La burla del perdón

2No es posible verse obligado a leer cosas como esta, dichas por Rajoy: «No hay impunidad; aquí el que la hace la paga». Eso no se puede decir cuando se carga con un saco de patrañas regadas casi a diario a lo largo de más de dos años. Ya hace mucho que lo tengo por un tonto malvado, pero estoy seguro de que no soy el único. Su falta de diligencia a la hora de perseguir la corrupción o la delincuencia institucional ha sido manifiesta. No, aquí el que la hace no la paga, o solo cuando conviene. Aquí hay dos leyes, una para los poderosos, otra para el común.

No basta con echar a los leones al más tonto o a los más desarmados para acallar a los que ellos tratan como populacho que ruje con el derribo, y dejar a cubierto a los intocables, a los capos di tutti capi, porque esto es una trama que semeja a una tela de araña, si no de siglos, que también, sí de décadas más ominosas unas que otras. Esto no es un circo romano, aunque parezca una Corte de los Milagros, donde se enseñorean los rateros, los guapetones y los caballeros de industria. No, cuando capitaneas un ejército de corruptos, de maleantes hasta las cachas, de los que se es cómplice necesario, te retiras de escena, te vas por la gatera o la puerta de atrás, o dignamente, pero sin mala comedia, sin patochadas y sobre todo, no te enrocas dando gato por liebre.

Pero estos sí, la calaña representada en el Gobierno se enroca, resiste, se quita de en medio a quien molesta y hasta ayer encubría, y como mucho «pide perdón», que a mi modo de ver es la última vileza: convertir un valor moral en un gesto hueco de mala comedia haciendo de algo privado, de estricta conciencia, un asunto público, descarado y al cabo obsceno. Por no hablar de que no se puede pedir perdón a nombre de otros, o eso creo.

Y no solo eso, quien dice pedir perdón jamás piensa en la reparación del daño causado, algo a lo que viene obligado por el articulado del Código Civil. Está visto que en este país la sucia maña de echar unas monedas en el cepillo de las ánimas y librarse con ello de la culpa y de la responsabilidad a ella aparejada, proyecta su sombra en la vida pública de un presente civil que solo debería obedecer a las leyes positivas. Pedir perdón equivale a redoblar la ofensa, obligando al ofendido a aceptar esas palabras huecas y a callar, que es de lo que se trata, de que callemos y olvidemos, de que aceptemos como algo normal un estado de cosas dañino. Como si con lanzar al aire esas palabras mágicas y ridículas en su boca la responsabilidad se esfumara. No la asumen, solo temen haber quedado mal, que de eso se trata, de quedar. Es decir, les inquieta el deterioro de su imagen y los votos que sus trapisondas les pueden costar, y con ellos la posibilidad de seguir en el fabuloso negocio en el que están metidos. Piden perdón de manera genérica lo que equivale a no pedírselo a nadie. No les preocupa el daño que causan, sino el que sus actuaciones les causan a ellos mismos. Por eso su petición de perdón es una farsa y un insulto.

Es demasiado tarde para recuperar una credibilidad perdida con las primeras y clamorosas mentiras que se han ido tragando los días y que han encubierto estafas colosales como la del rescate bancario, dramas como el de los desahucios, abusos policiales, manipulaciones judiciales, encubrimiento de torturas, conductas de nulo respeto democrático dentro y fuera del Congreso, destrucción de empleo y condena con ello a la muerte civil de los ciudadanos víctimas de sus mejunjes financieros, conversión de los bienes públicos en negocios privados, saqueo de instituciones, amiguismo, prevaricación, ganancias indecorosas a costa del erario público… ¿y ahora perdones?

¿Caben más motivos para rebelarse? No, pero no nos rebelamos. Al contrario, a pacíficos no nos gana nadie y esperamos la llegada del momento de ir a votar evitando pensar por el camino que la tenaza PP/PSOE puede dar pucherazo y perpetuar este estado de cosas, en el baile de los perdones.

Anuncios