Tomate boliviano

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Sostenía Lezama Lima que el hechizo de más difícil conjuro era la auctoritas destemplada. El otro día me tropecé con un cretino de manera cortante me dijo que en Bolivia no se comía tomate crudo porque no sé qué del clima o la altura, con aplomo, de manera cortante, como si le fuera algo personal en el asunto. Yo solo trataba de explicar  la guarnición de la mayoría de los platos y platillos que se comen dentro y fue en los hoteles de los agachados. Con esa gente que tiene la razón en todo, que todo lo sabe, que habla con autoridad de lugares que no ha pisado, es imposible conversar. Son cretinos hasta las cachas. Primero viaja, entérate, luego habla, pero no, lo primero el prejuicio, la idea preconcebida, el rumor mal entendido, la bobería y ese empujón que arruina cualquier conversación. Son los lixtos, son los que saben, los que salen a ver si te la meten doblada al tiempo que ofician de fetenes. Un asco de gente. O dos. ¿Importa? Poco.

 

Cacharrería

12341105_1054766691222471_7602453953682611465_nCacharrería… es un fragmento de un cuadro de gran tamaño que les compré a los gitanos de Noain un día que salía de jugar a pala en el frontón municipal con el arquitecto Pachi Biurrun. No hubo manera de regatear ni un duro con el peregrino argumento de que “hay mucha gente en la pintura y eso…”. Es verdad, hay mucha gente, entre músicos y corte celestial… El cuadro no vale nada, lo único gracioso era un golpe de pintura rosa que le habían aplicado a un angelote en la sombra que sugería sus partes nobles que no tenía, además, porque era ángel, solo sombra… y esa mirada tristona que ha encendido el sol de esta mañana. Y ahora que me acuerdo, en el lote conseguí meter dos tomos de las cuentas del Hospital de Sangüesa durante la Tercera Guerra Carlista con varias entradas de cargos por cuenta de encuentros entre partidas carlistas y el Ejército liberal… en venta.

“Antes de que vayan a parar al Archivo Real y General de Navarra les pego fuego, decía Basurde, luego se murió y todo acabó desbaratado. Pero tenía razón, como he dicho en otros lugares, antes de donar los documentos de mi archivo al de Navarra, les pego fuego.

Voy a armar una chamarilería virtual ¿o un museo de porquerías o de pobretorios y tiradores de mi memoria? Todavía no sé.

Carnicero o pintor

image6__880“Butcher or pinter”… rezaba la pista que me ha traído hasta esta fotografía completa de David Dawson, el autor de Freud at Work. Se refería a la aparición en el vano de la puerta de Freud, mandil al cinto, o algo que se le parece, pinceles como cuchillos o escalpelos, manchas de carnicero. El pintor como carnicero (matarife también) o como diseccionador de vivos y menos vivos. Es fácil decir que eso era lo que encarnaba Freud, a la vista de sus cuerpos pintados. Hockney era otra cosa, también es fácil decirlo. El estudio como antro, como privado anfiteatro de anatomía. Edimburgo. El ladrón de cadáveres… el desollador de vivos, en Notting Hill este.

La campaña electoral, por William Hogarth.

800px-William_Hogarth_028Tiempo de elecciones y viejas mañas. A mediados del siglo XVIII, en Inglaterra, las retrató con humor vitriólico William Hogarth –el divertido bribón, a juicio de Swift–, en los cuatro cuadros (y otros tantos grabados) que componen «La campaña electoral»: «El banquete», «La visita del candidato», «La votación» y «El triunfo del elegido»… Cómo no acordarse de sus tullidos, sus muertos o sus incapaces, de sus desvergonzados, sus mentirosos, sus compravotos, sus negociantes faltos de escrúpulos que esperan medrar bajo la enseña de «Libertad y Legalidad», cuando a diario saltan a la prensa los atropellos que se suceden en esta campaña electoral nuestra con la manipulación de internos en centros psiquiátricos o en geriátricos, las trapacerías que impiden de facto el voto a quien puede perjudicarles, la utilización de jubilados para rellenar listas, la orden de acudir uniformado a votar, el pastoreo de órdenes religiosas, o esos mendaces baños de calle que, cuando menos, cosechan burlas y abucheos, la presencia ahora como entonces de matones… “Cohecho, malversación, prevaricación, blanqueo, fraude… Delitos que pesan sobre decenas de candidatos”, dice la prensa… Todo lo que es acogido con una mezcla de indignación e indiferencia, expresión genuina de la impotencia que nos empuja a buscarle remedio en las urnas. Campaña electoral que necesita urgentes y contundentes intervenciones de las Juntas Electorales porque huele a manipulación desvergonzada, a ilegalidad, a patraña, a arrebuche, a promesas en falso, a votos obtenidos mediante engaño manifiesto… con el aplauso de quien disfruta de la desvergüenza y la ilegalidad, y a quien no le importa que le mientan, no ya mientras tenga el bolsillo caliente, sino hasta cuando lo tiene frío y mohoso: a ese necio no hay que llevarlo a votar, va solo, brincando y vota alborozado a los suyos… y acaba pagando el banquete.

William_Hogarth_032La labor de convicción o Visita del candidato

Hogarth-Polling

La votación…hogarth-election-hustingEl triunfo del elegido.

Entrevista a Miguel Sánchez-Ostiz, para Gara, por Patxi Irurzun.

Publicado en Gara, el lunes 11 de mayo de 2015. De la web oficial de Patxi Irurzun la traigo.

“Mientras escribía este libro pensaba en el epitafio de Gogol: “Se reirán de mis amargas palabras”.

