Sofonisba Anguissola

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Al azar de los rebuscos pictóricos, en encuentro un cuadro de Sofonisba Anguissola en el que la pintora pinta a sus hermanas jugando al ajedrez. Ese un momento de dicha doméstica atrapada en una época turbulenta. Es de 1555, la pintora tenía veinte años, Miguel Ángel no estaba lejos. Las negruras españolas del siniestro Felipe y sus carroñas, vendrán más tarde: el envés del cuadro, la trama de la vida, ese argumento verdadero de la historia del que hablaba Gil de Biedma y mucho antes Jorge Manrique en su coplas, en su danza de la muerte que nos invita conformista a olvidarnos de los placeres de la vida y los fastos, cuando de lo que se trata ahora es de conquistar la vida, el gozo de vivir, sin esperanza alguna den paraísos inventados, en consuelos de ultratumba. [21.9.15]

 

Del “Nunca más”

IMG_2424Del día siguiente de cuando te has dicho “Nunca más” o “Hoy es la última vez”, y entras en una de esas penumbras funerales, y se te va el ojo y la mano, y el rompecabezas se expande y la urraca se acurruca en su nido porque el vuelo lo tiene cada día más comprometido: se le achica el paisaje sin saberlo, ¿o sí?

La plaza de Los Mvertos

CONDE DE RODEZNOEl cambio político en Navarra pasa por sustituir el nombre de la plaza del Conde de Rodezno a lo que pocas horas después es ya «la plaza Serapio», por el patronímico de un arquitecto de buena familia que proyectó los ensanches de la ciudad… Hay quien dice que lo han hecho a mala leche para joder al vecindario fascista, «zona nacional» del pasado, o a los ricos (leyenda urbana) porque no es lo mismo vivir en la plaza del Conde de Rodezno que en “la plaza Serapio”. «Vendo piso en la plaza del conde de Rodezno» no es lo mismo que «Vendo piso en la plaza Serapio», dice el resentido del quinto. Y tiene razón, lo que era un signo de distinción se ha transformado en algo vinoso: Casa Serapio. [19.9.15]

Martorell

Sería de risa, conociendo la trayectoria intelectual y profesional de Martorell, si no fuera una prueba de algo siniestro, turbio. Siniestro es saber de la soledad del periodista frente al monstruo de los servicios de información americanos y españoles al servicio de los norteamericanos. No es el primer escritor que ha tenido problemas con la embajada de EEUU en Madrid porque “sus apellidos” coincidían con narcos o guerrilleros perseguidos, para encontrarse al final con una ficha de origen incierto… Sé que toda protesta es inútil, el Ministerio de Asuntos Exteriores ni puede ni querrá hacer nada… ¿Qué puede importarle su protesta al Departamento de Estado? Nada. Los EEUU tiene una amplia y sólida, y abusiva sobre todo, soberanía nacional, algo que han dejado de tener otros países, si alguna vez la tuvieron: este. [10.9.15]

 

“Lo que el perro nos dejó” (de Ricardo García Camacho)

P1060794Rescato este texto de entre otros papeles bolivianos. Me lo dio, hace ya tres años, su autor, el poeta Ricardo García Camacho, un buen amigo de allá, que tuvo trato con Víctor Hugo Viscarra, escritor, borrachón, delincuente… de todo le he oído nombrar, al margen de como mito de la noche paceña para quien la frecuenta y para quien no. Ricardo, el autor de “Debajo de otro te he visto”, cuyo último editor no sé si está vivo o muerto, o en la cárcel de San Pedro… En la imagen, el día que anduvimos por el rumbo del barranco de Uta Pulpera, bajando de La Ceja de El Alto.

Aquí abajo, el Victor Hugo Viscarra, debajo de una máscara de diablada, con su nariz rota de fajador de las sombras, entre diablos, artistas, poetas… en el cielo del Bocaisapo, en noche de trueno, “pesada” dicen los del papel de fumar en el alma, con un vuelo de hojas de coca.

P1060907LO QUE EL PERRO NOS DEJÓ
(A propósito de Víctor H. Viscarra)

“Una vez, antes de acomodar los cartones y sentarnos en las gradas cubiertas de grasa de la calle Baltasar Alquiza (un lujito que a veces el Vico financiaba) nos percatamos de la presencia de un hombre, recostado en la acera y sin la pierna derecha. Se había quedado tieso, ni su torpe ayudante de madera se animaba a despertarlo. Lo dejamos así y le echamos un kajj y a seguir charlando, al rato llegaron los aya kathatis (Unidad de la policía que levanta cadáveres). Un varita y los vecinos ya habían denunciado antes al charquesito. Se llevaron todo menos un palo de sombrilla que le servía de muleta. Víctor me dijo asustado “Yo no quiero morir así”, y los dioses le dieron gusto: se murió en una cama del Hospital Arco Iris de La Paz.

“Lo conocí al empezar la década de los ochenta, entonces un poeta y novelista, René Bascopé, dirigía el periódico de izquierda AQUÍ. Este victucho colaboraba en la edición del periódico. Un día su sed de alcohol lo llevó a menoscabar el poder de la prensa revolucionaria, burló la vigilancia de los periodistas y se llevó varias resmas de papel. Como pesaba demasiado, vendió la futura edición a un vendedor de hot dogs, a una cuadra del órgano escrito. Los rojos se enojaron y a la cárcel fue a parar. Después de unos días lo liberaron. René me consultó acerca de lo que la ley nos permitía en este caso. Por toda respuesta lo acompañé a una ferretería a comprar un candado; luego el Yale se reía comentando lo sucedido.

“Nos farreamos por aquí y allá y más aculla. En su memoria nombro algunos lugares: La Guerra, La Curvita, El Pezón de la Mariposa, La Thujsa Culo, El Averno o La Marujita. Escribió varios libros hermosos, crónicas de su andar. El que le trajo más problemas fue su “Diccionario de Coba”. Un oficial de policía, al parecer único propietario de todo germanismo, lunfardo o lenguaje marginal, amenazaba con iniciarle un proceso por plagio. El “Tanta escritor” me pidió asesoramiento. Lo tranquilicé diciéndole que si había algún derecho conculcado era el de los choros y nunca del tombo.

“Le metimos unos tragos meses antes de su muerte. Las malas lenguas dicen que el Omar (otro borracho) y este locuaz penitente interrumpimos su tratamiento, aventándolo al abismo de esta forma. No hay tal. El Perro ya venía en picada y ese apodo al que hago alusión era el más querido por el finado, decía. La última vez que nos cañamos me pidió a gritos que una vez muerto, yo, su apóstol  fulero, estableciera una verdad meridiana acerca de su triste final: que no lo mató la madre al quemarle el cuerpo a sus seis años por haber traído a la casa alcohol de menos octanaje (claro él se bebía la mitad de la botella y la rellenaba con agua); que no lo mató la deslealtad e ingratitud de sus compañeros de asalto, ni que se iba por padecer de tubeculosis y cirrosis hasta en las uñas; que murió a causa de las palizas, abusos de toda índole, semanas o meses de encierro en celdas húmedas a las que se añadía baldazos de excrementos como principal alimento ofrecidos a cuenta de la policía nacional.”

Hasta aquí Ricardo García Camacho que sé podría escribir la el gran relato de la noche paceña. Estoy por completo seguro.