa Teresa el regir la marcha de este reino de la trampa. ¿Rajoy bajo palio? Por qué no, y con la carrera cubierta por las fuerzas armadas de Morenés, porque ya ha habido unidades militares que han peregrinado al santuario de Javier con dinero público y más que dudosa función social y constitucional.
¿Vivimos en un país aconfesional o eso es lo que nos gustaría?  Yo creo que lo segundo: el ancho y profundo foso entre lo que nos gustaría que fuera y lo que es. El gobierno del Partido Popular es confesional de manera abierta y abusiva, y a muchos de nosotros nos gustaría vivir en un estado laico, pero se ve que eso no es por ahora posible, al revés, parece que lo que nos espera es una España de cerrados y sacristías renovados y reforzados.
2752EC523825527127072E52712569Si este fuera un país no confesional, la religión católica no sería un signo de distinción de clase social, una escarapela de definición política, y lo es. Arriba y abajo. Si este fuera un país de laico, de verdad laico, que no padeciera la constante injerencia de la iglesia católica en las tareas legislativas y de gobierno, las mojigangas y trapisondas de la Conferencia Episcopal no serían materia de primera plana de prensa ni de editoriales ni de discusiones políticas, como si tuvieran presencia efectiva en la vida cotidiana e intereses materiales de la población… deben tenerla porque si no, se entiende mal que se hagan hasta ejercicios de estilo con esas cuestiones.
En fin, son tan abundantes los ejemplos que cuesta escoger. Si este fuera un país que se gobernara al margen de la religión católica y de cualquier otra confesión, las honras fúnebres de las víctimas del 11-M no hubiesen consistido en una celebración litúrgica y de aparato sectario, convertida de inmediato en un acto político en el que las oraciones se hicieron arengas, tanto por el gobierno como por la iglesia como por algunos de los participantes. Lo mismo sucede con los entierros de inmigrantes africanos a quienes se les aplica el «protocolo» de honras fúnebres (mínimas) religiosas con independencia de la confesión a la que pertenezcan, con toda probabilidad no la católica.
Pero no, está visto que las maneras del  nacionalcatolicismo pesan y perduran, que son algo más que un lastre y un vicio nacionales y que invitan a preguntarse si por tradición o convicciones una parte nada desdeñable de la población española, al margen de ser de un conservadurismo atroz, no se siente más que cómoda dentro de esa religión autoritaria hecha de brazos incorruptos, reliquias, procesiones, gritos y mantillas en la que las fuerzas del orden juegan su papel, porque ese es el orden. Nada de códigos, catecismos y mucho humo de incienso para tapar la mugre de una clase social y política que apoya y se beneficia de este estado de cosas. La obediencia al sermón del fray Gerundio de Campazas de turno sustituye con ventaja a una recta actuación regida por la razón, la ley o el mero sentido común. Estar a lo que diga la jerarquía, el párroco, el jefe de puesto… y agachar la cabeza, descubierta, besarle la mano al obispo y arrodillarse, mucho, en beneficio del gobernante de turno. Marca España de nuevo y para variar, un asco.

Anuncios