Libertad de expresión, injurias y otras arenas movedizas.

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¿Inseguridad jurídica, mala fe, hipocresía social, convenciones, coveniencias…? Si yo hago mofa y escarnio público de la identidad u orientación sexual de un cargo público,  con seguridad el afectado recurriría con pleno derecho al Código Penal que en su artículado prevee la sanción de esa conducta tipificada como un ilícito penal, en cambio puede darse la paradoja de que esa misma persona califique de libertad de expresión la conducta delictiva de la profanación religiosa prevista en el artículo 525 del mismo código. Y quienes aplauden lo primero como una defensa ante un agravio, aplaudan lo segundo como el ejercicio de un derecho legítimo al margen de la ley.

La campana de la queda

QuedaHay una edad para todo. Frase hecha, cierto, pero qué más da a estas alturas que lo sea o deje de serlo si es cierto. La hay, a la edad me refiero, llega sin avisar, como apuntaba el poeta, uno. De pronto está a tu lado, donde siempre había estado. De lo que se trata además es de la campana de la queda, no de aquella de comienzos del siglo XVIII que tocaban nocturnos los ministros por las calles de la ciudad cerrada hecha ciudadela, sino de esa otra que yo mismo toco para marcar el agotamiento de algunos entusiasmos y empeños, de los sueños que se hacen ceniza, de las certezas que enseñan su cara de chichinabo, del cansancio de explorar callejones sin salida y emprender viajes sin objeto; un agotamiento que viene con la edad. No se trata de volver el rostro hacia la pared y echarse a morir –Sancho a Don Quijote: eso sí que es locura–, sino de cambiar de rumbo, de alejarse del ruido, de procurar no hacerlo repitiendo hasta la extenuación lugares comunes y de intentar ver algo en claro en esta época de oscuridades. Hume hablaba de desapego, Sachs de aligerarse de lastres innecesarios, pero sin desentenderse del todo ni de la época ni de su música de fondo porque por muy desafinada que suene es la tuya, y por muy lejos que vayas te dará caza. No es tan fácil salirse de la corriente y su riada. Slavoj Žižek, en uno de los ensayos de Acontecimiento, sostiene que «el camino meditativo del “budista occidental” es el modo más eficaz que tenemos de conservar la apariencia de cordura mental». Me lo echo a la espalda, para de seguido olvidarlo. Mi campana de la queda es otra y el camino que me queda por recorrer también otro, por dónde pasa antes de llegar a su fin, lo ignoro. [27.11.15]

Mordaza a la disidencia

Michel Onfray, Ignacio Ramonet, Beatriz Talegón expulsada de manera abusiva de un plató de televisión. Voces disidentes, en mayor o menor grado, del discurso oficial que hay que tratar con la misma consideración que si fuera verdad revelada, sura coránica o artículo de fe. No corren buenos tiempos para la disidencia ni para la duda o la expresión de la perplejidad y del escepticismo del que nada se sabe. No importa la dirección, solo la disidencia, el no comulgar con la rueda de molino de lo correcto que los medios de comunicación y las redes sociales imponen.

Esa del correr de los buenos tiempos es una frase hecha. En realidad hace mucho que no lo hacen y van a ir a peor. Así las voces que te advierten de que hay que andarse con cuidado, mirar bien lo que se escribe y dónde, no desentonar, no incordiar a los nuevos amos del cotarro, que los hay, y buscan que aplaudas o calles. No hay que apartarse del común sentir. No hace falta leer a Žižek en su reciente Islam y modernidad, escrito y publicado antes de los atentados de París, para reparar en el generalizado entreguismo social a quienes dicen representar la seguridad y el orden, y encarnan en realidad lo policiaco y la violencia gubernamental, un estado de cosas que solo va a beneficiar, a corto y a largo plazo, a quienes nos someten. En otra dirección conviene no apartarse demasiado de los paladines e inquisidores de la libertad de expresión y del recto pensamiento de la izquierda virtuosa, vigilante, combativa, beata de sí misma, que tampoco admite mucha disidencia en sus filas, por no decir ninguna.

