Volteretas para atrás

A_clockwork_orange_lo mejor     CASI sin ganas, por la fuerza de las circunstancias, vuelvo a donde estaba. Pero el caso es que uno de los personajes de mi novela Un infierno en el jardín, un adolescente sin futuro que tenía la vaga pretensión de que había hablado de él, me estaba esperando en la calle con un bate de beisbol para partírmelo en la cabeza o partírme la cabeza con el bate. No quedó muy claro. El mozo anda bizco de deberes y es flojo de entendederas para la cosa esta de las letras y se armó un lio parecido al del capitán Haddock cuando no sabe si duerme con la barba por encima o por debajo del embozo. Todo lo que no sea los porros, las anfetas, el crack y la plantación que tiene en el cementerio del pueblo le es por completo ajeno, indiferente. Entre tanta duda y tanto barrullo, y si tu y si yo y si lo que escribo y dejo de escribir, finalmente el bate se partió contra el machón de la puerta de mi casa a dos palmos de mi cabeza y el macarrilla se vio obligado a enarbolar una astilla como para matar vampiros en una mano y el resto de la porra en la otra. Se le veía ido, feliz, a bodega llena, triunfando, empezaba su sábado de camellete por encima de toda sospecha y no sabía que, por fin, su querida familia, a la que tanto debe y que tanto le quiere, iba a aplaudirle al final la faena. Se sorprendió tanto que hasta se nos revolcó un poco por el suelo: <<Te mataré mañana, mañana, te aplastaré con mi coche>>, decía, y aun más extrañas cosas. Veintidos años. Pero antes se volvió a embarullar con la duda de si clavarme la astilla en el corazón como si el aquí fuera el conde Drácula o darme con la cachiporra, al tiempo que me dijo que me iba a matar por escritor y por gordo. Era demasido para él manejar todo aquello. Mentiría si dijera que no pasé miedo. Así que dilucidando ese ente dejé al macarra en medio de la calle con sus chismes en la mano y me acerqué a casa de un vecino a pedir ayuda. El vecino tal vez no estaba, tal vez sí. No lo sé. El caso es que no abrió la puerta. De regreso el macarrilla a quien se le había venido abajo el extraño número malabar de las ideas erráticas, la astilla y la cachiporra, me intentó atropellar con su autito de colorines, pero ignoraba que este verano me había entrenado a modo corriendo vaquillas en las fiestas de un mi pueblo, de modo que le dí esquinazo con un limpio y elegante recorte (voy a formar cuadrilla de corrida landesa para el próximo verano: El piraña y sus cuadrilla: va a ser tremendo). Ante tamaña fechoría aparecieron como por ensalmo los padres (se le había ido la mano al mozo, vaya por Dios), y los amigos de sus padres, directivos de caja de ahorros ellos, y aquí no ha pasado nada y no tienes testigos y jajaja y jojojo, y qué malo eres chato, que me decía un fuetillo andante parecido a una chincheta, y vuelta (inútil) al cuartelillo y etc y etc y etc. Amén. Se habían divertido a modo con el happening aquel, con esta ya vieja, ya canucida película de largo metraje y escaso ineterés.

Nada de lo que antecede me enorgullece, ni me parece un signo especial de distinción y sólo me va divirtiendo algo porque me veo obligado (a faena pedida, don Francisco, a faena pedida) a relatarlo para ustedes. No he visto la libertad de expresión amenazada, ni tampoco la dignidad humana, ni la vileza, ni todas esas simpáticas donosuras o rendidas majaderías con las que se les llena la boca a los poéticos columnistas que padece el país. Aparte de haber tropezado con una panda de melones con instintos criminales no tengo opinión formada sobre el asunto. Tampoco siento la melancólica incredulidad del los clásicos. Nada. Sencillamente estoy cansado. Sencillamente me aburre. Sencillamente estoy hasta las narices de estas historietas que se repiten año tras año cuando todo parecía estar en calma y marchar las asuntos viento en popa. Me aburren esos retratos de bribones a la manera de Hogart, me aburren sus andanzas, me aburre tropezarme con ellos, me aburre esta rutina de la mugre, me aburre sobre todo contarlo y hasta se me cayó el teléfono de la mano al poco de empezar a llamar a mis amigos para darles cuenta de la última trapisonda. Para qué. Me extrañaría en cambio (inconstante que es el corazón humano, ay) que no sucediera, es decir, que no apareciera en el fondo de mi vida, entre las páginas de alguno de mis libros, un macarra y su familia. Notaría que me falta algo, no sé, notaría un hueco en la cacharrería del alma: un reloj parado.

* Sabría que de verdad algo habría cambiado en mi vieja ciudad y en mi corazón.

 

*** Artículo publicado en el diario ABC sobre un suceso siniestro ocurrido hace veinte años en Mutilva Alta, una localidad junto a Pamplona, urbanziada entre espaucaldres de terreno y arquitectos sin escrúpulos, donde vivi antes de irme a Baztan, un infierno con jardín. con mucho macarra de cuello blanco en el vecindario, mucho prepotente de banca, gente de su tiempo, nuevos ricos, patanes feroces hasta la víspera del pelotazo… de aquellos polbos. Intenté echarle humor a la cosa, pero no lo conseguí y veinte años después sigo pensando que aquello fue una canallada.

 

 

 

 

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