Las reglas del juego

6268343251_550c620788_bLeyes como la llamada Mordaza, porque lo es, no son reglas del juego social, sino limitaciones a este, que lo reducen a una mera escenografía. Un juego, por llamarlo de alguna manera, porque en él puedes perder la vida, de auténtico riesgo pues, y sobre todo un juego cada vez más restrictivo, más limitado, en la medida en que sus reglas ya no se pactan, se imponen, que es muy distinto, y de manera violenta. El partido en el gobierno impone su ley, sin traba alguna hasta el momento, y sus reglas del juego, de muy trucado juego, porque, en la práctica, la mayoría parlamentaria equivale a una dictadura; y los pactos políticos que no tienen otro objetivo que el silenciamiento del adversario, lo mismo. Entre tanto, al ciudadano se le engaña con falsos enemigos, con embelecos y con miedos. Las campañas electorales son un asombroso alarde de desvergüenzas como si la capacidad de desfachatez no tuviera límites.

Está fuera de duda que hemos caído en una pintoresca dictadura, salvo para sus beneficiarios directos o indirectos, que no ven en esta más que ventajas para sus intereses y por eso proclaman desde los medios de comunicación que controlan (casi todos) que esta es una democracia de calidad insuperable… algo bochornoso. Y encima su mayor referencia para avalar ese dislate, por lo que a garantías de derechos y libertades se refiere, es una ley represiva que ha puesto en alerta a otros países europeos de mayor tradición democrática y mayor respeto a la ley.

Por otra parte, las mojigangas político-religiosas de la reciente Semana Santa, más la ley Mordaza y su Código Penal concordante, más el gobierno «cripto-teocrático» que padecemos, nos permiten sospechar que el periódico The Observer no estaba muy lejos de acertar cuando recientemente afirmaba que España era Turquía metida en la UE.

No es que los gobernantes actuales no se miren al espejo o que hayan perdido la capacidad de hacerlo y con ello de toda autocrítica, sino que están podridos, y lo saben, pero venden otra imagen, de frescura y optimismo, porque de vender imagen se trata; ya ni siquiera de gobernar en el mejor sentido de la palabra: hay que vender el crecepelo, el remedio mágico, el milagro… Hace tiempo que perdieron el más ligero atisbo de ética política. A sus reglas de juego me remito.

Porque la regla de este monumental trile, de esta ruleta trucada hasta el delirio, es: «Yo dicto, tú callas y asientes, y cuando termine me aplaudes y de seguido desapareces de escena, porque de lo contrario llamo a los antidisturbios…», o a los matones de seguridad ya equiparados de manera insultante a las fuerzas de seguridad del Estado. La detención del anciano de 80 años el otro día en Madrid es todo un aviso de la que se nos viene encima. Por fortuna hay fotografías de lo que le hicieron.

La regla del juego ya no es la Constitución, ni un sistema legal articulado alrededor de la idea de una democracia para todos. No, el aparato legal supone una amenaza permanente en beneficio de la clase dirigente. La igualdad ante la ley es una burla mayúscula. La arbitrariedad y el hurtar el dictado de la ley a la judicatura han entrado en escena con el Partido Popular y quedado en manos administrativas: represión burocratizada. El ciudadano no está para participar en la vida pública, sino para acatar y para vivir amedrentado, sometido. Vuelve la Jerarquía, si es que alguna vez se fue.

Optimismos y legítimas alegrías aparte, el panorama fragmentario de la izquierda no permite presagiar cambios de verdadera importancia en las reglas del juego dichoso, como si este estuviera más viciado de lo que parece. Un frente amplio de izquierdas se impone, lo contrario va a ser más de lo mismo, sí, pero, siempre parece haber un pero insuperable: cambia el trilero, renuevan el cajón, se reparten los puestos de dar el agua… No hace falta ser adivinador del porvenir para verlo.

Y no se trata de acertar dónde está y dónde no la bolita, sino de poner el cajón del trile vuelta al aire.

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