Ausencia de malicia

Captura de pantalla 2015-10-22 a las 12.43.06«Cuando uno dice que alguien es culpable todo el mundo lo cree». Es el personaje que interpreta Paul Newman en Ausencia de malicia quien lo afirma. Una película de Sidney Pollack del año 1981, cuyo fondo no solo no ha envejecido, sino que ha ido a peor: la manipulación informativa es casi la norma.

Calle de la Puerta Falsa

12239636_1042068875825586_3713663423155607652_nLa calle de la Puerta Falsa, está en Potosí. La encontré  hace cuatro años ya, cuando iba buscando la Casa de la Ahorcada… La puerta falsa, una recopilación de artículos que publiqué en Bilbao, en 1990. En uno de ellos fui injusto y resulté ofensivo sin proponérmelo: por mucho dolor que en ocasiones sientas no siempre está del todo justificada su expresión ni mucho menos las revanchas sobre agravios dudosos. Vivir es otra cosa y eso hay que asumirlo cuando toca. No hay ni antes ni después. El libro lo volví a publicar en 2002 con un prólogo generoso y entusiasta de Iñigo García Ureta, a quien no sé si se lo agradecí lo suficiente. Echo en falta aquella escritura –artículos literarios– en este tiempo embarullado, de greña y mala cara. La actualidad es a la postre un mal cepo literario. Lo que hoy te enciende, resulta casi futil con el paso cada vez de menos tiempo. El lector se hace raro, cierto, pero el “rincón de lectura” no ha desaparecido del todo, y cuando aparece resulta grato saber que alguien aprecia otra cosa que el voceo del mentidero.

“Non, je ne regrette rien…”

Paris, Olympia, in January, 1961. (Photo by Lipnitzki/Roger Viollet/Getty Images)

«Non, je regrette rien…» Tengo mis dudas de que quienes estos días han colgado en la redes sociales esta canción, preciosa sin duda, como símbolo de Libertad, Fraternidad e Igualdad, y de defensa de la democracia frente al terror, sepan cuál es su origen y a qué en concreto se refiere. Una cosa es que descontextualizada nos emocione y otra que sea un homenaje explícito a la Legión Extranjera francesa en Argelia –la del general Salan y la OAS–, donde se cometieron atrocidades y asesinatos masivos, denunciados en su día por Albert Camus y Jules Roy (militar y escritor) entre muchos otros, o reconocidas con desvergüenza criminal por el general Ausseresses en sus sobrecogedoras memorias… Tuve la oportunidad de escuchar hace años el relato de un testigo directo, escritor y sacerdote, que había estado allí cuando no era lo uno ni lo otro, sino un recluta llamado a filas. Hoy he leído un artículo de Robert Fisk en La Jornada, de México, del que entresaco estas líneas que me parecen informadas y se refieren a una historia que yo mismo he escuchado repetidas veces a gente de ese París que nunca ha pisado el Café de Flore, ni aledaños, estos días tan de moda, y que sí sabe lo que es vivir y trabajar duro en «la banlieu», y pertenece a esa clase social que más padece represiones y atentados –trenes de Vallecas, ¿se acuerdan?–:

«Cuando los reporteros nos dijeron que los 129 muertos en París representaron la peor atrocidad perpetrada en Francia desde la Segunda Guerra Mundial, omitieron mencionar la masacre en París de  hasta 200 argelinos que participaban en una marcha ilegal contra la salvaje guerra colonial francesa en Argelia, en 1961. La mayoría  fueron asesinados por la policía francesa; muchos fueron torturados en el Palais des Sports y sus cuerpos arrojados al Sena. Los franceses sólo reconocieron 40 muertos. El oficial de policía a cargo era Maurice Papon, quien trabajó para la policía colaboracionista de Petain en Vichy en la Segunda Guerra Mundial y deportó a más de mil judíos hacia su muerte.»

 Sin más. No voy a decirle a nadie cómo tiene que sentir o expresar su fraternidad, si es que la tiene, ni cómo manifestar sus emociones, pero no voy a admitir que nadie me imponga una manera de expresar las mías ni mucho menos mis convicciones, mi dolor, zozobra, perplejidad ante la atrocidad del presente y las infamias del pasado o de nuestras mismas trastiendas, o el miedo al futuro inmediato que nos espera. Lo mismo por lo que se refiere a que lo que para mí es motivo de reflexión, lo sea de encono con nadie ni con nada.

