El crimen organizado

3539484_640pxLo preocupante no es que Rato sea objeto, en solitario, de investigación policial, sino que el Gobierno urdiera de manera por completo dolosa la amnistía fiscal con objeto de blanquear capitales obtenidos de manera ilícita o de idéntico origen. Una amnistía pensada para poner a salvo si no fortunas completas, sí enriquecimientos opacos de las última décadas. Con el tiempo, esa regularización para hacer aflorar capitales furtivos se va revelando como una medida política de amiguetes y un hecho lo suficientemente grave como para que sea investigado política y judicialmente con urgencia. Lo contrario sería una política de complicidad y encubrimiento.

Quienes urdieron esa amnistía fiscal sabían para qué era y a quienes, en concreto, beneficiaba. Algo asombroso que, como todos los asuntos de verdad graves, tuvo un eco escaso. Y sigue sin tener consecuencias políticas. El Gobierno se enroca, olvida sus dignos rasgados de vestiduras, sus trapaceras advertencias de dimisión y mira para otra parte, y, como siempre, confía en el correr de los días, en el aluvión excrementicio que él mismo provoca.

Echo mano de versos del uruguayo Alfredo Zitarrosa, en «La ley es tela de araña»: Al principio mucha bulla,/ embargos, causa, prisión… ya sabemos cómo sigue o cómo suele terminar… en humo. No se trata de que ahora echen o dejen de echar a los leones a Rodrigo Rato, convertido ya en deteriorada caricatura de sí mismo, o de que este espectáculo solo sea una maniobra de distracción electoral, que eso no hay quien no lo vea, salvo los interesados, se trata de que no es de recibo que el Centro Nacional de Inteligencia y todas y cada una de las divisiones policiales no estuvieran al tanto de estos asuntos no hace meses, sino años, muchos, o que callaran. Lo mismo cabe decir de jueces y fiscales, y por supuesto de políticos en activo, tanto del Partido Popular, principal cueva de la corrupción nacional, como de otros partidos. Y a los anteriores hay que añadir las esferas de poder económico y financiero cuya influencia política ya resulta innegable. Nadie sabía nada porque todos sabían, nadie robaba porque todos lo hacían. Este país tiene podridas y requetepodridas las instituciones y actuamos como si bastaran unas reformas, unos apaños, nada que pueda resultar agresivo. Esta gente ha actuado a cara descubierta, por lo menos entre ellos, aunque el resto de la ciudadanía bastante haya tenido con aguantar sus golpes y manotear para sobrevivir al naufragio. Aquí no ha habido nunca verdadera voluntad de luchar contra la corrupción.

Son una banda de maleantes. Mientras cientos de miles de ciudadanos perdían sus casas, quedaban sin trabajo y sin verdaderas prestaciones, abocados a la indigencia y a la desposesión, los causantes de su ruina se estaban y se están enriqueciendo como nunca. Resultado: la burla nacional. Estamos siendo burlados de continuo y miramos para otra parte, hacia la urnas, como si estas fueran salvavidas, confiando en su resultado, cuando este puede estar ya amañado con el cuento de la «salvación nacional», grotesca comedia esta que ha hecho subir a las tablas a colosales desvergonzados, como Felipe González y José María Aznar, cuyos pelotazos pasan de indecorosos y resulta inexplicable no sean investigados ni encausados.

En las dos últimas décadas el país ha cambiado, mucho y a peor, el régimen policial se ha impuesto, la soberanía nacional pende de un hilo con el tratado de libre comercio, el estado del bienestar está en ruinas, el imperio de la mentira institucionalizada y de la desposesión ciudadana es un hecho, la pobreza de algunos millones es algo más que un dato de Cáritas… ¿Todo va sobre ruedas? Sí, las del carro que nos conduce al chirrión.

Mucha confianza en la impunidad ha tenido esta gente. Esa impunidad que tiene su origen en el franquista si todos robamos nadie roba, si todos robamos a nadie se persigue… salvo que alguno caiga en desgracia o que ponerlo en la picota sea en beneficio del negocio común. Fraude.

Hace ya meses que nos preguntábamos en esta mismas páginas por qué Rato no estaba en la cárcel. Y seguimos preguntándonoslo con Alfredo Zitarrosa: Siempre había oído mentar/que ante la ley era yo,/ igual a todo mortal./ Pero hay su dificultad/ en cuanto a su ejecución.

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