Verdades envenenadas

commedia-dell-arte-103Rajoy, con el aplomo que le caracteriza, acaba de decir algo que puede parecer hasta una verdad. Ahora bien, no se sabe si esa actuación de esperpento castizo es revelación milagrosa, y en consecuencia es preciso encargar un solemne tedeum en la Almudena, o si hay que arrimar la bobada al suma y sigue de las infamias gubernamentales porque lo dicho suena a acertijo, a indescifrable jeroglífico de Ocón de Oro. Y es que a propósito de las andanzas fraudulentas de Rato, acaba de declarar Rajoy: «El Gobierno hizo todo lo que tenía que hacer», es decir, en su caso, enterarse de «lo del» amiguete por la prensa y echarlo a los leones «a lo último», que diría el inefable Baroja. ¿O no fue así? Suena cuando menos raro que el Gobierno fuera ajeno a la detención de Rato y sobre todo que no estuviese al corriente de las mayúsculas pillerías del caballero de industria que se escondía detrás de las maneras y la publicidad mediática del prohombre de la patria protegido por guardaespaldas, adornado con birrete burlesco de honoris causa (ya retirado).

Suena raro que todos los cuerpos policiales y de inteligencia estuvieran durante años y más años ignorantes de lo que sucedía en el país, como si una cortina de impenetrable impunidad acogiese a Rato y a los suyos, que son muchos, demasiados para que sus actividades fueran del todo ignoradas y el Gobierno acabara enterándose por la prensa, rasgo este de inocencia de reparto que da risa, aunque esto a Rajoy no le haya preocupado jamás porque su estolidez hace tiempo que entró en el terreno del mito.

No, no parece ser de recibo que el Gobierno se enterara por la prensa de «lo de Rato», más que nada porque «lo de Rato» es un caso entre muchos más, que para eso urdió el Gobierno de manera por completo dolosa la amnistía fiscal, cuyo objeto no era otro que blanquear por decreto capitales obtenidos de manera ilícita o indecorosa, que esa es hoy una de las formas reina de enriquecerse en España: todo lo que no sea del todo ilegal está permitido, incluso lo moderadamente fraudulento, sobre todo esto, todo lo que aparece en el filo de la ley por el que en una ocasión declaró no ya andar, sino moverse a sus anchas el ministro del Interior.

El Gobierno del Partido Popular tramó esa amnistía con intención de poner a salvo de futuras investigaciones si no fortunas completas, sí enriquecimientos opacos de las últimas décadas y no de cualquiera, sino de miembros del aparato político y financiero, del poder en resumen. Algo lo suficientemente grave como para que sea investigado política y judicialmente. Lo contrario es coadyuvar a una política de complicidad y encubrimiento, de poca o nula intención de sanear de verdad las instituciones, algo que por otra parte no sería ninguna novedad. ¿Cuántos casos como el de Rato se han dado en las últimas legislaturas? ¿Hasta dónde alcanza la sombra de «lo de Rato»?

Quienes urdieron esa amnistía fiscal hicieron «lo que tenían que hacer» porque sabían para qué era y a quienes, en concreto, beneficiaba. El aluvión excrementicio que el mismo Gobierno provoca a diario impide que un hecho de esta gravedad tenga el eco que se merece. Es inútil recordarles a los miembros del Gobierno sus rasgados de vestiduras, sus declaraciones de pureza política, sus amenazas de dimisión. Nada, todo teatro, malo, esperpéntico, y encima aplaudido en las urnas como si a esas tablas subieran personas ejemplares… que por desgracia parecen encarnar un sueño colectivo: poner las manos en la masa.

Llama la atención que los tramposos sean un referente social y hace pensar en que buena parte de la ciudadanía, esa que les da su apoyo expreso, considera legítimo aprovecharse de la cosa pública convirtiéndola en privado botín, que eso va aparejado a los cargos públicos, una especie de premio por los servicios públicos que dicen prestar, y a quienes a su sombra sestean, algo que viene de lejos y que denunció Dionisio Ridruejo en 1962. «Lo de Rato» no es un caso más de corrupción, sino un clima, un ambiente. Está visto que es mejor no hablar del grado de putrefacción de las instituciones y, como personajes de Goya, echarse una manta a la cabeza y repetir, a modo de letanía o mantra, que se confía en la justicia, en sus servidores, que se trata de casos aislados y etcétera… y no pensar con el uruguayo Alfredo Zitarrosa que la ley es tela de araña y que al principio mucha bulla, embargos, causa, prisión… y a lo último se acabó la función y hubo poco o no hubo nada.

Artículo que debía haberse publicado hace un par de semanas en Cuarto Poder, pero que al parecer se extravió. Compruebo que con el paso de los días aquello que nos conmueve e irrita pierde intensidad y pierde “actualidad”, y en consecuencia no interesa, o poco.

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