No he tenido oportunidad de leer en ningún lado lo que sucedió en 1962, en el Métro Charonne de París, y que allí se recuerda, ni por qué, siendo la rue de Charonne uno de los escenarios de la matanza. Ya sé que me invitan de manera destemplada a no recordar, a no mirar en el pasado y a hacerlo solo en el presente, pero quiero entender algo de todo lo que sucede sin mi consentimiento ni participación y me agrede, y no todo es el estricto presente, no es verdad. [18.11.15]

Your Majesties… (Cláudia Martins y Rafael Carriço)

pruebaAyer conocí a Cláudia Martins y a Rafael Carriço, antes de saber quiénes eran. Un despropósito y un equívoco detrás de otro. El amigo con el que estaba, en el café Niza, y yo creímos que eran turistas, y mi amigo, viendo el aspecto aterido de Cláudia Martins, se empeñó en que tomara algo porque soplaba cierzo: «¿No querrás un cafecico con leche y un bollo?», le dijo. Y como no sabía qué más decir, encima añadió que a él de Portugal lo que le gustaba era el bacalao. Yo salí por mi familia portuguesa y por Miguel Torga, y a punto estuve de hablar del desasosiego de Pessoa, ese que te hace ver que hay peores dolencias que las dolencias. Y así, un desbarre detrás de otro, quien nosotros creíamos un turista, Rafael Carriço, creyó a su vez que se las había con dos majaretas que habían salido del manicomio de paseo. Hay una edad en que te das cuenta de que estás perdiendo la chaveta. No tiene remedio. Avergonzados. Mucho. Conclusión, que despropósito de más o de menos, congeniamos y nos invitaron a asistir a su coreografía de danza contemporanea  Your majesties welcome to the anthropocene…

¿Entiendo de ballet? Ni papa. ¿Hace falta «entender» para emocionarse con un espectáculo como ese, con melancolía intensa a ratos, con entusiasmo otros, espoleados? Lo dudo, en la medida en que no sé lo qué eso significa. Reconozco que no soy un espectador difícil. Luces, música, una magnífica puesta en escena usando esa tecnología que solo es enemiga si dejas que te trague, y un esfuerzo colosal, el de la danza, ahí, delante tuya… Poner en escena la época siniestra que vivimos se puede hacer de muchas maneras, porque la época, a poco que te esfuerces, es reconocible en sus horrores, en su violencia, en su crueldad… una es la de esta compañía, la Vortice Dance Company.

Copio de su programa de mano, Krishnamurti, lo leí hace más de cuarenta años, no era mi guerra, lo era, más de lo que pude haber llegado a pensar nunca

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Ignoro cuál es el camino que condujo a que no solamente me emocionara mucho lo que vi, sino que me conmovió. El artista nunca sabe cómo y de qué modo llega su trabajo al espectador, al lector. De una forma oscura el trabajo de esos artistas me rejuveneció. Recordé el tiempo irremediable de mi gusto por las escenografías y por los monólogos en escena, los teatrillos, las representaciones e ilusiones, y recordé algo más, que nada tiene que ver con nostalgias vanas: la tarea pendiente, esa que exige la misma ilusión y entrega que la de esos dos jóvenes artistas portugueses, la voluntad de no desertar ni tirar la toalla, un proyecto detrás de otro. No sabrán nunca lo mucho que me dieron.

Trailer oficial de la compañía

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Addenda de dos días después: el espanto continua y lo tenemos en casa, delante de las narices, a diario… todo lo que se diga será poco.

Ser y no ser

Ser y no ser, no ser sobre todo lo que hubieses querido o podido ser. Llevaba unos días dándole vueltas a algo parecido. Hoy me lo pone en bandeja Azun Candina aportando una cita de los diarios de José Donoso:

«A veces siento que me invade, crece, sube por mis piernas, algo como un verdín que sale del suelo húmedo y sube por las paredes de las casas, y se ha establecido allí. No es sensación de fracaso, que no la tengo. Pero ahí está, esa melancolía definitiva cuando uno pasa los sesenta y comienza a contar los años, y todos los días son un arqueo de lo que uno no es».

Yo he pasado de los 65 y lo que hace cinco años me parecía posible ahora me resulta inimaginable.