El pasado jueves el escritor navarro presentó su última obra, Perorata del insensato, el delirante soliloquio de un pintor ante la momia robada de una monja, con el escenario de fondo de un manicomio abandonado. Un libro escrito con ánimo de chanza, al modo del esperpento o los títeres de cachiporra. 

 Patxi Irurzun. Iruñea
Con Perorata del insensato  Miguel Sánchez-Ostiz ha regresado a su infancia, a las representaciones de títeres, a los curriños, como popularmente eran conocidos los guiñoles que solía ver en la pamplonesa plaza de San José, o a las propias funciones que él representaba, como un germen de su literatura, en un teatrillo que le regalaron de niño “con el que aprendí a hablar en solitario, con voces distintas, desde detrás de la escena, sin ser visto, a  veces aunque delante no hubiera nadie”, recordó el escritor navarro en la presentación de su nueva obra, el pasado jueves en la librería Walden de Iruñea.

Porque eso es Perorata del insensato: “Un guiñol burlesco, escrito con ánimo de chanza, y por tanto una representación de títeres de guante, al margen de ser  una “Historia fingida, texida sobre los casos que comúnmente suceden o son verisímiles”, que decía el Diccionario de la lengua castellana en su edición de 1791, y en consecuencia por completo imaginaria”, aclara.

Lo aclara en la presentación y en la nota final del libro, porque no quiere que este sea tomado por lo que no es, que se confunda lo vivido con lo imaginado, al narrador (“mi loquico”, como llama cariñosamente al protagonista de su obra) con el autor y “para evitar que alguien caiga en la tentación de mirar por la cerradura no la vida ajena sino su propia vida, algo que pasa mucho”, que pasó por ejemplo con una de sus novelas referenciales, Las pirañas, y con la que seguramente habrá odiosas comparaciones. “No me cabe ninguna duda porque esa murga ya ha empezado. Les ha faltado tiempo. Allá ellos”, cuenta a GARA Sanchez-Ostiz

Títeres de cachiporra

Perorata del insensato es el soliloquio que mantiene a lo largo de una noche un pintor loco, un insensato, ante la momia robada de la monja que lo cuidó durante su juventud, encerrados ambos en un manicomio en ruinas y cercados por los antidisturbios. Un delirio absoluto, un esperpento, que sin embargo, recuerda o funciona como espejo, deformante pero espejo, de la realidad en que vivimos, y que quizás, le preguntamos al autor, sea la única manera de narrarla:  “No, la única no es desde luego, pero a este desdiós en el que vivimos, bueno es responder con otro: me he quedado corto”, responde.

Y eso que este guiñol burlesco  “funciona con la exageración, el delirio, el malhablar, el descoque, la desvergüenza…”. Y que a lo largo de sus páginas el loquico de Sánchez-Ostiz va narrando sus internamientos en centros psiquiátricos, sus fugas de los mismos, sus avatares como pintor de cartelones para barracas de feria o incluso como actor en alguna de ellas, o que, cual Gorgorito, saca a menudo la cachiporra y hace una crítica feroz de los ambientes artísticos, de la movida madrileña, del despiporre autonómico, de aquellas épocas en el que el dinero estaba en el aire y lo cogían al arrebuche los más listos o los menos desvergonzados. Cachiporrazos que, comparados con todo eso, se quedan en nada: “Peor se las gasta contigo la gentelmundolacultura afín al gobierno de turno”, dice Sánchez-Ostiz.  “Pero mucho peor todavía quien te deja sin trabajo o te echa de tu casa o te apalea (por gusto y por dinero) o te multa o te condena de manera injusta a una pena de cárcel… Los abusos del mundo de la cultura son dengues, boberías si los comparamos con lo que otros están padeciendo. Lujos. ¿De qué se puede quejar el loquico? ¿De que le han jodido? Bueno, pues no está solo”.

Delirios y bromas literarias

Perorata del insensato es también una reflexión sobre el éxito y el fracaso, sobre las condiciones que hay que tener para triunfar; y sobre “el paso irredimible del tiempo, que nos daña si remedio ni misericordia”, dice Sánchez-Ostiz. Todo ello, sin embargo, contado en un tono descacharrante. “Cuando iba escribiendo la novela tenía en mente la frase que escribió para su epitafio Nikolai Gogol: “Se reirán de mis amargas palabras”, citó el autor en la presentación.  “Yo creo que esto pasa en este guiñol, que yo mismo me he reído mucho, a veces de recuerdos propios no muy gratos, pero me daría por satisfecho si el lector también se riera, aunque fuera de la amargura de fondo de este soliloquio enloquecido,”.

La novela, por lo demás, está trufada de bromas y referencias librescas, y también a canciones (desde Jorge Drexler a José Larralde pasando por Mari Trini) o cuadros (como aquel de Rembrandt en el que este aparecía cagando delante de sus críticos y acreedores). “Aunque esto es como cuando vas a un restaurante, que no nos suele interesar saber cómo esta cocinado o qué lleva el plato, a veces de hecho es mejor no saberlo”.  Sobre la tramoya de este libro, Sánchez-Ostiz dice no recordar con precisión cómo ni cuándo surgió la idea “aunque estas cosas no caen del cielo, un disparate arrastra a otro y al final se va armando”,  y también que no le costó mantener el tono delirante: “Una vez que «coges» esa voz locoide no la sueltas (de ahí la cita de Alejandra Pizarnik en las páginas finales: «No puedo hablar con mi voz sino con mis voces»)”.

Que es de lo que se trata en definitiva en este guiñol burlesco, en el que, como cuando era niño, Miguel Sánchez-Ostiz ha movido los curriños y ha impostado las voces, para deleite de sus lectores.