El frente social y la casta.

grosz 1 Pertenecer o no a la casta dominante, esa es la cuestión; ya seas de derechas –de toda la vida o sobrevenido al calor de los beneficios que ese negocio reporta–, o de esa izquierda nominal, pintoresca y risible que encarnan los escombros y huestes vapuleadas de un partido socialista en franco descrédito y bancarrota moral, tanto en Madrid como en la periferia.
Además, se ve que si en el seno de ese partido hay esfuerzos, tímidos y algo erráticos, por una renovación en toda regla desde abajo, estos se ven abortados por la casta dirigente.
Castas, esa es la cuestión insisto, las de quienes se resisten a desaparecer y perder al protagonismo del que ahora disfrutan. A esas castas sin otra ideología que el beneficio que reporta el negocio de la cosa pública, solo podemos verlas como enemigas de un verdadero cambio social que pasa por la formación de un frente de partidos que sí lo tengan en su programa, empezando por la derogación de todas y cada una de las leyes antisociales que han dictado (aprobar es otra cosa) desde el poder. Un cambio que alcance la depuración de los cuerpos policiales, la denuncia del Concordato con el Vaticano, la reforma de la magistratura, el acabar con la impunidad de las castas, la reorganización territorial del estado, la reforma de la Constitución adecuándola a un nuevo tiempo, la derogación de la ley de amnistía del 77, el control por parte del Estado de la banca y de las corporaciones, la investigación exhaustiva del origen de las fortunas amasadas al amparo o a la sombra del poder político, las Sicavs, la inoperancia legendaria del Tribunal de Cuentas… ¿Utopía? Cierto, pero factible si se forma un Frente Social frente al golpe de Estado que la casta proyecta.
Ahora mismo no se sabe quién teme más la formación de un frente de izquierdas que puede formarse tarde o temprano al calor de las últimas elecciones europeas, si el Partido Popular y sus socios regionales, o ese partido socialista de los consejos de administración, los yates y los puros. Ya antes de celebrarse las elecciones hablaron de una coalición bipartidista que salvara el sistema, es decir, su sistema de abusos, sillones, puestos y bochornosa gestión de gobierno en todos los órdenes, tanto por parte de los actores principales, como de la de sus cómplices y secuaces en una oposición de caricatura encarnada por quien el escritor colombiano Fernando Vallejo llama el caprino Rubalcaba.
El fantasma del Frente Popular ha salido a pasear de inmediato: que vienen los rojos, los anti España, los violentos, los etarras, los propagadores de disturbios como los de Barcelona completamente previsibles por otra parte… Y lo malo es que ese discurso cala en una sociedad poco amiga de aventuras políticas, conservadora y reaccionaria, que ve con hostilidad cualquier conato de cambio social y cuya ideología se resume en un expresivo «Oye, a mí déjame de líos».
Los comentarios infames, grotescos, trapaceros de los partidos que han viso con sorpresa la irrupción de Podemos lo decían todo. La Rosa Díez parecía que había bebido y los demás, lo mismo… ¿Marie Le Pen e Iglesias? Sus reproches y desdenes, sus descalificaciones y desmesuras, les retratan y por ahora contribuyen a engrandecer el equipo de Podemos. Pero van a seguir por esa trocha y la casta, empezando por González, más mister X que nunca, no se va a ahorrar infamia alguna con tal de asegurarse la pervivencia en el sistema de castas y de estamentos jerárquicos, que es el que llevan años perfilando, construyendo, ejecutando… unos y otros. Nos ha costado más de lo debido darnos cuenta de que el partido socialista no estaba por el cambio social y que su actual descalabro se lo han trabajado a conciencia. Un sector importante de la sociedad les ha dejado de lado, ya no cuenta con ellos porque no son de fiar y lo han demostrado entre pactos, vetos y trapacerías varias: con esa gente no se puede ir a ningún lado. Por eso existe un peligro real de que acaben haciendo un pacto de estado en favor de la casta y en contra de la ciudadanía. Son muy capaces. Y la Díez, lo mismo.
Ahora que, de una manera o de otra, se ve que podemos, es hora de pactos, de incluir bien visibles los cambios radicales en los programas, de acoger todos los proyectos políticos sin exclusión. Hora de sumar y no de restar. Se trata de echarlos del sistema social en el que están atrincherados. Se trata de derribar el régimen.

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