Con D. H. Lawrence en Auzkue

IMG_0115Unas horas de monte para cambiar las ideas (galicismo), esas que espantas como moscas, después de la presentación de El Botín, ayer en Donostia. Camino de Auzkue, por una senda que está casi desdibujada en la espesura. Desde que he salido, me han acompañado unos versos de D. H. Lawrence que leí por primera vez hace más de cuarenta años, –leo, 1973, Galería Artiza, ni se acuerdan, ¿nadie? Otra Pamplona–: «El barco de la muerte» que comienza con estos versos

Ahora es otoño y los frutos caen
en un largo viaje hacia el olvido

Y acaba con estos otros:

¡Oh, construye tu barco de la muerte! ¡Oh, constrúyelo
porque vas a necesitarlo.
Porque te aguarda un viaje hace el olvido.

En el poema de Lawrence caen manzanas al suelo, con estruendo, como esta mañana, como caen las castañas, esas que llaman «sanmiguelas», y hay higos en higueras viejas –último testimonio de vidas que ya fueron junto a casas que conocieron el trajín de la vida de las estaciones–, patxaranes, hongos podridos del último repunte, y las primeras nueces amargas, cerca de las metas de helecho cortado que en la niebla semejan soldados extraviados de una guerra perdida, y no es otoño, no falta nada, pero todavía no es otoño. Me digo que voy de visita, a «mis árboles»: castaños sobrevivientes de rayos, epidemias, talas, y robles centenarios, alguna haya colosal, que han quedado a trasmano de sendas y trochas. Voy, los rodeo, paso la mano por su corteza, algunos tan vivos como podridos que hunden sus raíces en sus entrañas entre musgos y líquenes, grises, verdes, postrimerías de McCarthy, y subo luego a cielo abierto, hasta la cruz de piedra que hace de muga entre nada y nada  (y lo haré hasta que pueda describirme el paisaje con los ojos cerrados), y vuelvo, a casa… ¿y las ideas? Ah, sí, esas, las de las noches de insomnio, por el momento en la sentina, de la mano de Lawrence, con su barco de la muerte

Anuncios