El Tata Santiago

P1120626En el día del Señor Santiago… escribían hace más de setenta años los falangistas estetas para adornar dibujos de ese camino de los peregrinos que nadie recorría hace cuarenta años, mientras sus compinches floreaban las cunetas y cometían todas las sevicias que les venían en gana con los detenidos y las detenidas. Tiempos, otros, estos sobre todo, que son los que vivimos y padecemos, en los que nos la jugamos, aunque nos asomemos a la historia cercana y lejana, y a sus luces y sombras y sus horrores. ¿Moralistas como dice Teodorov en La conquista de América, o apuntadores fiscales, poseídos por el momento de otra verdad de la historia que nos permite ganar la partida sin esfuerzo, o meros curiosos de los hechos, por encima de ellos, sutiles interpretadores, tal y como aparece Ernst Jünger en sus hagiografías? Diletantes de la justicia, la bondad y la verdad. Peligrosos. Dañinos a veces.

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Hoy hace un año estaba en Guaqui, en la orilla del Titikaka, entre ofrendas, peticiones, humos de velas, gladiolos, capillitas, comilonas, challas, confetis, procesiones y ceremonias de yatiris por el campo porque es el día del Tata Santiago, que unas veces va de blanco con sombrero de espadachín, caballero matamoros y mata indios de paso, supongo, ya puestos, y otras de carabinero, de militar con gafas Ray-Ban y hasta de Che Guevara. Santiago, Illapa, dios andino del rayo y la venganza, todopoderoso, el que te da lo que no te da nadie, lo que ni tu mismo puedes conseguir trabajando como una mula: la devoción boliviana por excelencia, en dura competencia con las vírgenes de Urkupiña y Copacabana. Su capilla era un humazo y un bisbiseo de rezos, y apenas se veía el cartel que prohíbe encender velas negras porque allí se va a hacer el bien, no a desear el mal o a hacerlo. Asunto este que no sé yo, porque debajo de la imagen, me consta, hay restos habituales de ceremonias que poco tienen que ver con el culto de la iglesia católica, sino con otra cosa que nos resulta tan incomprensible como risible, a pesar de practicar mojigangas muy parecidas (a ojos de antropólogo de barbecho), pero claro, a nosotros nos asiste la verdad, a ellos no, ellos viven en el error. El resultado sin embargo es muy parecido: el azar es caprichoso y difícil de dominar, invoques a quien invoques, ya sean dioses bienhechores o vengativos, enciendas velas de colores, quemes palosanto o mesas a la Pachamama, o te acerques a la milagrería a la que tengas devoción, empezando por la farmacopea de cabecera –la que puedas pagar y te receten doctores cada vez más escépticos–, sin la que ya no puedes vivir, y que crees, confías, pequeños dioses de bolsillo, que te alarga la vida, o eso, o qué más da, y que, oh milagro, tal vez te permita seguir follando hasta el borde mismo de la fuesa. Lo demás, milagro también, y de los buenos, o golpe de dados, más trucado que otra cosa.

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