Artículos de viaje

rollos 2La fotografía la tomé en el Rastro de Madrid, un día de primavera de 1994, en compañía de Juan Manuel Bonet. Era un baúl de cuero negro que estaba repleto de mapas y cartas de navegación. Me pareció todo un emblema del viaje, del viaje inmóvil por entonces. Pau era para mí un objetivo literario, en la medida en que es el escenario por el que anduvo a la deriva don Tristán de Barraute, un personaje de una novela de hace trece años, En Bayona, bajo los porches. 

También fue en Pau donde me regalaron ese diario de navegación (fragmentos) de un navío español del siglo XVIII en su derrota por el océano Índico. Está incompleto y las últimas páginas están escritas con una tinta tan tenue que no pueden leerse. Hacía años que lo había perdido de vista. Lo he encontrado esta mañana en el barullo de la biblioteca cada vez más polvorienta y abandonada, y he pasado unas cuentas horas leyendolo como he podido a la busqueda de alguún detalle que me permitiera saber de qué barco se trataba y quién era el que lo comandaba. En realidad buscaba algo que me permitiera ir tras los pasos de Arthur Gorodn Pym, algún misterio.  El navío español anda entre las isla de la Reunión, Mauricio, la Piedra del Inglés, evita Madagascar y navega por el ïndico persiguiendo deportivamente a un navío holandés, el “Princesa Luisa”… la tripulación enferma y hay fallecidos sin nombre, hay que hacer aguadas, cargar carne, protestar porque les roban un ancla los franceses, hacer observaciones de latitud y longitud, anotar los vientos y la meteorología, páginas y más páginas de datos, los días corren con aquello que dijo Conrad, con la monotonía de una  vida entre cielo y agua, hasta que hay una serie de tormentas que obligan al barco a buscar refugio en Puerto Luis, en la Isla de Francia (hoy Mauricio), del rey de ídem, donde el capitán sin nombre se dedica a redactar una descripción física y naturalista de la isla en la que cuenta, por ejemplo, más de 40.000 esclavos, entre “moros y malavares”… entonces es cuando se me ha hecho la luz, que le dicen los rancios, y he sospechado quién podía ser el autor del diario y de ese informe. De hecho no podía ser otro en esas fechas (1786-1788): Francisco Muñoz y San Clemente, en su viaje, fundacional para la Compañia de Filipinas, entre Cádiz y las islas Filipinas doblando Buena Esperanza. ¿Y el barco? El Águila Imperial.
Arthur Gordon Pym no saltó de su estante de sombras, pero me pregunto cómo termina ese diario de navegación en un chamarilero de la vieja Pamplona, frente al antiguo Colegio de la Compañía, la ciudad en la que el marino ilustrado y naturalista, compañero de Alejandro Malaspina, nació en 1755 (y más cosas). Me he preguntado si no andaría de por medio un vendedor de momias que aparece en mi novela La flecha del miedo o un traficante de obras de arte, perseguido en algún momento por la Interpol, que exhibía un carnet rojo en cartoné de agente secreto de los servicios de Carrero Blanco, sin otro propósito, imagino, que acojonar al imbécil. ¿Novelerías? No, cosas que pasan y de las que te enteras si prestas atención. He imaginado, una cosa y otra, y se me ha ido la tarde recorriendo mapas, pasando una vez más por Juan Fernández, en el fabuloso viaje de Malaspina… lejos.

Rafael Chirbes y Jorge Herralde, en la Cuenca.

import_10855463_1Jorge Herralde hablando de Rafael Chirbes en una sala de cultura de la Cuenca de Pamplona, que a este paso no podré pisar en mi vida. Quienes la dirigen sabrán por qué. Que te hayan colgado al cuello el cartel de “escritor maldito de pueblo” tiene esas cosas. Estuve vetado en todas partes con el anterior partido que gobernaba y lo estoy ahora con uno que, encima, encarnaba un cambio que apoyé de manera expresa con mis artículos de prensa durante años. Y tengo que callarme, pues no.

Captura de pantalla 2016-03-10 a las 07.36.53A Jorge Herralde hace muchos años que no lo veo y algunos que no tengo trato epistolar con él, pero le agradezco el comentario al paso. Fue mi primer editor fuera de Navarra y alguien interesado en mi obra antes de editarme, desde que leyó La negra provincia de Flaubert. Irme de su editorial fue probablemente el mayor error que he cometido como escritor. Ahora mismo no viene al caso el motivo, pero tuvo que ver con la edición de El corazón de la niebla. Luego se negó a seguir publicándome y me rechazo Cornejas de Bucarest sin haberla leído.
Lo de Rafael Chirbes lo sabía por las cartas que me envió y por el afecto que me demostró siempre. Le echo en falta. La canción de Jean Ferrat, Tu aurais pu vivre encore un peu.. se va llenando de sombras propias. Ahí su voz, la primera vez que hablamos por teléfono y me dijo aquello de que “hay mundos en los que solo se puede entrar a punta de navaja”. Eres también la gente que te ha querido y a la que has querido, aunque ya no esté.

El enlace de la entrevista aquí va, pero no durará mucho porque el periódico no tiene hemeroteca de alcance.

 

Narciso en tiempos de egosurfing

12140606_1627324970849655_6428038098036609965_nDe Sanfabistán, el territorio de Jorge Muzam, lo traigo. Me parece un buen motivo de reflexión sobre las redes sociales y la escritura de diarios o dietarios, y su publicación, esta, obsesiva, las más de las veces impúsdica en pos de la existencia. Narciso se asoma a su estanque, pero no puedo tomar a la ninfa Eco como exhibicionista, faltaría este y el voyeur entre las ramas. Como asunto sobre el que reflexionar, digo, mientras me asomo a la ventana y saco alguna fotografía: la luz que se te escapa, y el tiempo y hasta en los sueños, Aroa, la nieta pequeña de un muy deteriorado amigo te reprocha, en brazos de su madre, que eres viejo y hueles a rencor… ¡¡Los sueños no hay que contarlos!! eso al menos es lo que se oye en Presagio, de Luis Alcoriza y Gabriel García Márquez.