Lo que la moleskine descouilles guardaba en…

DSC_0166Esta mañana me he encontrado un puñadito de hojas de coca en el escondrijo de la moleskine descouilles en la que escribo mis notas cuando ando por ahí. No estaba en La Paz ni en la noche cochala, sino tomando un café en Le Vauban, de San Juan de Luz, mientras afuera arreciaba el chaparrón y las luces de los comercios proyectaban su resplandor en la penumbra del día; entre ellas las de una confitería de lujo, Henriet, que abrió sus puertas no hace mucho en lo que fue el comedor del desaparecido Hotel Etherberea, donde Luis Quintanilla instaló los servicios secretos de la República Española… Las hojitas de Erythroxylum coca, de no muy buena calidad a juzgar por el taladro, llevaban ahí meses, como pétalos de tísico (poeta). Creo que si bien la escritura pertenece al presente, el pijchu pertenece a un pasado que se va haciendo remoto conforme pasan los días, las semanas, los meses… El acullico me sirvió para soportar el mal de altura… y para aguantarme a mí mismo durante noches heladas, tirando a solitarias, de incertidumbre y de no saber responder a esta elemental pregunta: «¿Pero qué carajo hago yo aquí?», que me hago lejos y aquí mismo por cierto. También fue el ingrediente de momentos de amistad inolvidables, en Sucre, en Cochabamba, de regreso de Riberalta aquella vez, con un manojo de un prodigioso chamairo del que ya hablaba Ciro Bayo, que había comprado en el mercado campesino… o con música de fondo, arbolito, huaynos y yaravíes, quena, guitarra, charango, Vico, maestro. Cuentos del vivir para contarlo, inolvidables estos. Melancolía en vena. [Rumbo a no sé dónde, 22.3.15]

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