El pelma y el infamador

Infamadores y pelmas. Decía Camilo José Cela que con los pelmas no había que tener piedad, porque era muy dado a decir enormidades y a quedar como un campeón, pero en el tratamiento del pelma llevaba razón: si tienes no ya piedad, sino una elemental cortesía estás perdido. Y nada de decirte «Por delicadeza, perdí mi vida». No eres Rimbaud, no jodas. Pagas el precio de haber simulado una afabilidad o una tolerancia que en el fondo no tienes. Estás en escena y eres otro, nadie te obliga, ¿o sí? Hay que andar vivo y zanjar el asalto a boca armada cuanto antes y para siempre. No es fácil. Para cuando te has dado cuenta de tu error, te has metido en la ciénaga de las Molestias del trato humano (Olóriz) y el pelma se ha arrogado derechos enojosos, como el entrar en tu casa cuando le conviene sin llamar a la puerta o hacerlo a horas intempestivas y alborotar si no abres a su dictado. El pelma tiene una gran conciencia de sí mismo, se siente importante, y apabulla cuanto puede. No recuerdo si Canetti lo incluyó en sus caracteres, tampoco si Chamfort le asestó una estocada. No importa. No abras, déjale que aporree y que dé la cencerrada hasta que se aburra.

Captura de pantalla 2015-10-01 a las 08.59.02Lo anterior no viene a cuento del fotograma de la película La frontera, de Ricardo Larraín, que publico; al revés, películas como esa son para mí puertas de socorro, como lo es Telemann en sus cuartetos para flauta, violín y viola, o Pamuk escribiendo de su Estambul callejero en una Una sensación extraña, o el almuerzo en compañía de un viejo amigo con las primeras palomas del otoño sobre la mesa, mientras el fantasma de Luis Cernuda revolotea alrededor, como lo hacían los pericos de colores del abuelo: Que amigos tengo aún entre vosotros,/ Doblemente queridos por esa desusada/ Simpatía [….] Grande el número/ No es, mas basta para sentirse acompañado/ A la distancia en el camino. A ellos/ Vaya así mi afecto agradecido.

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